Una comunión que se irradia

  El sínodo de los obispos se nos presenta como una oportunidad para repensar la comunión, los lazos que nos unen como miembros de la Iglesia católica y de la humanidad. El horizonte de este esfuerzo está formulado en la pregunta del documento de trabajo para la primera sesión: ¿cómo podemos ser más plenamente signo […]

19 Ene, 2024
Òscar Martí

 

El sínodo de los obispos se nos presenta como una oportunidad para repensar la comunión, los lazos que nos unen como miembros de la Iglesia católica y de la humanidad. El horizonte de este esfuerzo está formulado en la pregunta del documento de trabajo para la primera sesión: ¿cómo podemos ser más plenamente signo e instrumento de unión con Dios y unidad de toda la humanidad? En el sínodo de los obispos se nos pide como católicos replantear el camino que ofrecemos a las personas concretas que nos rodean en nuestro día a día para sentir la llamada de salvación que Dios hace a la humanidad a través de su Iglesia.

El documento Instrumentum laboris nos pone sobre la mesa una profundización evangélica de la comunión y unas líneas de acción para replantear la misión a la que somos invitados. El primer punto es entender la comunión como “un camino en el que estamos invitados a crecer”, es decir, no entenderla como una congregación cerrada de quienes cumplen con todo lo que se pide por ser un buen católico. En nuestra sociedad, esta concepción ha llevado a la expulsión, querida o no, de muchas personas que se han sentido apartadas de la salvación de Jesús, sintiéndose señaladas, y a menudo condenadas por una comprensión de la comunión excluyente. Caminar juntos en la escucha de la Palabra, que cuestiona los parámetros humanos que nos hacen juzgar a los demás, y en la concordia, que impulsa a sentirnos hermanos de la humanidad entera en su diversidad, deben permitirnos construir comunidades acogedoras.

Acoger es la acción evangélica fundamental para una comunión que se irradia a toda la humanidad: «Venid a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo os haré reposar.» (Mt 11,28) nos dice Jesús. Esta apertura a toda persona humana, cualquiera que sea su condición, requiere un cambio que se ha concretado en las directrices indicadas por las Asambleas en todos los continentes. Ésta es la acogida de quienes viven en condiciones de indigencia y de exclusión social; el cuidado de la casa común como creación amenazada por el cambio climático; el reto que supone los movimientos migratorios, en la búsqueda de una vida digna entre nosotros; reconciliar y pacificar un mundo fragmentado y polarizado que cada vez va a más; y, por último, ser voz profética que denuncia las situaciones de injusticia y discriminación cotidiana. La Iglesia necesita renovar su visión comunitaria para “no dejar a nadie atrás y ser capaces de seguir el ritmo de aquellos a los que más cuesta avanzar”.

Otro reto señalado es hacer posible, con gestos cotidianos de hospitalidad y acogimiento, la promesa de que “el amor y la verdad se encontrarán” (Sal 85,11). La comunión con la humanidad pasa por una acogida auténtica de aquellos que no se sienten aceptados por la Iglesia, como también las personas que han sido víctimas de los abusos y la marginación en la Iglesia. El proceso sinodal debe permitir revisar nuestra mirada y nuestro trato sobre las condiciones personales que nos pueden parecer más alejadas de la doctrina católica, pero que no deben impedir hacer presente a Jesús “que camina con todos con amor incondicional y proclama la plenitud de la verdad del Evangelio.” Muchos son los colectivos que ven en la Iglesia un corazón endurecido que les impide descubrir el mensaje de salvación. Por eso es necesario salvaguardar espacios para el desacuerdo y restaurar la proximidad y el cuidado de las relaciones fraternales con toda persona, que nunca deja de ser un hijo e hija querido de Dios.

Por último, la revisión de estas relaciones fraternales nos debe llevar a transformar y valorar los intercambios de dones entre las diferentes Iglesias, no sólo en el eje local-universal, sino con otras Iglesias y confesiones cristianas en el camino ecuménico para restaurar la unidad querida por el Señor. Está en juego la misma credibilidad del mensaje cristiano, en una sociedad multicultural y cada vez más, fruto de las sucesivas migraciones, multiconfesional. El sínodo de los obispos, como parte de un proceso de “reforma continua” de la Iglesia (UR 4.6) es una gran oportunidad para contribuir a renovar las estructuras y actitudes que no nos permiten ser plenamente signo e instrumento de unión con Dios y de unidad de toda la humanidad.

Dr. Marc Mercadé i Serra

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