La educación no engaña

  De acuerdo, la bula de convocación para el Jubileo de 2025 lleva otro título: “La esperanza no engaña” (Spes non confundit; Rm 5,5). Sin embargo, dada la reincidencia de la identificación de la educación como acto de esperanza a lo largo del pontificado del papa Francisco – especialmente en lo que se refiere a […]

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De acuerdo, la bula de convocación para el Jubileo de 2025 lleva otro título: “La esperanza no engaña” (Spes non confundit; Rm 5,5). Sin embargo, dada la reincidencia de la identificación de la educación como acto de esperanza a lo largo del pontificado del papa Francisco – especialmente en lo que se refiere a la presentación del Pacto Educativo Global, el 15 de octubre de 2020, apenas hace cuatro años – no está de menos una reflexión sobre el Jubileo de 2025 desde el ámbito de la educación.

De entrada, la negación del título del artículo puede presentarse como más “realista” si nos dejamos llevar por algunos discursos marcadamente ideologizados –ya sea en perspectiva utópica, gnóstica, involucionista, etc.- sin embargo, así como el papa Francisco pedía un pacto global para la educación, en esta bula nos encontramos con “la necesidad de una alianza social para la esperanza, que sea inclusiva y no ideológica” (núm.11) , es decir, resuena como nota de fondo en los documentos magisteriales de la Iglesia de hoy la ida al encuentro del otro y el fortalecimiento de los vínculos hacia el bien común.

Tanto la educación como la esperanza – y la peregrinación es una expresión común – piden un recorrido, un caminar conjuntamente. No en vano, “pedagogo” es aquel que, en su etimología (paidos, infante + agogos, acompañante o conductor), “acompaña al niño”. En el ámbito del mundo clásico, el pedagogo era a menudo un esclavo, que acompañaba el niño a la escuela, y, ya veis, nos podemos poner el delantal y lavar pies como lo hacían los esclavos (Jn 13) o nos podemos poner la bata de docente y enseñar a niños y jóvenes, pero, al fin y al cabo, siempre estamos “al servicio de”.

Sin embargo, hay un punto más de este “acompañar” en perspectiva de la educación. El educador acompaña porque es a la vez un guía, alguien que lidera. No se trata de un hecho meramente cuantitativo, de kilómetros recorridos o acumulación de tareas educativas – que también, porque somos insertados en la historia y somos seres acondicionados en el tiempo y el espacio… “se nos hacen botellas en los pies y callos al cerebro” de caminar y pensar conjuntamente – sino, sobre todo, cualitativo, de cómo acompaña y hacia dónde. “Educar” proviene de la palabra indoeuropea “deuk”, que es “guiar”. La educación no engaña cuando no renuncia a su dimensión de guía, cuando no rehúye el señalar caminos concretos, cuando – siendo consciente de ser un pobre y limitado dicho en manos de sabio – indica a la Luna y enseña el resplandor de Aquél quién es la Luz. Educa quien enseña, como aguja de una brújula, la Esperanza.

En cuanto a la educación, hay que tener especialmente presente el número 12 de la bulla Spes non confundit: “También necesitan signos de esperanza aquellos que la representen en sí mismos: los jóvenes”. La educación que no engaña es aquella que “no recluye los dedos en las manos” y no se resigna (a los malos resultados, a la cantinela desmoralizante, a la opacidad de las malas gestiones, al malbaratamiento vocacional del docente, al doblamiento a prácticas alienantes en bien del consumo, etc.) sino que se significa una y otra vez apuntado con el dedo bien alto sin dejar de poner, por ello, los medios posibles para acompañar a niños y jóvenes en una vida exitosa. “Resulta triste ver a jóvenes sin esperanza” nos dice el papa Francisco; como comunidad educativa debemos reflexionar si no resulta igualmente triste también una escuela sin esperanza, una escuela sin “nada que ofrecer”.

Para una “escuela en salida”, que responda acompasada a la llamada de una “iglesia en salida” (EG, nums.19-24), es necesaria mucha esperanza y, si este concepto de esperanza resulta muy abstracto, la bulla Spes non confundit nos da alguna pista: ¡necesitamos, por ejemplo, paciencia! (núm. 4). Salir también es, paradójicamente, detenerse para saber esperar al otro; practicar un cierto slow learning que ofrezca un tiempo y un espacio para poder enseñar/señalar el mundo y las cosas en actitud de contemplación y admiración. La educación no engaña cuando posibilita la apertura de cada miembro de la comunidad educativa hacia lo que la fundamenta, donde está anclada; hasta crear un ámbito de libertad y caridad (GE, nº8) donde poder llegar a confesar, como San Pablo, que “nada podrá separarnos del amor de Dios que se ha manifestado en Jesucristo, nuestro Señor” (Rm 8,39)

Lic. Eloi Aran Sala

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