Revivir esperanza en tiempos de cambio

  En la bula de convocatoria del jubileo ordinario «Spes non confundit» (La esperanza no defrauda), el Papa sitúa la esperanza como mensaje central del próximo Jubileo. Según una antigua tradición el Papa convoca cada veinticinco años a los peregrinos a Roma para vivir el Año Santo. El último Jubileo fue en el año 2000, […]

03 Dic, 2024
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En la bula de convocatoria del jubileo ordinario «Spes non confundit» (La esperanza no defrauda), el Papa sitúa la esperanza como mensaje central del próximo Jubileo. Según una antigua tradición el Papa convoca cada veinticinco años a los peregrinos a Roma para vivir el Año Santo. El último Jubileo fue en el año 2000, y todavía recuerdo el Encuentro Mundial de la Juventud que nos llevó a más de dos millones de jóvenes en la ciudad de san Pedro y santo Pablo. Éramos jóvenes llenos de esperanza por un nuevo siglo y un nuevo milenio que se nos abría delante, llenos de expectativas personales, sociales y eclesiales. ¿Qué ha quedado de aquellas ilusiones? Para bien o para mal, el futuro nunca es como nos esperamos y veinticinco años después podemos hacer balance de lo que ha supuesto para nuestro mundo, nuestras comunidades cristianas y nosotros mismos el inicio de este nuevo milenio.

Si miramos los diarios, vemos un mundo atravesado por el dolor y el sufrimiento, por injusticias y desigualdades que parecen no tener fin, aumentadas después de dos crisis económicas y nuevas guerras inmisericordes. Todas ellas son descritas en la bula. Si miramos las Iglesias particulares donde el Papa también nos invita a vivir este año de Jubileo (¡de alegría!) vemos a menudo comunidades más vacías y envejecidas en un Occidente en declive constante, progresivo e imparable de la vida cristiana. Y en el ámbito personal, cada cual puede hacer balance de cómo ha cambiado su vida en estos 25 años.

Pienso que no en balde el Papa inicia esta bula con la frase con que san Pablo infundía aliento en la comunidad cristiana de Roma «Una esperanza que no defrauda, porque Dios ha llenado con su amor nuestro corazón por medio del Espíritu Santo que nos ha dado.» (Rm 5,5). La esperanza cristiana no es optimismo. El optimismo se fundamenta en las expectativas de un futuro mejor, como el pesimismo lo es de un futuro peor. El cristiano no sabe si el futuro será mejor o peor. En la misma carta a los Romanos san Pablo nos define la esperanza: «Y en esa esperanza hemos sido salvados. Ahora bien, si lo que se espera está ya a la vista, entonces no es esperanza, porque ¿a qué esperar lo que ya se está viendo?» (Rm 8,24). El cimiento de la esperanza cristiana no son las expectativas que podamos o queramos tener del futuro, sino el amor de Dios que llena nuestros corazones. Sentirnos profundamente amados por Dios nos mueve a vivir esperanzados y a actuar para transformar el mundo, la Iglesia y nuestra realidad. Para esto, hay que mirar la realidad tal como es y ver la acción de Dios.

En el número 7 de la bula el Papa nos invita a redescubrirlo en los signos de los tiempos que el Señor nos ofrece. Citando el Concilio Vaticano II se nos recuerda que «para cumplir esta misión es deber permanente de la Iglesia escrutar a fondo los signos de la época e interpretarlos a la luz del Evangelio, de forma que, acomodándose a cada generación, pueda la Iglesia responder a los perennes interrogantes de la humanidad sobre el sentido de la vida presente y de la vida futura y sobre la mutua relación de ambas.» [Const. past. Gaudium et spes, n. 4]. Por esto, es necesario prestar atención a todo aquello de bueno que hay en el mundo para no caer en la tentación de considerarnos superados por el mal y la violencia, y caer en el pesimismo. La esperanza cristiana es el antídoto al pesimismo. Como decía el filósofo cristiano Gabriel Marcel, la esperanza está tejida de una experiencia en constante devenir, de una “aventura que todavía no ha acabado”. El miedo nos hace perder la fe en el presente y resta crédito a la realidad. La esperanza, en cambio, es “conceder un crédito a la realidad”, tener fe en ella para creer en el futuro. En este sentido, como afirma el Papa, los signos de los tiempos contienen el anhelo del corazón humano, necesidades de la presencia salvífica de Dios. El presente requiere ser transformado en signos de esperanza para abrir un futuro nuevo que no sabemos cómo será, pero que estará lleno del Amor de Dios.

Dr. Marc Mercadé i Serra

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