El Instrumentum Laboris del Sínodo, tanto en su primera como en su segunda sesión, nos ofrece un abundante material que puede proporcionarnos las pistas necesarias para responder a esta pregunta. Parte de los documentos del Concilio Vaticano II, destacando dos textos clave que nos ofrecen las coordenadas para construir esta Iglesia misionera plenamente ministerial. Estos textos son de LG 10, que nos recuerda la relación esencial entre el sacerdocio común y el ministerial, y AG 2, donde se nos dice que «La Iglesia peregrina es misionera por naturaleza».
Creo, entonces, que si queremos avanzar hacia una Iglesia misionera y ministerial, debemos recuperar tres conceptos básicos que la constituyen: el laicado, los ministerios y la misión.
a) El laicado
Cuando hablamos de laicos en el contexto de la misión[1], a menudo cometemos el error de leer parcialmente LG 31 donde se menciona la misión de los laicos, pero enfocándonos solo en su carácter secular, olvidando que lo que los define es que han sido «incorporados a Cristo por el bautismo y constituidos en Pueblo de Dios […] ejerciendo, en la medida que les corresponde, la misión de todo el pueblo cristiano en la Iglesia y en el mundo» (LG 31). Esto también lo recuerda Christifideles Laici (n. 15).
Se trata, entonces, de no olvidar que la secularidad es una característica de toda la Iglesia, evitando así definir el concepto de «laicos» que únicamente tendría sentido en el binomio clero-laico, por lo tanto el laico quedaría condenado a ser simplemente un «no clérigo». Esto es debido a que la primacía en la Iglesia ha estado marcada por el sacramento del Orden, por lo que debemos recuperar el sacramento del bautismo.
Si queremos una Iglesia «plenamente ministerial», debemos romper este círculo vicioso y dejar de considerar a los laicos de forma aislada o en relación con el clero, para así construir una verdadera eclesiología articulada en la diversidad de ministerios, carismas y vocaciones. De este modo, será la comunidad concreta, como organismo vivo, la que se afirme como sujeto y protagonista de la misión.
Así, ya no deberíamos hablar de laicado y misión, sino de bautizados y misión. Porque la figura central de la Iglesia ya no es el sacramento del Orden, sino el cumplimiento de la misión que deriva de nuestro bautismo. En esta misión, todos los bautizados deben encontrar su propia responsabilidad y protagonismo. Esto es lo que el Papa Francisco nos recuerda continuamente cuando habla de una Iglesia en salida.
b) Los ministerios
Ciertamente podemos entender los ministerios instituidos como la responsabilidad que reciben los laicos y que los hace imagen pública de la Iglesia. Aquí podríamos incluir los ministerios de lector y acólito, tradicionalmente asociados con el camino hacia el diaconado, así como el ministerio del catequista más recientemente reconocido. Estos ministerios instituidos son valiosos, pero no deben hacernos perder de vista la riqueza de los ministerios en la Iglesia.
Eso lo recordaba el motu proprio Antiquum Ministerium, 2. Nos recordaba que los ministerios instituidos no agotan la ministerialidad de la Iglesia, que es mucho más amplia y afecta a todos los fieles desde los inicios de la comunidad cristiana. Los ministerios participan en un doble movimiento bautismal que San Pablo describe en 1 Corintios 12,13: «Todos nosotros, judíos y gentiles, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu para formar un solo cuerpo». Esto significa que la unción del Espíritu nos otorga, por un lado, la pertenencia al único Pueblo de Dios, lo que nos hace corresponsables de la vida de nuestra Iglesia local, y, por otro lado, el don del Espíritu Santo nos envía a la misión. Por tanto, los ministerios no deben entenderse solo en relación con el apoyo al sacerdocio, sino que tienen su propia entidad. Es el Espíritu quien distribuye los carismas en el Pueblo de Dios para su edificación, y luego la Iglesia los reconoce, los introduce y los difunde[2].En el Instrumentum Laboris de la segunda sesión, se aclara en los nn. 27-34 la relación entre los miembros del Pueblo de Dios que reciben la capacidad de actuar a través del Espíritu Santo para el bien de todos (carismas) mediante diversos servicios (ministerios).
c) La centralidad de la misión
No puedo extenderme mucho sobre el tema de la misión, pero es evidente que el pontificado del Papa Francisco no puede entenderse sin su dimensión misionera. La frase «La Iglesia no tiene una misión, la Iglesia es misión» ha calado profundamente en nuestro pensamiento, como también lo demuestra el documento de síntesis que rememora el centenario de Maximum Illud y el lema: «Bautizados y enviados». No se puede entender a un cristiano sin la misión, y por lo tanto, no se puede entender un ministerio dentro de la Iglesia que no sea misionero.
En este sentido, el documento de la Conferencia Episcopal Tarraconense de 2021, «Esperit, cap a on guies les nostres Esglésies»[3], nos ofrece una pauta clara para comprender este punto. Nos recuerda que si ponemos la misión en el centro de nuestra pastoral, debemos tener el coraje de comprender que los ministerios de los laicos deben tener, ante todo, una dimensión exterior, porque «la misión de los laicos no se circunscribe al marco interno de la Iglesia, sino que, como se lee en el capítulo IV de la constitución Lumen Gentium del Concilio Vaticano II, su propio marco es el mundo. Los laicos están llamados a trabajar en el amplio campo que es el mundo y en el cual es necesario sembrar las semillas del Reino (cf. Mt 13,38). […] Será necesario, pues, sumergirse en el mundo y contribuir a la elaboración de nuevos paradigmas, auscultando los latidos de las sociedades globales».
Una vez delimitados los términos, es mucho más sencillo responder a la pregunta. ¿Qué debemos hacer? Pues recuperar el laicado, los ministerios y la misión. ¿Cómo hacerlo? Una de las vías podría ser recuperar en nuestra Iglesia una verdadera espiritualidad misionera, lo que significa volver a vivir según el Espíritu en el seno de nuestras comunidades. Esto implica recuperar el pleno sentido de nuestro bautismo, un bautismo que no nos envía a la Iglesia, sino al mundo, cada uno con su propio carisma y a través de diferentes ministerios.
[1] Bueno de la Fuente, Eloy, «El laico misionero. Una aproximación teològica», Misiones Extranjeras 187 (2002) 5-19.
[2] Papa Francisco, «Laicado y ministerialidad en la Iglesia sinodal», en la Segunda Asamblea Plenaria del Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida (22/04/2023).
[3] Els bisbes de Catalunya, Esperit, cap a on guies les nostres Esglésies? Als 25 anys del Concili Provincial Tarraconense del 1995, Barcelona: Claret 2021