A tenor de los números 49 al 67 del Documento final del Sínodo
La llamada a la conversión
El Documento final del Sínodo (nn. 49-67) nos invita a una profunda conversión que constituye el hilo conductor de todo el texto. No se trata solo de una apelación a las ideas o a los dogmas, sino de una llamada que toca la vida, entendida como relación. Thomas Merton lo expresaba con claridad en su libro No man is an island [Los hombres no son islas]: «El significado de mi vida no debe buscarse únicamente en la suma total de mis realizaciones. Solo puede verse en la integración total de mis logros y fracasos, junto con los éxitos y fracasos de mi generación, mi sociedad y mi época. Se pueden ver, sobre todo, en mi integración dentro del misterio de Cristo…». Esta perspectiva fundamenta la sinodalidad: comunión, participación y misión.
Relaciones en el plan de Dios
Más allá de una visión sociológica o psicológica, el tema de las relaciones arraiga en el terreno más profundo de la teología. San Pablo, en la carta a los Romanos, revela el misterio del plan divino: «Él, que los conocía desde siempre, los ha destinado a ser imagen de su Hijo, que así ha sido el primero de una multitud de hermanos». El Hijo Unigénito se convierte en el Primogénito de muchos hermanos. Filiación y fraternidad son relaciones esenciales. No es extraño que Jesús resumiera la Ley en dos mandamientos: amar a Dios y amar a los hermanos.
Dificultades y heridas
El documento apunta a alcanzar la calidad evangélica de las relaciones comunitarias. Las dificultades, sin embargo, afloran desde el primer momento. Por ello, la conversión es indispensable para ajustar nuestras relaciones al Evangelio. Los vínculos auténticos nacen del corazón, entendido no como sentimiento superficial, sino como el núcleo profundo donde se toman las decisiones más significativas y donde se da el encuentro íntimo con Dios. El texto subraya que el dinamismo relacional está inscrito en nuestra condición de criaturas y dedica una atención especial a la relación entre hombres y mujeres, basada en igualdad y reciprocidad. Durante las sesiones sinodales ha emergido a menudo el dolor de mujeres, laicas y consagradas, en todo el mundo. La conversión en esta realidad es ineludible.
La pluralidad de contextos culturales hace que el mensaje evangélico resuene de manera diversa. Sin embargo, se detectan lógicas relacionales distorsionadas que, a veces, se oponen al Evangelio. Estos cierres se cronifican en estructuras de pecado. El documento recoge los males que nos afligen: desde el rechazo de los niños hasta la marginación de las personas mayores. Estos males también se encuentran en la Iglesia y generan víctimas. El texto explicita el drama de los abusos, que han causado un sufrimiento indescriptible. La escucha, la humildad, el hecho de pedir perdón y de cuidar las relaciones heridas, la restauración de la confianza… son tareas irrenunciables. Ser conscientes de ello es el primer paso para iniciar la conversión.
Corresponsabilidad y vocaciones
Cada cristiano está llamado a hacer fructificar los dones recibidos del Espíritu, que impulsa a anunciar el Evangelio. La misión se nutre de los carismas, vocaciones y ministerios. En este ejercicio de corresponsabilidad, cada uno aporta según los dones que ha recibido. El documento destaca diversos colectivos: comienza con los laicos, continúa con las mujeres —afirmando que nada debe impedir que asuman tareas de guía en la Iglesia— y recuerda que permanece abierta la cuestión de su acceso al ministerio sacerdotal. También se refiere a niños, jóvenes y personas con discapacidad, reconociendo el potencial que hay en cada uno. Familias, vida consagrada, ministerios laicales y teología pueden hacer grandes aportaciones a los caminos sinodales.
Una imagen evangélica para el camino
Volvemos al texto evangélico. Cuando Pedro dice que se va a pescar, los otros responden: «Nosotros también vamos contigo». Todos juntos se reúnen en la barca y se adentran, sinodalmente podemos decir, en el mar de Galilea. Así, la Iglesia está llamada a remar juntos, guiada por el Espíritu, hacia una comunión más evangélica.