¿Qué signos de esperanza? (Bula papal ‘Spes non confundit’ nn. 8-9)

  Los cristianos, de una manera u otra, estamos obligados a ser testigos y a dar razón de la esperanza. Lo que tenemos entre manos es mucho más grande que las circunstancias históricas que nos ha tocado vivir. Tenemos esperanza porque nos fiamos de la promesa de Dios Jesucristo, y porque sabemos que esta es […]

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Los cristianos, de una manera u otra, estamos obligados a ser testigos y a dar razón de la esperanza. Lo que tenemos entre manos es mucho más grande que las circunstancias históricas que nos ha tocado vivir. Tenemos esperanza porque nos fiamos de la promesa de Dios Jesucristo, y porque sabemos que esta es bien diferente a otras muchas “esperanzas históricas”. Tal como dice el papa Francisco “Spes non confundit” (esta no defrauda). Aun así, no podemos ser ingenuos y negar que por mucho que nos fiamos, hay tiempos personales y comunitarios donde todo resulta más fácil. Tiempos más alentadores y luminosos… Los que estamos viviendo no lo sueño mucho, y es seguramente por eso que el jubileo al que nos convoca el Papa tenga todo el sentido.

Dentro del texto de la bula hay un apartado donde se hace referencia precisamente a los “signos de esperanza”, una invitación en palabras suyas a “poner atención a todo el bono que hay en el mundo para no caer en la tentación de considerarnos superados por el mal y la violencia” (n. 7).

Entre los signos enumerados el papa hace referencia al signo de la paz. “Que el primer signo de esperanza se traduzca en paz para el mundo, un mundo que se encuentra de nuevo sumergido en la tragedia de la guerra” (n, 8). A las nubes negras de los nuevos y viejos conflictos regionales (Yemen, R. D. del Congo, Kurdistán, Siria, Palestina, Ucrania…), se les ha añadido últimamente la amenaza de un conflicto mundial. Se vuelve a hablar frívolamente de misiles continentales, de armas nucleares… armas con una capacidad de destrucción que ni siquiera podemos imaginar. El próximo año se celebrarán 50 años del lanzamiento de la primera bomba atómica, y aunque la memoria de los últimos supervivientes se apague, no tendría que apagarse la memoria de la humanidad (o mejor de la inhumanidad que supuso aquella acción).

Es esta la razón que porta al papa a situarse en este signo, el signo de la paz, como lo primero a recuperar en este año del jubileo: « ¿Es mucho soñar que las armas callen y dejen de causar destrucción y muerte? Dejamos que el Jubileo nos recuerde que los que “trabajan por la paz” podrán ser “llamados hijos de Dios” » (M7 5, 9)». (n.8)

Otro signo de esperanza menos evidente y seguramente, más contracultural por este jubileo es el que pasa a expresar a continuación: «mirar el futuro con esperanza también equivale a tener una visión de la vida llena de entusiasmo para compartir con los otros» (n.9). Y sitúa este “compartir con los otros” en la necesidad de recuperar el deseo de transmitir la vida, se a de decir, el «deseo de los jóvenes de engendrar nuevos hijos e hijas». Situar el aumento de la natalidad como un signo de esperanza es discutible, puesto que va ligado también (y el mismo papa lo reconoce) al compromiso legislativo de los estados. Pero es verdad que Francesc quiere presentarlo como una iniciativa encaminada a romper el círculo de «conformarse con sobrevivir o subsistir mediocremente, amoldándose en el momento presente y dejándose satisfacer solo por realidades materiales».

Es discutible que romper este círculo pase solo por la decisión de tener más hijos y así «llenar tantas cunas vacías como hay a tantos lugares del mundo», porque seguramente hay más formas de dar vida que solo la procreación. Parece que el Papa no consiga escapar del reduccionismo biológico tan presente en la tradición eclesial. Pero sí que se cierto, y en esto quiere poner especial mención el pontífice, que es urgente recuperar el deseo de transmitir vida, tanto la biológica como (añado yo) aquella que se desprende de la multitud de otros compromisos con la dignidad y los derechos de las personas.

Lic. Santi Torres

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