Este artículo comienza recordando que la Iglesia es misionera por naturaleza (AG2). Y ya en el título se nos habla de la corresponsabilidad en dicha misión. Por lo tanto, son dos los aspectos que convendría abordar: el carácter misionero de la Iglesia y la corresponsabilidad de todos los bautizados en dicha misión.
- Carácter misionero de la Iglesia
La Iglesia no ha nacido para sí, sino que ha nacido para dar, para ofrecer y ofrecerse. Ya desde los inicios el sentido de la Iglesia es salir a dar a conocer una buena noticia. Dicha misión, vendrá marcada por la búsqueda del bien de los demás. Lumen Gentium define la iglesia como sacramento de salvación (1,1) con una clara dimensión misionera. La Iglesia es para servir y para hacer sacramentalmente visible aquel Reino de Dios anunciado por Jesucristo. Un Reino, en el que los pobres ocupan un lugar central.
No hay pobres entre nosotros, dirá Hechos de los Apóstoles, ya que ponían en común lo que tenían. La misión viene configurada por el hecho de ser signo e instrumento de la unión con Dios y de la unidad del género humano. Se trata de ser un sacramento de fraternidad-sororidad. Consiste, por lo tanto, en construir una comunidad en la que las relaciones sean transparencia del amor de Dios y la vida se convierta en anuncio. Y en un anuncio bueno para todos.
Dicha comunidad sale de sí para ofrecer una nueva vida buena, siguiendo el programa de Jesús de Nazaret: anunciar la buena nueva a los pobres, proclamar la liberación de los cautivos, dar vista a los ciegos y libertad a los oprimidos (Lc , 4, 18), que no es otra cosa que dar vida en abundancia (Jn 10,10).
- Corresponsabilidad en la misión
La corresponsabilidad quiere decir que todos participamos de la misión. No estaría de más recordar las palabras del papa Francisco en la JMJ de Lisboa, repetidas en Marsella en el encuentro del Mediterráneo: todos, todos, todos.
Por el bautismo participamos de la Iglesia. Y por lo tanto de su carácter misionero. Desde aquí habrá que situar qué es lo cada bautizado está dispuesto a poner en común. La corresponsabilidad eclesial invita y exige a cada bautizado a ofrecer sus dones para el servicio de la misión (cf Mt 5, 13-16).
Nos toca pensar cómo conseguir la contribución de todos. Y para ello, el documento nos invita a comenzar reconociendo y valorando la aportación de cada bautizado, empezando por pobres y excluidos. Y reconociendo la variedad de vocaciones, carismas y ministerios, la promoción de la dignidad bautismal de las mujeres, el papel del ministerio ordenado, en particular el del obispo.
La corresponsabilidad es cosa de todos, todos, todos. De cada bautizado. Por eso conviene trabajar las vocaciones, carismas y ministerios dentro de la Iglesia. Una Iglesia en salida, una Iglesia misionera no puede perder la aportación de ninguno de sus miembros. Todos, cada uno desde su lugar y sus posibilidades deben aportar y generar espacios que faciliten la misión de humanizar el mundo, de construir un mundo mejor y más justo -más fraterno- para todos. Esto solicita urgentemente la incorporación de personas y colectivos que hasta ahora han estado alejados o marginados de las labores eclesiales.
Pero corresponsabilidad no quiere decir solo participación de todos en la misión. La palabra nos remite a responsabilidad. Cada bautizado es responsable de que la Iglesia sea fiel a su constitución misionera. Esto exige mecanismos (sinodales) de participación y decisión a la hora de establecer prioridades y líneas de acción que ayuden en una labor misionera eficaz que realmente mejore la vida de la gente.
La corresponsabilidad en la misión exige diálogo entre los bautizados, compartir visiones y misiones, escoger y decidir conjuntamente, acompañar, valorar y evaluar la labor eclesial. Estamos abordando un aspecto central de la Iglesia -su carácter misionero- pero este no puede desligarse de su constitución organizativa.