Tiniebla y noche, cielo nublado,
mundo lleno de nubes y oscuridad:
¡Marchaos lejos! Amanece el día,
ya nace la luz, llega Cristo.
(LH. Himno de Laudes. Miércoles sem. III)
¿Podemos esperar algo? ¿Podemos esperar en alguien? ¿Qué motivos tenemos para esperar?
En un mundo contradictorio, lleno de conflictos, nublado, en el que parece que la oscuridad y la niebla lo invaden todo: ¿es necesario seguir esperando? Existen motivos para el desaliento, pero hay muchos más para el optimismo y la esperanza: el día ya amanece y nace la luz del mundo, llega Cristo.
Comenzamos un nuevo jubileo cuyo objetivo es «revitalizar la esperanza en el corazón de cada persona humana». Como dice el Papa Francisco, «a todos los que lean esta carta, que la esperanza llene sus corazones». Es un regalo que nos hace el Papa Francisco en estos momentos complejos, de cambio de época.
Más que hacer una reflexión sobre la esperanza, quisiera animar a la lectura y meditación personal o en grupo de la bula Spes non confundit, «la esperanza no defrauda» (Rm 5,5). A muchos de nosotros, en medio de una avalancha impactante de informaciones y noticias, del trabajo cotidiano y las preocupaciones, puede pasarnos desapercibida esta llamada que el Papa Francisco nos hace a los cristianos de hoy. La razón es que realmente necesitamos reforzar el sentido de la esperanza en nuestra vida, ya que en lo más profundo del corazón toda persona espera y desea algo que le ayude a ser más feliz y a vivir la vida con más plenitud, a encontrar un sentido en su vida, a descubrir la presencia de Dios en medio de los signos de la vida cotidiana. Necesitamos leer la realidad desde la perspectiva de la esperanza creyente y confiada.
El futuro es imprevisible y surgen sentimientos contrapuestos de confianza y temor, serenidad y desánimo, de certeza y duda. Encontramos personas que miran el futuro con escepticismo y pesimismo, como si nada pudiera ofrecer la tan anhelada felicidad.
El Papa Francisco nos propone un «camino de esperanza» a lo largo del año jubilar, de tal manera, nos dice, que «el perdón y la misericordia de Dios sostengan y acompañen el camino de las comunidades y de las personas». Nos invita a ser «peregrinos de esperanza» y a ponernos en camino de tal manera que la experiencia del año jubilar nos permita redescubrir valores como el silencio, la oración, la Palabra de Dios, la fraternidad, la catolicidad de la Iglesia, y que nos ayude a salir de nosotros mismos, de nuestra «autoreferencialidad», para mirar más allá y disfrutar de nuevos horizontes. Debemos dar un paso adelante porque, como dice Pablo en la Carta a los Romanos 8, 35.37-39, «nada podrá separarnos del amor de Dios».
Todos necesitamos recuperar la alegría de vivir, porque el ser humano no puede conformarse con sobrevivir o subsistir de manera mediocre, atrapado por la llamada del consumismo y el individualismo que crean en nosotros un sustrato de tristeza que nos convierte en personas intolerantes y desagradables. Necesitamos la luz de la esperanza. ¿Seremos capaces de buscarla?