El apartado Juntos por la misión incluye los números del 75 al 78 del Documento final del Sínodo de los Obispos, que recoge las indicaciones que ya pueden ponerse en práctica en las Iglesias locales teniendo en cuenta los diversos contextos (núm. 53-56), para aprender y desarrollar cada vez mejor el estilo propio de la Iglesia sinodal misionera. En esta segunda parte, denominada En la barca juntos, se hace referencia a la estructura de la Iglesia y se centra en la conversión de las relaciones de la comunidad cristiana. El apartado que nos ocupa debe situarse en el contexto con el que se inicia esta segunda parte: la necesidad de cambiar el talante de las relaciones, dentro y fuera de la Iglesia. En lo que respecta al interior de la Iglesia, se propone una actitud de colaboración más fructífera entre los distintos ministerios, ordenados y laicales, y los carismas que el Espíritu suscita en el contexto actual (núm. 57-67). El punto de partida de su aplicación, por tanto, no puede ser otro que el contexto concreto de la Iglesia catalana: una sociedad plural, intercultural y profundamente secularizada, donde la voz de la Iglesia es cada vez más minoritaria y marginada. En los números precedentes a este apartado, Juntos por la misión, se expone la articulación de los distintos ministerios ordenados (núm. 68-75). ¿Cómo responder a los retos que plantea esta profunda secularización? No nos sirven las respuestas de otras épocas, porque el contexto ha cambiado radicalmente.
Si algo diferencia el apartado Juntos por la misión, que se refiere a los carismas y ministerios distintos de los ordenados, respecto a los números anteriores, es la escasa referencia a documentos magisteriales. Únicamente al inicio se hace referencia a dos cartas apostólicas del papa Francisco sobre los ministerios de lector y acólito y el de los catequistas (núm. 75). Este dato ya nos indica que nos encontramos ante un terreno virgen, por hacer, en el que la mirada se centra en encontrar nuevas formas todavía no definidas de ministerios y carismas laicales. A partir de aquí, en el interior de la Iglesia, ad intra, el Sínodo anima a examinar qué nuevos ministerios son necesarios en este dinamismo misionero. Es necesario inventar o recrear relaciones entre los carismas que la Iglesia necesita en nuestro contexto concreto, contando con la participación de los laicos, hombres y mujeres, para afrontar la situación actual (núm. 76 y 77). Para su implementación sería necesaria un análisis cuidadoso y realista como el que el jesuita Bernard Sesboüé realizó hace tres décadas en Francia, que nos permita afrontar sin miedo —como indicaba el título de su libro ¡No tengáis miedo!— el futuro y la necesidad de los ministerios no ordenados hoy.
Por todo ello, solo tiene sentido si la Iglesia es capaz de salir hacia fuera, ad extra, con una conversión también de sus relaciones con los contextos sociales en los que se incardina. Es necesario, primero, sentir en la propia carne, como lo hizo Dios encarnado en Jesús, el sufrimiento del mundo. La misión pasa por curar las heridas de un sistema económico que, en palabras del sociólogo Zygmunt Bauman, genera grandes cantidades de “residuos de humanidad”. El actual papa León XIV, con la Exhortación Apostólica Dilexi te sobre el amor hacia los pobres, sitúa en el centro de la acción de la Iglesia en el mundo a los desamparados y marginados, a los más necesitados. No se trata de mirarse el ombligo, sino de convertir la mirada hacia nuestros hermanos más necesitados, sentirnos “prójimos” de aquellos que, como en la parábola del buen samaritano (Lc 10,25-37), han quedado al margen de los caminos del progreso.
Pero también la conversión de las relaciones con el mundo exige, como lo dice claramente el número 78, acoger y escuchar a todos. Vivimos en una sociedad carente de escucha, y los cristianos debemos aprender a escuchar sin juzgar, con una escucha atenta y sanadora, capaz de acoger incluso a aquellos que no cumplen con los requisitos de una vida “católicamente ejemplar”. La oferta de salvación de Jesús es universal (Mt 28,18-20), y el ministerio de la escucha y del acompañamiento que el documento nos invita a discernir nos sitúa en una actitud plenamente evangelizadora, como la de Jesús al acercarse, hablar y escuchar a la samaritana (Jn 4,1-41). Este ministerio —dice el documento— “debería dirigirse especialmente a acoger a quienes están al margen de la comunidad eclesial, a quienes regresan después de haberse alejado, a quienes buscan la verdad y desean que se les ayude a encontrarse con el Señor”. La cuestión es cómo acoger y escuchar a quienes hacemos sentir lejos del Señor: los desengañados por los escándalos eclesiales, los homosexuales, los separados y vueltos a casar, los que conviven sin matrimonio…