¿Cómo implementar lo que dice el núm. 68 del Documento final del Sínodo? En primer lugar, veamos qué dice:
• Como todos los ministerios de la Iglesia, el episcopado, el presbiterado y el diaconado están al servicio del anuncio del Evangelio y de la edificación de la comunidad eclesial. El Concilio Vaticano II ha recordado que el ministerio ordenado, de institución divina, «es ejercido en diversos órdenes por aquellos que ya desde antiguo son llamados obispos, presbíteros y diáconos» (LG 28). En este contexto, el Concilio Vaticano II ha afirmado la sacramentalidad del episcopado (cf. LG 21), ha recuperado la realidad de comunión del presbiterado (cf. LG 28) y ha abierto el camino a la restauración del ejercicio permanente del diaconado en la Iglesia latina (cf. LG 29).
La Iglesia ha recibido del Señor resucitado el ministerio de comunión y los Apóstoles lo han transmitido a sus colaboradores y sucesores, ya sea en su plenitud, a los obispos, o bajo aspectos particulares, a los presbíteros y diáconos (cf. LG 20; 28). Gracias al diálogo ecuménico surge la posibilidad de definir la identidad del ministerio ordenado desde estos tres rasgos constitutivos: el personal, el colegial y el sinodal.
El rasgo personal se caracteriza por el don del Espíritu recibido, que confiere una identidad personal, propia del obispo, que es la de presidir; o del presbítero, que es la de secundar y aconsejar al obispo; o del diácono, que es la de auxiliar al obispo. El rasgo colegial expresa el estrecho vínculo sacramental entre quienes forman parte del mismo orden: el colegio episcopal, es decir, un único episcopado en la única Iglesia de Dios, y el colegio presbiteral, es decir, un único presbiterio en cada Iglesia local; es un rasgo que el Sínodo insta a recuperar como realidad de comunión. Y el rasgo sinodal caracteriza el hecho de caminar juntos quienes han recibido el sacramento del orden con el resto de la comunidad sacerdotal dentro de una Iglesia local determinada, o dentro de una agrupación de Iglesias locales, o en la comunión de Iglesias locales; eso sí, de una manera organizada o estructurada, teniendo presente que cada ordenado forma parte de la comunidad de los fieles por los sacramentos de la iniciación cristiana (bautismo, confirmación y Eucaristía) y no puede prescindir de ella, porque también está vinculado sacramentalmente. Y el rasgo sinodal muestra que el ministerio ordenado está al servicio de la armonía eclesial.
El hecho de que todas las personas bautizadas caminemos juntas define el carácter sinodal de cada Iglesia local y de toda la Iglesia de Dios, fruto del hecho de ser una comunión (una unidad en la diversidad). Y dentro de la comunidad sacerdotal que formamos surge el ministerio ordenado como don del Espíritu al servicio de la armonía, que es lo mismo que decir al servicio de la comunión y de la unidad en la fe del Cuerpo de Cristo, la Iglesia, y por eso, podemos llamarlo ministerio de comunión.
El Vaticano II afirma dos cosas a tener en cuenta para garantizar este estar al servicio de la armonía:
- «El Señor Jesús, a quien el Padre santificó y envió al mundo (Jn 10,36), hizo participar a todo su Cuerpo místico en la unción del Espíritu, con la que Él fue ungido: ya que en Él todos los fieles cristianos son constituidos en un sacerdocio santo y real» (PO 2).
- «Los presbíteros son hermanos entre sus hermanos (fratres inter fratres), como miembros de un solo y mismo cuerpo de Cristo, cuya edificación ha sido confiada a todos» (PO 9).
Por lo tanto, se excluye todo tipo de clericalismo (abuso de autoridad, de conciencia y/o espiritual). La persona ordenada ha recibido un don del Espíritu para el servicio del Pueblo de Dios y del Evangelio del Reino de Dios. Un servicio que no puede realizar sola, sino en armonía dentro de la única orquesta diocesana, donde el obispo es el director y hace posible que todos los miembros suenen la misma melodía, cada uno según el don recibido en la ordenación o según la vocación recibida en el bautismo. Por el bautismo todos son agentes evangelizadores y constructores del Reino allí donde viven y actúan, y lo son por la unción del Espíritu recibida (1Jn 2,20.27).