La persona enferma, peregrina de la esperanza

  Spes non confundit, «la esperanza no defrauda»: es el aliento de Pablo a la comunidad cristiana de Roma. Es el ánimo bíblico para quienes desean mantenerse fieles al Dios Padre evangélico, que desborda amor; ese amor profético, exigente y, al mismo tiempo, persistente (por ejemplo, Oseas). Por eso, la Bula nos dice: «La esperanza […]

09 Ene, 2025
Òscar Martí

 

Spes non confundit, «la esperanza no defrauda»: es el aliento de Pablo a la comunidad cristiana de Roma. Es el ánimo bíblico para quienes desean mantenerse fieles al Dios Padre evangélico, que desborda amor; ese amor profético, exigente y, al mismo tiempo, persistente (por ejemplo, Oseas). Por eso, la Bula nos dice: «La esperanza nace del amor y se fundamenta en el amor…» (3). Esta es una esperanza que se apoya en sí misma, coherente en su argumentación, porque la esperanza necesita ser argumentada. Y la Bula lo hace con convicción para «ese» fiel: se trata de la esperanza cristiana (3), que puede compartir «espacio» con otras esperanzas. Vamos a verlo.

Un montón de citas bíblicas acompañan el texto de la Bula. Citas de las que se extrae el contenido antropológico para enlazarlo con el teológico: ¿o es al revés? Sea como sea, no puede ser de otra manera, porque la reflexión teológica lo es debido a esta humanidad particular y colectiva. Paciencia, perseverancia, valentía, etc., son actitudes citadas, aplicadas y propias del ser humano; también lo contrario.

En el punto 11, la Bula se dirige expresamente a los enfermos, reconociendo la fragilidad de su situación, que hace tambalear su autonomía: se pide que su sufrimiento sea aliviado y se les cuide con el trasfondo de la esperanza bíblica. Pero la enfermedad, ¿qué es? ¿Qué significa ser una persona enferma? Muy brevemente: la enfermedad, con sus características, no es solamente un fenómeno biológico; lo es de la persona en su conjunto y todo lo que ello implica. Es también un fenómeno social que afecta a las relaciones y proyecciones de la sociedad, al medio en el que se vive y convive, y a la naturaleza como hábitat.

Algunos rasgos de la enfermedad: es un proceso en el que la vida se siente amenazada por un conflicto, un debilitamiento, un trastorno, una pérdida, un desorden… que altera la capacidad humana, tanto particular como colectiva, de decidir, planificar y proyectar libremente, porque condiciona (por ejemplo, la pobreza, como fenómeno social, es una enfermedad que afecta a personas y grupos concretos; históricamente, es una enfermedad endémica): cuando alguien enferma, lo vive de esta manera. «Los signos de los tiempos» de la Bula pueden extrapolarse al «pronóstico de la enfermedad»: se espera un buen pronóstico y que este se cumpla. El enfermar social también se vive así: decimos que una sociedad, un grupo social, ha enfermado cuando algunas de estas características forman parte de su normalidad.

La enfermedad es una posibilidad real a lo largo de la vida y afecta profundamente a esta vida; no la deja indiferente: sufrimiento, incertidumbre, duda, inquietud y, también, esperanza. Una esperanza inmanente, porque el sufrimiento, en sentido amplio, exige una resolución rápida y positiva: aquí y ahora. Se vive a la expectativa de la respuesta a un montón de cuestiones que ni se formulan de golpe ni, a menudo, tienen la respuesta deseada, o bien, no tienen respuesta. La persona enferma experimenta una realidad desgarradora que trastoca su normalidad.

Pero hay enfermedades y enfermedades; me refiero a aquellas que dejan una huella en la vida de la persona o del grupo social. La práctica de las obras de misericordia, de las que habla la Bula, describe actitudes humanas que reconocen en «el otro» la propia imagen y se compadecen, es decir, sienten y viven lo mismo que ese «otro» (el relato bíblico añade la dimensión trascendente, pero la compasión forma parte de la lúcida comprensión de lo que significa ser humano).

Cuando alguien enferma, cuando la realidad enferma, se convierte en peregrina hacia una esperanza que restaure el bienestar perdido o dañado, ya sea a nivel personal o más amplio. Una esperanza que aporte lucidez sobre las posibilidades reales y una aceptación valiente de estas; que no sea un «momento» de pasividad, entendida como otra forma de vivir lo mejor posible. Me quedo corta, muy corta, en este relato.

Un último apunte: la Bula tiene un objetivo y componente bíblico y teológico que contextualiza todos los apartados. Es cierto. En el apartado 11, dedicado a los enfermos, sus circunstancias y los agentes sanitarios, se realiza un ejercicio de sobriedad teológica, quizá porque, en un primer momento, el auténtico discurso sobre el sufrimiento es la compasión. Entendida en cualquier dimensión: personal, social, trascendente.

Dra. Rosa Maria Boixareu Vilaplana

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