Signos de esperanza en la Tierra en la hora undécima

  La esperanza cristiana tiene su fundamento en la fe, en la certeza de que el amor y la misericordia de Dios son perennes. Sin embargo, dado que el Espíritu Santo es omnipresente y su acción es perenne, debe haber una dimensión encarnada de esta virtud teologal que la bula pontificia «Spes not confundit» evoca […]

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La esperanza cristiana tiene su fundamento en la fe, en la certeza de que el amor y la misericordia de Dios son perennes. Sin embargo, dado que el Espíritu Santo es omnipresente y su acción es perenne, debe haber una dimensión encarnada de esta virtud teologal que la bula pontificia «Spes not confundit» evoca e invita a actualizar. Es oportuna, pues, una breve reflexión sobre los ‘signos de esperanza’ hacia nuestro prójimo y la madre Tierra.

En una sociedad dominada por el materialismo tecnocrático, el Jubileo del próximo año propone un poderoso antídoto, rememorar una enseñanza bíblica tan importante como olvidada: la Tierra es obra divina, es de Dios, y por tanto los bienes terrenales están destinados a satisfacer las necesidades de toda la humanidad. Reconociendo el vínculo indisociable entre la paz y la justicia, la bula propone medidas para regenerar un sistema socioeconómico tan injusto que concentra la riqueza material en un número cada vez menor de países, empresas y personas, hasta el punto que el 1% de la humanidad acumula hoy más riqueza material que el 95% restante -según Intermón-Oxfam- y las desigualdades siguen creciendo, atizando las injusticias y los conflictos en todo el mundo.

Recordando que la justicia social y ambiental son dos caras de la misma realidad, el jubileo de 2025 hace invita a abordarlas conjuntamente. Vuelve a plantear lo que ya intentó -sin éxito- en el jubileo del segundo milenio: la condonación de la deuda económica que los países empobrecidos han contraído hacia los más poderosos, fruto de unas políticas neocoloniales globalizadas. Como los países más  ricos no quieren reconocer la inmensa deuda ecológica que tenemos hacia los países empobrecidos de los que importamos la mayoría de recursos que consumimos, se niegan a condonar una deuda económica que es parte esencial de las ‘estructuras de pecado’ que perpetúan e incrementan las desigualdades escandalosas que encontramos en la raíz de innumerables injusticias, muchas de las cuales desembocan en guerras.

Según el Centro Delàs, el número de países involucrados en conflictos bélicos en los últimos años ha rozado los sesenta, es decir, cerca de un tercio de los países del mundo están en guerra, aunque los medios sólo hablen de unos pocos. En muchas de estas guerras la gran banca y algunas grandes empresas -también españolas- hacen enormes beneficios económicos. Con realismo profético, la bula pide retirar los fondos económicos que van a gasto militar y armamento y destinarlos a nutrir un fondo para acabar con el hambre del mundo, que sufren más de mil millones de hermanos nuestros, según la FAO. Un fondo para financiar iniciativas que hagan que los habitantes de los países empobrecidos y expoliados no tengan que recurrir a la violencia, ni emigrar para sobrevivir o huir de la miseria.

La otra dimensión es la justicia ambiental, la relación explotadora y destructiva que la civilización dominante tiene para con la Tierra, para satisfacer el consumismo desenfrenado de una minoría, que está causando una verdadera hecatombe en la vida silvestre. Desde 1970, el declive de las poblaciones de animales silvestres ha sido del 68%. Más de un tercio de los árboles del mundo ha sido destruido (el signo de la tercera trompeta del Apocalipsis). En Cataluña, en los últimos veinte años, el conjunto de las poblaciones de especies de la fauna silvestre han caído un 25%, pero las poblaciones de algunos grupos, como los peces autóctonos de agua dulce, se han reducido más de un 90 %.

¿Dónde están los signos de esperanza? En las innumerables organizaciones y las personas que no se dejan asustar ni bloquear ante las tendencias globales negativas, que hacen todo lo que está a su alcance a favor de la paz, la libertad y la justicia social y ambiental, ante todo en su interior , y después hacia el prójimo y el resto de seres vivos. Desprendiéndose de cualquier optimismo progresista quimérico, como un acto de servicio a Dios, confiando tal como lo hicieron aquellos ‘trabajadores de la undécima hora’ en la que nos ha tocado vivir.

 

Dr. Josep Maria Mallarach

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