La Esperanza como ancla del alma

En el contexto del próximo Jubileo, la bula Spes non confundit propone una mirada renovada sobre la esperanza como fundamento de la fe cristiana. A través de la metáfora del ancla, el autor de la Carta a los Hebreos evoca una imagen potente de esta esperanza, que, según sus palabras, es «firme y segura». Este […]

En el contexto del próximo Jubileo, la bula Spes non confundit propone una mirada renovada sobre la esperanza como fundamento de la fe cristiana. A través de la metáfora del ancla, el autor de la Carta a los Hebreos evoca una imagen potente de esta esperanza, que, según sus palabras, es «firme y segura». Este artículo profundiza en el significado del ancla como símbolo de la esperanza que nos sostiene, guiándonos hasta el «Santo de los Santos» donde Jesús, gran sacerdote, nos precede.

Hebreos insiste en mantenerse firmes en la esperanza hasta el final: «Queremos que cada uno de vosotros demuestre el mismo empeño para la plenitud de la esperanza hasta el final» (Heb 6,11). También repite, en positivo, la advertencia anterior de no volverse indolentes: «No os volváis indolentes» (Heb 6,12). Con un tono amable y exhortativo, se invita a imitar a quienes, con fe y paciencia, han heredado las promesas divinas: «imitadores de los que, mediante la fe y la paciencia, han heredado las promesas» (Heb 6,12).

El tema de heredar las promesas divinas (Heb 6,12), de las cuales Abraham fue el primer destinatario, centra una exhortación donde se afirma que tales promesas iban acompañadas de un juramento, también divino: «Cuando Dios prometió a Abraham, no pudiendo jurar por otro mayor, juró por sí mismo» (Heb 6,13). Esta promesa y juramento divino se concreta citando Gn 22,17: «Bendiciéndote te bendeciré, y multiplicándote te multiplicaré» (Heb 6,14). La espera paciente de Abraham le permitió disfrutarlo: «esperando pacientemente, obtuvo la promesa» (Heb 6,15).

También se destaca la relevancia del juramento humano, que invoca un nombre mayor como garantía de su cumplimiento: «Porque los hombres juran por alguien mayor que ellos» (Heb 6,16). Asimismo, el juramento humano asegura el fin de los litigios: «en toda discusión entre ellos, el juramento pone fin, como garantía» (Heb 6,16). Esta presentación introduce el valor del juramento divino, que es inmutable por naturaleza: «queriendo mostrar más plenamente a los herederos de la promesa la irrevocabilidad de su designio, interpuso un juramento» (Heb 6,17). Entonces, la garantía de que se cumplirá la promesa y el juramento divino —presentado en forma de bendición y descendencia— se vuelve plena. Así pues, el consuelo de que todo se cumplirá debe ser absoluto, apoyándose firmemente en tal promesa: «para que, mediante dos actos irrevocables —en los cuales es imposible que Dios mienta—, tengamos un firme aliento los que buscamos aferrarnos a la esperanza propuesta» (Heb 6,18).

La metáfora del ancla que se aferra al fondo marino para fijar la nave expresa que la esperanza cumple la misma función dentro del alma, dándole anclaje y estabilidad: «la tenemos como ancla del alma, segura y firme» (Heb 6,19). También añade, haciendo una alegoría cultual, que la esperanza eleva el alma creyente a las alturas hasta traspasar el velo del templo celestial: «que entra hasta el interior del velo» (Heb 6,19). Se trata de una escena teológica increíble, que culmina con la certeza de que Jesús, como nuestro precursor, atravesó previamente este velo celestial: «donde, como nuestro precursor, entró Jesús» (Heb 6,20). Esta imagen teológica expresa la exaltación de Jesús en las alturas tras su vida mortal. Es precisamente en este espacio cultual eminentísimo del Sancta Sanctorum celestial, después de traspasar el velo, donde Jesús ha llegado a ser gran sacerdote eterno, siempre según el orden de Melquisedec: «que, según el orden de Melquisedec, ha llegado a ser gran sacerdote para siempre» (Heb 6,20).

Dr. Jordi Cervera i Valls

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