Una espiritualidad para un tiempo de crisis

(Domingo, 23/09/2012) El 10 de agosto de 1218, en la catedral románica de Barcelona, se celebró un acto que ha quedado grabado para siempre en la memoria de nuestra historia religiosa. Aquel día hicieron su profesión religiosa los primeros miembros de la Orden de Nuestra Señora de la Merced, la fiesta de la cual celebramos […]

22 Sep, 2012
Església de Barcelona

(Domingo, 23/09/2012)

El 10 de agosto de 1218, en la catedral románica de Barcelona, se celebró un acto que ha quedado grabado para siempre en la memoria de nuestra historia religiosa. Aquel día hicieron su profesión religiosa los primeros miembros de la Orden de Nuestra Señora de la Merced, la fiesta de la cual celebramos mañana. San Pedro Nolasco –verdadero fundador de la Orden- fue el primero en recibir el hábito como religioso y él mismo lo impuso a continuación a sus primeros compañeros.

Los protagonistas de aquel acto, juntamente con Pedro Nolasco, fueron el rey Jaime I, que puso a los primeros mercedarios bajo la protección de la corona catalano-aragonesa y les concedió el escudo de las cuatro barras catalanas, y el obispo de Barcelona Berenguer de Palou, que les concedió llevar en su escudo la santa cruz, titular de la catedral barcelonesa.

Nacía así una orden religiosa, extendida hoy por todo el mundo, que ha dado lugar a una gran obra de redención de cautivos, con un espíritu profundamente cristiano que se ha ido adaptando a las nuevas necesidades de la redención de cautivos de las esclavitudes de todos los tiempos.

El pasado 17 de enero, el padre general de la Orden invitaba a la familia mercedaria –la Orden y las 13 congregaciones nacidas posteriormente que se inspiran en esta espiritualidad- a entrar en un “tiempo de Adviento”, en la anhelante espera de la celebración de los 800 años de la constitución de la Orden, que se cumplirán en  2018.

¿Qué significación puede tener para nosotros, cristianos de hoy, este recuerdo de un hecho de nuestra historia religiosa? Me parece que la respuesta puede ser esta: ha de servirnos como invitación para trabajar, personal y colectivamente, por el bien de todos nuestros conciudadanos.

La presencia de los cristianos en la sociedad está impregnada de amor a las personas y a las instituciones. Nuestro amor al país y a la ciudad de Barcelona forma parte del amor al prójimo, que se encuentra en el núcleo mismo de la fe cristiana –el amor a Dios y el amor al prójimo como mandamientos inseparables- y no sólo en su dimensión individual, sino también en toda su realidad social.

La obra de la Merced, en el tiempo de su nacimiento, fue una iniciativa de una gran solidaridad con los miembros más necesitados de libertad de aquella sociedad. Pero la obra mercedaria no puede ser sólo entre nosotros una página ejemplar del pasado. Hemos de comprender y vivir esta espiritualidad mercedaria en estos tiempos de crisis económica, que pone a muchas personas y a muchas familias en la situación de no poder atender a sus necesidades más básicas. Las estadísticas nos dicen que en algunos puntos de nuestro país más de un 25 % de las familias han de afrontar una situación de verdadera miseria.

El padre Jacint Alegre, fundador del Cottolengo de Barcelona, decía: “Hechos, hechos y no sólo palabras”. Pues bien, la presencia amorosa y solidaria de muchas personas de toda condición y religión, y también de muchos cristianos y cristianas, es por fortuna un hecho y un inequívoco compromiso a favor de la justicia y la solidaridad.

Que nos ayude a convertirlo en realidad la Virgen de la Merced, que en Caná de Galilea se mostró solidaria con la necesidad de aquellos novios. Y que nos ayuden san Pedro Nolasco y santa Maria de Cervelló, dos grandes figuras barcelonesas que son un ejemplo de la misericordia activa hacia los necesitados de su tiempo y de todos los tiempos.

  Lluís Martínez Sistach

Cardenal arzobispo de Barcelona

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