Dios de Dios, luz de luz…

  Un día estando en casa de mis padres, vino uno de esos visitantes que de dos en dos solían ir por las casas explicando su lección sobre Dios y Jesucristo. Mi madre la atendió y le dijo: “Espere un momento que Josep sabe más que yo”. En la conversación, con aquella señora le decía: […]

14 Mar, 2025
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Un día estando en casa de mis padres, vino uno de esos visitantes que de dos en dos solían ir por las casas explicando su lección sobre Dios y Jesucristo. Mi madre la atendió y le dijo: “Espere un momento que Josep sabe más que yo”. En la conversación, con aquella señora le decía: “Que si Jesús no era Dios, sus palabras no tenían la mitad de gracia y que mejor sería seguir la enseñanza de cualquier pensador que no me supusiera demasiados esfuerzos para mí”.

Cuando han ido pasando los años, cuando a uno le anuncian una enfermedad que tendrá que llevar siempre a cuestas, uno va pensando en qué ancla de esperanza puede aferrarse para llegar a buen puerto. Si pensamos como Arrio y sus seguidores, que Jesús no pasa la frontera de la divinidad, que Dios no se ha hecho uno de los nuestros, carne de nuestra carne, sangre de nuestra sangre, humano entre los humanos, porque no les parecía correcto con la absoluta trascendencia de Dios, más vale dejarlo todo.

Al encargarme este comentario, no podía prever las consecuencias de una enfermedad que no me deja pensar demasiado y poder entregarlo a tiempo. Así que lo que os presento no es más que un mosaico y comentario de la Carta de los obispos franceses con ocasión del Jubileo y del aniversario del Concilio de Nicea, publicada el 12 de noviembre 2024.

El emperador Constantino había encontrado en el cristianismo una religión que podía unir a todo el Imperio, como la antigua religión romana era la “salus populi romani“. Arrio había desgajado el cristianismo. ¿Cuál era la identidad de Jesús? Los influenciados por el presbítero alejandrino niegan la divinidad de Jesús. Pues eso de que Dios toma carne, que se haga hombre iba contra la absoluta trascendencia de Dios, así, se hacía a Jesús un ser mayor que los ángeles, pero que no pasaba la frontera de la divinidad.

Ante Arrio y sus seguidores, Nicea afirmó la “consustancialidad de Jesucristo con el Padre. Es decir, el Hijo es Dios nacido de Dios, luz resplandor de la luz, Dios verdadero del Dios verdadero. Engendrado no creado, de la misma naturaleza (consustancial) que el Padre.

La “consustancial” con el Padre dice la relación de Jesús con el Padre. La fe de Nicea descarta la idea de que Dios el Padre habría enviado a un ser intermediario, un ángel superior, o un Supermán, para salvarnos. No: Dios mismo, Dios viene a nosotros en Jesús, para salvarnos.

En fidelidad con lo que Jesús nos ha revelado de sí mismo de su Padre y del Espíritu, la profesión de fe de Nicea protege este misterio contra la tentación de reducirla adaptándola a nuestra capacidad limitada de nuestra razón y de nuestras ideas sobre Dios. Por tanto no se trataba de peleas y discusiones, ni tampoco de un juego de palabras: se jugaba la verdad de nuestra fe y, por tanto, de nuestra salvación. Lo que no fue asumido no fue salvado decían los antiguos.

La tentación arriana persiste, a lo mejor inconscientemente, en tantas imágenes de un Dios cuya trascendencia nada tiene que ver con la humanidad.

Según tal perspectiva, si Jesús sólo es un admirable modelo a imitar, portador de valores, pero si no se le reconoce como Dios, el misterio pascual no es obra divina y, por su muerte y resurrección, Jesús no nos comunica la vida divina. La eterna comunión de amor de las tres personas es reemplazada por el monoteísmo habitual de un Dios solitario.

Es punto central de nuestra fe, afirmada en Nicea: el hombre Jesús es Dios, nos permite creer que el Hijo ha ofrecido realmente su vida en la Cruz para la salvación de todos. Un Alguien que es Dios, enviado por Dios, el Hijo eterno, se ha humillado para venir a nosotros y salvarnos de la muerte y el pecado.

Dios hecho hombre en Jesús no nos mira ni desde arriba, ni de lejos, ni de forma impersonal. Sin dejar de ser Dios, no teme rebajarse hasta asumir nuestra humanidad y coger y cargarse nuestra debilidad y pecados, para liberarnos y restaurarnos en la paz donde él nos había establecido, con él, entre nosotros y con toda la creación.

Profesar la fe de Nicea, acogida en la Iglesia -dicen los obispos franceses- comporta necesariamente una nueva manera de orar y de vivir. ¿Reconocemos verdaderamente que Dios se revela en el rostro de Jesús? ¿Somos conscientes de ello y sacamos las consecuencias? ¿Dejamos que este rostro se imprima en nosotros, de modo que nuestra mirada sobre los demás, sobre todo a los demás, nuestra actitud hacia ellos, sean las del mismo Cristo?

La oración de la Iglesia es un exacto reflejo y la continuidad del gran misterio de la encarnación. Dios entrado en la vida del hombre permanece de forma eminente en los gestos y palabras que actualizan la promesa de Jesús: Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo (Mt 28, 20)

La fe de Nicea nos hace redescubrir en nuestra liturgia la fuente y la cima de la presencia viviente de Aquel que ha querido nacer entre nosotros, pobre y humilde. Es Dios que camina con nosotros en la humildad de nuestra humanidad, con quien sigue uniéndose por amor.

  1. Boff terminaba su escrito sobre la Navidad diciendo: Y Dios el Todo Otro. Estando con Dios, Jesús se convierte totalmente en hombre. Y Dios se humaniza más y más en Él. Dios se identifica con Jesús. Jesús se identifica con Dios. De este modo, Dios asumiendo al hombre, asimilándole, diviniza su humanidad.

Este intercambio maravilloso constituye el misterio de la encarnación, misterio de la humanización de Dios y de la divinización del hombre. La fe tradicional le ha sintetizado en la fórmula de la Confesión: “Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre. Unidad inmutable, inconfundible, inseparable…”

De todas formas siempre deberemos tener presente, como dice el poeta, que todos los caminos van a Roma pero no todos van a Belén.


  1. He tenido presente:  Il Cristo. Vol II. Testi teologico e Spirituali in lingua greca dal IV al VII secolo a cura di Manlio Simonetti. Fondazione Lorenzo Valla. 1986. Leonardo Boff: Nadal. La humanitat i la jovialitat del nostre Déu. Edit. Claret. Barcelona 1980.

Lic. Josep Sastre Portella

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