¿Qué será de nosotros después de la muerte?

  Podríamos decir que el cristianismo es la religión de la confianza. El cristiano significa, o debería significar, vivir con confianza, hacer de la confianza el motor de la propia vida. Si tomamos la confianza como eje vertebrador de la vida cristiana, veremos cómo impregna el núcleo mismo del modo de vivir cristiano. Nos referimos […]

28 Mar, 2025
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Podríamos decir que el cristianismo es la religión de la confianza. El cristiano significa, o debería significar, vivir con confianza, hacer de la confianza el motor de la propia vida. Si tomamos la confianza como eje vertebrador de la vida cristiana, veremos cómo impregna el núcleo mismo del modo de vivir cristiano. Nos referimos a las tres virtudes teologales: la fe, la esperanza y el amor (o caridad).

Así, confiar en Dios, en los demás o en nosotros mismos es lo que, en lenguaje cristiano, llamamos creer. Confiar en la acción de Dios, que se ha manifestado a lo largo de la historia – en el pasado, en el presente y, sobre todo, en el futuro-, es lo que llamamos esperar, aunque este verbo lo asociemos casi siempre con la idea de aguardar; y, finalmente, confiar en la fuerza del amor de Dios, en el amor a los demás y en el amor a nosotros mismos es lo que llamamos amar. Creer, esperar y amar son formas de vivir que están mutuamente implicadas en un mismo acto. Solo cuando estas tres virtudes se articulan de manera íntimamente unitaria y bien articulada, podemos hablar de un acto o una acción cristiana.

Pongamos un ejemplo: si solo esperamos que un proyecto salga bien, pero no creemos en él ni lo llenamos de amor, ese proyecto podría incluso llegar generando un mal radical. Pongamos el caso de alguien que espera con ansias el éxito del diseño de un campo de concentración… Este ejemplo nos muestra cómo las tres virtudes teologales están plenamente insertas en la dimensión temporal, con una excepción: el amor, que pervive en el no-tiempo, es decir en la eternidad (Dios es amor, 1 Jn 4,8.16). Esta dimensión temporal nos permite construir una historia personal humana y humanizadora. Más aún, la vida cristiana está orientada hacia una plenitud, hacia la vida eterna, es decir, la vida en Dios. En ella reside nuestra felicidad plena, que llamamos bienaventuranza.

No es lo mismo ser felices porque hemos conseguido un trabajo, por ejemplo, que ser bienaventurados (lo que es la felicidad plena que Dios nos regala en la vida eterna). Creemos en esta bienaventuranza, la esperamos y vivimos en el amor para empezar a hacerla presente, como un anticipo, en nuestra vida mortal cotidiana. ¡El cielo debería comenzar a constituirse aquí en la Tierra! Por eso, el modo de vivir cristiano tiene un dinamismo que abarca tanto nuestra vida personal como nuestro compromiso dentro de la comunidad.

La esperanza no solo afecta nuestra vida, sino también nuestra muerte. Y de ahí surge la pregunta que encabeza este texto (¿Qué será de nosotros después de la muerte?), que es precisamente la misma cuestión con la que el Papa Francisco inicia el nº 21 de la Bula de convocatoria del Jubileo Ordinario del año 2025, dedicado a la esperanza (Spes non confundit, Rm 5,5). Se trata de una pregunta ineludible y profundamente pertinente. El sentido de nuestra vida se juega en el sentido de nuestra muerte, en el significado que le damos a nuestra muerte. Porque si algo nos deja claro esta cuestión es, antes que nada, que el ser humano muere.

Ahora bien, el problema de fondo es saber si con la muerte todo se acaba (como afirman el marxismo, el existencialismo y muchas corrientes de pensamiento actuales) o si, por el contrario, esperamos que Dios, en nuestra muerte, nos resucitará, es decir, si nos concederá, como un don, una vida nueva y para siempre (vida eterna en Dios). El ser humano muere, sí, pero su muerte no es el final, sino el inicio de una nueva vida en Dios, donde seguimos siendo idénticamente nosotros mismos. ¿Cómo va a ser esto? No tiene sentido especular. A esta nueva vida en Dios la llamamos cielo. No se trata de un lugar físico, sino de un estado de bienaventuranza, de vida en Dios, que ya podemos empezar a vivir aquí y ahora, y que estamos llamados a hacer posible para toda la humanidad.

Todo ser humano anhela la bienaventuranza. Todo el mundo espera. La vida cristiana es aquella que se compromete a realizar actos y acciones que permitan saborear la bienaventuranza aquí, en nuestra realidad presente, y que, al mismo tiempo, sean un anticipo de la vida futura y eterna. Y esto no es solo para nosotros, sino para todos: hay que abrir a los demás la posibilidad de vivir con sentido pleno.

Dr. Antoni Bosch-Veciana

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