El corazón de la sinodalidad

  El Sínodo no ha terminado, continúa en el tiempo. Construir una Iglesia sinodal es un camino de retos y compromisos. La pregunta que planteamos es si realmente queremos una Iglesia sinodal, si estamos dispuestos a acoger el SÍNODO en nuestra casa. ¿Deseamos que nuestras comunidades cristianas sean sinodales? Pueden surgir resistencias, actitudes de rechazo […]

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El Sínodo no ha terminado, continúa en el tiempo. Construir una Iglesia sinodal es un camino de retos y compromisos. La pregunta que planteamos es si realmente queremos una Iglesia sinodal, si estamos dispuestos a acoger el SÍNODO en nuestra casa. ¿Deseamos que nuestras comunidades cristianas sean sinodales? Pueden surgir resistencias, actitudes de rechazo o simplemente indiferencia. ¿Nos sentimos formados y comprometidos para llevar adelante una Iglesia sinodal? Quizás todavía estamos demasiado encerrados en nosotros mismos, tanto en el ámbito institucional –instituciones religiosas– como en el ámbito personal. Somos demasiado autorreferenciales si nos cuesta abrir ventanas, esbozar caminos, hacer saltar por los aires trincheras que nos separan, convertirnos en constructores de puentes. La mentalidad de cierta cultura global es “primero yo” y después, si sobra, los demás. La cultura de caminar juntos todavía no la hemos hecho del todo nuestra. Llevamos en nuestro ADN el símbolo de la torre de Babel. Ciertamente se está haciendo un trabajo positivo en esta dirección y se buscan espacios de compartir proyectos de manera más colaborativa y cooperativa.

Hecha esta introducción, afirmamos que la construcción de una Iglesia sinodal es obra del Espíritu Santo. Por más que nos esforcemos, sin la presencia de Jesús y de su Espíritu conseguiremos bien poco. El corazón de la sinodalidad está en la comunión con la Trinidad: Dios Padre-Madre, Jesús, el Hijo de Dios, y el Espíritu, presencia de Jesús en medio de la comunidad reunida en su nombre.

Para vivir esta experiencia personal y comunitaria necesitamos CONVERTIRNOS, volver a Dios, reconocer que solos, sin Jesús, no podemos hacer nada. El corazón de la SINODALIDAD es la CONVERSIÓN que nace del encuentro con CRISTO RESUCITADO: LUZ PARA TODOS LOS PUEBLOS (LG 1), que resplandece en el rostro de la Iglesia. La imagen de la luna que recibe la luz del sol nos puede ayudar a comprender.

La comunidad de los seguidores de Jesús, nacida de la Pascua, se siente llamada a dar testimonio con la Palabra y los hechos (misión de la Iglesia) (DF 13-14). Somos testigos de la Resurrección… con el corazón y con los labios (Rm 10, 8-13).

Esta comunidad es el NUEVO PUEBLO SANTO DE DIOS que tiene raíces sacramentales (DF n. 21-27):

brota del bautismo (en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu. Dimensión trinitaria).

en la confirmación recibe el Espíritu de Jesús y se confirma en la fe de anunciar el Reino de Dios.

en la Eucaristía se reúne, se encuentra con la Palabra, celebra, comparte la fraternidad, construye comunidad.

En este Pueblo-Comunidad ocupa un lugar especial la VIRGEN MARÍA (DF 29). María es el modelo de la Iglesia que escucha, ora, medita, dialoga, acompaña, decide, actúa. La acción de la Iglesia en el mundo es una prolongación de la solicitud de María (Pablo VI, MC 28).

El 29 de junio de 2025 se publicó el documento “Pistas para la fase de implementación del Sínodo” (2025-2028). Se nos proponen unas orientaciones con la “finalidad de experimentar prácticas y estructuras renovadas que hagan que la vida de la Iglesia sea cada vez más sinodal”. Este es el objetivo, tal como nos sugiere el DF 9: “Identificar caminos concretos e itinerarios formativos para realizar una conversión sinodal tangible en las diversas realidades sinodales”.

La Iglesia como Pueblo de Dios es un SACRAMENTO DE UNIDAD. Unidad entendida como ARMONÍA (DF 34) entre todos los que formamos el Pueblo de Dios en medio de una gran variedad de carismas y ministerios (DF 36-38). El Pueblo de Dios no es la suma de bautizados… sino el NOSOTROS DE LA IGLESIA… (Instrumentum laboris 2ª sesión, 3).

La unidad de la Iglesia no es uniformidad, sino la integración orgánica de las legítimas diversidades (NMI 46). No hay una única comprensión de la vida de la Iglesia y de las formas teológicas, litúrgicas, pastorales y disciplinarias en que se expresa el mensaje salvífico (DF 39).

Hay que tener presente la diversidad de contextos, culturas, religiones… en los que está presente la Iglesia. La Iglesia sinodal se puede describir utilizando la imagen de la orquesta (DF 42).

El Sínodo es un regalo para todo el Pueblo de Dios. Ojalá meditemos y profundicemos en su mensaje y lo pongamos en práctica.

Lluís Agustí

Lic. Lluís Agustí i Parrot

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