Llamados a ser peones de la paz

Lee el artículo de opinión de Yolanda Otal sobre la paz

18 Sep, 2026
Església de Barcelona

¿Qué estamos enseñando realmente cuando hablamos de paz: una idea o una manera de vivir?

Esta pregunta resuena con fuerza en mí cuando observo el mundo que nos rodea. Hablamos de paz en discursos y proyectos educativos, pero a menudo, cuando abrimos las noticias o escuchamos lo que se vive en las calles, la sensación es que sigue siendo una realidad frágil y casi lejana. Pero… ¿es esto lo que queremos transmitir? Mi respuesta es no. Para los cristianos, la paz no es un ideal lejano ni una esperanza inaccesible; es una manera de vivir, de ser y de actuar, que tiene sus fundamentos en las Bienaventuranzas.

Jesús nos propone una mirada nueva sobre lo que nos rodea, una mirada diferente hacia los demás. Nos plantea un verdadero proyecto de vida: «Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios» (Mt 5,9). Aquí, Él no nos habla de una paz abstracta, sino de una manera de vivir que nos compromete en la construcción de un mundo nuevo: el proyecto de la paz. En esta misma línea, el papa León XIV, en su reciente visita a Barcelona, insistió en la necesidad de construir puentes de diálogo y de paz en medio de un mundo marcado por la polarización.

Jesús, con estas palabras, nos llama a cambiar, a transformarnos, a trabajar por la paz. Pero ¿cómo podemos trabajar si no nos implicamos? Y al pensarlo, me viene a la mente una imagen que me ayuda a comprender cómo colaboramos en este proyecto de Jesús: ser peones de la paz. El peón no trabaja desde la distancia ni desde la teoría; trabaja con las manos, toca el barro, levanta piedras y sabe que toda obra requiere tiempo y constancia. Sabe que las grandes construcciones no se improvisan: requieren tiempo, esfuerzo y perseverancia.

La paz también se construye así. No nace de grandes gestos aislados, sino de la suma de pequeños actos cotidianos: cómo hablamos, cómo escuchamos, cómo acogemos al otro, cómo gestionamos el conflicto. La paz se construye en la paciencia cuando la convivencia se hace difícil, en el respeto ante quien piensa de manera diferente, en el perdón que nace del corazón.

Pero para llegar aquí es necesaria una transformación más profunda: la paz no solo se enseña, también se aprende, y este aprendizaje no es únicamente intelectual, sino vital.

Educar para la paz es aprender a vivir de otra manera: escuchar de verdad, dialogar sin imponer, discrepar sin deshumanizar al otro y reconocer que el conflicto forma parte de la vida, pero que la manera en que lo vivimos puede construir o destruir.

Esta educación para la paz se da en muchos espacios, a menudo de manera silenciosa. En la escuela, cuando los niños aprenden a convivir y a respetar la diferencia. En la familia, cuando se descubre el valor del perdón. En la universidad, cuando el debate se enriquece sin perder el respeto. En el mundo laboral, en la parroquia, en el barrio, en la comunidad, cuando somos capaces de construir relaciones que no excluyen a nadie. En todos estos espacios, la paz deja de ser una idea y se convierte en una experiencia de vida. Una experiencia que se construye día a día, en gestos pequeños, a menudo invisibles, pero profundamente transformadores.

Recuerdo una situación en el aula en la que dos alumnos tuvieron un conflicto aparentemente pequeño, pero intenso para ellos. Antes de buscar una solución rápida, dedicamos unos minutos a escuchar qué había sucedido desde el punto de vista de cada uno. Lo que me sorprendió no fue el conflicto en sí, sino el cambio de mirada cuando pudieron escucharse mutuamente: el problema no desapareció, pero dejó de ser una barrera entre ellos. La paz nace en el corazón.

Es desde dentro desde donde aprendemos a mirar el mundo con una mirada nueva. Una mirada que no ve enemigos, sino personas. Una mirada que reconoce en el otro a un hermano, con la misma dignidad y fragilidad. Por eso, la paz es humana y espiritual al mismo tiempo: es empatía, justicia, igualdad, respeto y fraternidad vivida.

Saint-Exupéry, en su obra El Principito, nos recuerda: «Lo esencial es invisible a los ojos». La paz del corazón es invisible a los ojos: no tiene titulares en los periódicos, no hace ruido; simplemente sostiene la vida en gestos pequeños que a menudo pasan desapercibidos, pero que construyen vida.

Por eso, cada vez lo tengo más claro: estamos llamados a ser peones de la paz. No espectadores, sino constructores. Personas que, con las manos, el corazón y la esperanza del Evangelio, levantan cada día pequeños espacios de encuentro y fraternidad.

Quizá, al fin y al cabo, la paz no es una idea que se enseña, sino una manera de vivir que se aprende y se construye cada día, con las manos y con el corazón.

Lic. Yolanda Otal i De la Torre

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