El aguijón de la esperanza

  Dado que el Reino de Dios es una realidad que afecta al mundo actual, el cristiano materializa su esperanza en medio de la complejidad histórica. En una de las dos fórmulas oficiales de la profesión de fe conservadas por la tradición de la Iglesia, se proclama: «Creo […] en la vida eterna.» En la […]

14 Jul, 2025
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Dado que el Reino de Dios es una realidad que afecta al mundo actual, el cristiano materializa su esperanza en medio de la complejidad histórica.

En una de las dos fórmulas oficiales de la profesión de fe conservadas por la tradición de la Iglesia, se proclama: «Creo […] en la vida eterna.»

En la época contemporánea, esta esperanza de un mundo más allá –de un Reino por venir– ha sido objeto de un profundo cuestionamiento, primero desde fuera, después dentro del pensamiento cristiano. Este escepticismo surge porque la esperanza escatológica (del griego eschatos, que significa último, final) había sido a menudo la coartada de un orden establecido, fundamentado en la dominación y la injusticia. Así, desviaba al creyente de las luchas sociales, ofreciéndoles un consuelo en una pasividad resignada. Esta espera de una vida futura parecía, desde esa perspectiva, un opio para las masas alienadas, una superstición que perpetuaba los intereses de los poderosos.

La crítica de esta escatología complaciente era necesaria. Recordando que la esperanza del Reino de Dios no justifica, en ningún caso, eludir las responsabilidades frente a los problemas y desigualdades del mundo presente, esta crítica contribuyó a resaltar la dimensión social, política e histórica de la fe. El Concilio Vaticano II oficializó esta renovación de la escatología, afirmando: «Enseña […] la Iglesia que la esperanza escatológica no merma la importancia de las tareas temporales, sino que más bien proporciona nuevos motivos de apoyo para su ejercicio.» (GS, núm. 21.3).

Una esperanza extrema

¿El creyente puede todavía confesar que esta esperanza escatológica renovada inspira su acción? ¿Es relevante para él, mientras participa en luchas con no creyentes, encontrar apoyo en esa fuente de motivación? ¿Es la promesa bíblica de un «cielo nuevo y una tierra nueva» (Ap 21,1) sólo una mitología para almas piadosas? Para responder a estas preguntas, primero es necesario indagar qué significa esta figura trascendente del Reino.

El Evangelio habla del Reino como de una realidad incoativa: es ya perceptible en este mundo, pero todavía no plenamente realizada. Cuando Jesús habla de ello, afirma que está entre nosotros, pero también anuncia su advenimiento en un futuro indeterminado. Aunque de algún modo ya se ha manifestado en la historia, el Reino es, al mismo tiempo, otro sitio. En este sentido, se trata de una utopía, en el sentido etimológico de u-topos, que significa no-lugar o más allá de todo lugar. El Reino representa la esperanza que desborda cualquier espacio humano, ese exceso de deseo que ninguno de nuestros proyectos singulares puede contener del todo. Dentro de la conciencia cristiana, simboliza este por venir y ese universal que mantienen abierto el imaginario y cuestionan constantemente la tendencia humana a encerrarse en el presente y en lo particular. Así, el Reino se convierte en un llamamiento continuo a la superación personal y colectiva. La liturgia de la Iglesia lo evoca admirablemente cuando ruega para que se cumplan los tiempos, dando lugar finalmente a un «Reino de verdad y de vidareino de santidad y de graciareino de justicia, de amor y de paz

Evidentemente, nos movemos aquí en el orden de la fe. De hecho, en la tradición cristiana, la historia nunca se ha concebido como un flujo de tiempo aleatorio e indefinido. Heredero fundamentalmente del judaísmo, el cristiano cree que la historia del mundo y de la humanidad avanza hacia un destino último en el que encontrará, en Dios, su final y su consumación. Sin conocer ni el día ni la hora de este desempeño misterioso, algunos creyentes redescubren su deber de trabajar, a nivel personal y colectivo, para mejorar este mundo de cara a ese advenimiento. Para ellos, esta esperanza extrema, lejos de desvincularlos de sus responsabilidades, se convierte en un imperativo: contribuir, junto a todas las personas de buena voluntad, a la transformación de la sociedad según los ideales del Reino. Como ha subrayado el concilio: «El mensaje cristiano no aparta a los hombres de la edificación del mundo ni los lleva a despreocuparse del bien ajeno, sino que, al contrario, les impone como deber el hacerlo.» (GS, núm. 34.3).

Una instancia crítica

La teología del Vaticano II vincula, pues, la realidad del Reino de Dios con la conciencia social y la responsabilidad ética hacia el mundo. Esto ha permitido a muchos cristianos descubrir que no existe ninguna opción que les libere del compromiso con la lucha contra la opresión, y que la fe no puede ser un refugio tranquilo que exima de afrontar la complejidad de las relaciones sociales y los debates políticos. A partir de las Escrituras donde abundan las imágenes de un mundo regenerado (cf. Is 25,6-9 y Rom 8,18-23) y de una sociedad donde los poderosos son derribados y los ricos rechazados (cf. Lc 1,52-53), el creyente se siente portador de una utopía con una fuerza subversiva irrefutable para el orden establecido.

La esperanza escatológica, así entendida, ya no tiene nada que ver con aquella geografía vaporosa del más allá, caricaturizada en el pasado. Tomar en serio la Biblia, que proclama bienaventurados los pobres, los sedientos de justicia y los pacificadores (cf. Mt 5,1-12), implica adoptar una postura crítica vigorosa que interpela nuestras democracias y cuestiona constantemente la configuración de la nuestra convivencia.

El cristiano no debe avergonzarse, pues, de su esperanza, porque ha sabido transformar este imaginario escatológico, arraigado en su tradición de fe, en un aguijón que impulsa el compromiso y un criterio de juicio para evaluar la calidad real de las relaciones sociales. Al igual que todas las personas que trabajan por un mundo mejor, se guía por un ideal basado en convicciones indemostrables, pero cuya relevancia se puede evaluar a través de los frutos que producen en el mundo. El creyente, por tanto, se reconoce vinculado a todas aquellas personas que, a pesar de estar animadas por convicciones más seculares, le acompañan –y a menudo le preceden– en la lucha por la justicia, la paz, la libertad y la solidaridad.

Una trascendencia que habita la historia

«El reino está ya misteriosamente presente en nuestra tierra; cuando venga el Señor, se consumará su perfección.» (GS, núm. 39.3). En esta afirmación conciliar, el creyente encuentra todavía hoy la fe necesaria para comprometerse social y políticamente, a pesar de las dificultades e incertidumbres de nuestro tiempo. Así, consciente de su responsabilidad de llevar la esperanza del Reino al corazón de las luchas más concretas de la historia, el creyente se esfuerza por mantener viva la memoria de un mundo que ya está transfigurando el presente.

Para el cristiano, la espera activa del Reino de Dios debe hacer germinar, ya ahora, las promesas escatológicas de un mundo en el que, como dice el salmo, «el amor y la fidelidad se encuentran, la justicia y la paz se abrazan» (Sal 85,11).

Lic. Ezequiel Mir

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