El sábado 9 de octubre de 2021, el papa Francisco pronunció un discurso fundamental en el Aula Nueva del Sínodo en el Vaticano con motivo del Momento de Reflexión para el inicio del Proceso Sinodal. Este acto marcó la apertura del camino de tres años (2021-2023) bajo el lema: «Por una Iglesia sinodal: comunión, participación y misión».
El Papa destacó que el Sínodo no es un parlamento ni una encuesta de opinión, sino un acontecimiento eclesial donde el protagonista es el Espíritu Santo.
Las tres palabras clave o los ejes fundamentales: Comunión: la unidad del Pueblo de Dios; participación: la exigencia de que todos los bautizados se impliquen; misión: el impulso evangelizador de la Iglesia.
Efectivamente, uno de los ejes principales del Documento Sinodal es la llamada a todo el Pueblo Santo de Dios a la PARTICIPACIÓN que quiere decir la implicación real de todos y cada uno. Sin la participación activa, la comunión y la misión pueden quedarse en palabras vacías y abstractas.
El documento sinodal dedica al tema de la participación desde el núm. 103 al 108, además de otras citas que se encuentran a lo largo del documento. Por tanto, no es un tema secundario ni una moda del momento.
Participar quiere decir cooperar, tomar parte en un proyecto común, comprometerse en una misión comunitaria, sentirse corresponsable en el camino de la comunidad.
Pero ¿dónde radica el fundamento cristiano de esta actitud tan humana y tan divina? La participación es una experiencia de fe bautismal: “Todos nosotros fuimos bautizados en un mismo Espíritu para formar un solo cuerpo” (1 Cor 12, 13). En la comunidad cristiana, el bautismo es una fuente de agua viva abundante y transparente de la cual deriva una única dignidad de hijos de Dios, dentro de una variedad de carismas y ministerios. Por eso estamos llamados a participar en la vida y misión de la Iglesia. Si falta la participación la comunión se queda en un bonito discurso sin vida. Tal como dice el papa Francisco en su discurso, hemos avanzado, pero aún nos queda camino por recorrer. La participación de todos es un compromiso eclesial irrenunciable.
El Documento final del Sínodo nos habla de organismos de participación tanto en la Iglesia latina como en las Iglesias católicas orientales y nombra cuáles son estos organismos. No cierra la puerta a otros organismos y formas de participación. Recuerda que “cada uno de estos organismos participa del discernimiento necesario para el anuncio inculturado del Evangelio, la misión de la comunidad en su ambiente y el testimonio de los bautizados que forman parte de ella” (103). Tres elementos esenciales a destacar: discernimiento, misión y testimonio. Además de estos elementos subraya la contribución en los procesos de toma de decisiones, rendición de cuentas y evaluación. En conclusión, “los organismos de participación constituyen uno de los ámbitos más prometedores en los que actuar para una rápida implementación de las orientaciones sinodales, que conduzca a cambios perceptibles en poco tiempo” (103). Cada uno de estos organismos debe actuar en su nivel correspondiente y según las mismas competencias. Pero todos deben hacerlo interconectados entre sí, formando una red.
Ahora bien, estos organismos no deben ser puramente formales o nominales. Deben gozar de vitalidad para que sean eficaces y disfruten de vida participativa. Es decir, quienes participen en ellos se ayuden, se animen, no los sientan como un tiempo perdido, como una realidad muerta que no lleva a ninguna parte. Por tanto, es necesario que lleguen a compromisos y acciones concretas donde toda la comunidad se pueda sentir reflejada y comprometida.
Habrá que dotar a sus miembros de formación, espíritu cristiano y participativo, corresponsabilidad, humildad para saber escuchar al otro y buscar lo que Dios quiere y el bien de la comunidad. Todo este camino comporta un proceso de conversión pastoral, de diálogo, de no querer estar siempre en el podio aunque a veces habrá que estar, pero con la actitud de servicio como Jesús en la última cena que lavó los pies a sus discípulos. Habrá que evitar protagonismos innecesarios, egoísmos personales y grupales y practicar lo que hoy llamamos “liderazgo servicial”.
Es normal que en algunos momentos experimentemos tensiones y la tentación petrina de coger la espada e ir por derecho o sintamos el desánimo y la decepción. Quizá un poco de paciencia y perseverancia a todos nos irá muy bien.
El camino apenas acaba de comenzar. Aún quedan bastantes kilómetros… Pero la presencia del Espíritu de Jesús nos acompaña. Él es el protagonista de esta aventura y es necesario estar atentos a sus llamadas y dejarle actuar en nuestro corazón. Vivir con los ojos abiertos y con el corazón sensible a la realidad de nuestro mundo.
Dos preguntas: ¿Estoy dispuesto/a a participar? ¿Soy capaz de dejar espacio a la participación, colaboración y corresponsabilidad?
María, peregrina en la fe y Madre de la Iglesia nos acompaña.