Allí donde se manifieste el Espíritu Santo

  ¿Cómo podemos configurar instancias de sinodalidad y colegialidad que impliquen a agrupaciones de Iglesias locales? Es ésta una cuestión extremadamente compleja si bien crucial para consolidar el espíritu sinodal de la Iglesia de nuestros tiempos. Dicho de otro modo, habría que preguntarnos cómo somos capaces de escuchar al Espíritu. Así, ¿cómo podríamos favorecer y […]

Òscar Martí

 

¿Cómo podemos configurar instancias de sinodalidad y colegialidad que impliquen a agrupaciones de Iglesias locales? Es ésta una cuestión extremadamente compleja si bien crucial para consolidar el espíritu sinodal de la Iglesia de nuestros tiempos. Dicho de otro modo, habría que preguntarnos cómo somos capaces de escuchar al Espíritu. Así, ¿cómo podríamos favorecer y consolidar instancias de sinodalidad y colegialidad que sean capaces de implicar a las Iglesias locales?

De forma más inmediata, en la Iglesia local, nos encontramos con los llamados consejos parroquiales, y paulatinamente las voces resuenan en las diferentes asambleas diocesanas, en las conferencias episcopales y en las asambleas continentales. ¿Cómo hacerlo para que todo el proceso sinodal no quede en una mera declaración de buenas intenciones? Es necesario que exista esta estructura propia para poder avanzar juntos rompiendo el estaticismo que a menudo asedia la institución eclesiástica. Recordemos, una vez más, la palabra sinodalidad evoca este sentido de caminar juntos, de hacer comunidad y así, dentro de este camino común, debemos pensar qué rol asume cada uno de nosotros, seamos quienes seamos, fieles, presbíteros y diáconos, religiosos, obispos y también el obispo de Roma. En todo este proceso de reflexión, necesitamos ser valientes, necesitamos actuar sin miedo, con prudencia sí, pero sin ese temor, a menudo infundado, que paraliza el anuncio de la Buena Nueva.

A día de hoy, no todas las parroquias cuentan con un consejo parroquial. Su objetivo es bien loable pero qué hacer para que sean realmente representativos y operativos o que aquello que se decida allí seamos capaces de poder trasladarlo a instancias diferentes. Todo esto pasa indisolublemente por fortalecer los consejos parroquiales y diocesanos para que sean realmente organismos de escucha y participación de toda la comunidad porque la Iglesia es comunión, con diversidad de carismas y ministerios. Más allá de lo organizativo, se trata de contar con instrumentos para poner de relieve que todo miembro del Pueblo de Dios, en virtud de su bautismo y confirmación, es sujeto y protagonista activo de la misión evangelizadora. «En virtud del sacerdocio bautismal, cada fiel está llamado a la construcción de todo el Cuerpo y, a la vez, todo el Pueblo de Dios, en la corresponsabilidad recíproca de sus miembros, participa en la misión de la Iglesia, es decir, discierne los signos de la presencia de Dios en la historia y se convierte en testigo de su Reino». (Congregación para el clero, La conversión pastoral de la comunidad parroquial al servicio de la misión evangelizadora de la Iglesia (20-7-2020), n.109.) Este espíritu de comunión se une a un llamamiento a la confianza, a la dignidad y responsabilidad de cada miembro del Pueblo de Dios. En palabras de Juan Pablo II, la espiritualidad de comunión significa una «mirada del corazón sobre todo hacia el misterio de la trinidad que habita en nosotros, y cuya luz debe ser reconocida también en el rostro de los hermanos que están a nuestro lado» (S. Juan Pablo II, Carta Novo millenio ineunte (6-1-2001), 43.)

Sin querer rehuir el margen de creatividad que da la cuestión inicial, precisamos añadir algunas reflexiones. ¿Cómo hacer posible la viveza de la participación con la responsabilidad y autoridad inseparablemente asociada? ¿Qué procesos, estructuras e instituciones que serían imprescindibles en esa iglesia que se quiere sinodal? La consulta del pueblo de Dios en el seno de las iglesias locales, además de las sucesivas etapas de discernimiento en las conferencias de obispos y continentales se ha mostrado como un proceso de «verdadera experiencia de escucha del Espíritu» «a través de la escucha de unos y otros». En este sentido, el proceso sinodal nos habla de un genuino dinamismo de comunión, implicando a todos los sujetos: el pueblo de Dios, el colegio episcopal, el obispo de Roma. Para que esta escucha del propio Espíritu sea real en esta mutua escucha necesitaríamos una traducción real, en acto, de la colegialidad episcopal de la iglesia sinodal.

Necesitamos profundizar en el hábito, en la práctica: promover la escucha habitual del pueblo de Dios y primeramente hacerlo en las iglesias locales, potenciando los organismos de participación, escucha y discernimiento. Este eco llegaría también a la necesidad de repensar los procesos de toma de decisiones en las conferencias episcopales a partir de la escucha del Pueblo de Dios en el seno de las iglesias locales así como la integración de la instancia continental en la normativa canónica. Una iglesia sinodal es comunitaria y dinámica. Esta dimensión comunitaria, a menudo desdibujada a lo largo de la historia, hace que todos intervengamos en todo aquello que nos afecta (Hch 15, 28) se reavivó significativamente con el Concilio Vaticano II (1962-1965) con el concepto de Iglesia Pueblo de Dios, en el que todos poseemos el sentido de la fe, por el bautismo de Jesús y la unción del Espíritu.

Francisco se nutre nuevamente del Concilio Vaticano II cuando propone la sinodalidad como el modelo para la iglesia del tercer milenio, llamando a las iglesias locales, diocesanas, nacionales y continentales a colaborar estrechamente, a escucharse sinceramente para abrir el corazón, la mente y las manos. Esto implicaría la superación de cualquier elitismo jerárquico, sea de tipo cultural o especialmente espiritual/religioso. Los carismas jerárquicos y no jerárquicos como don del espíritu que son (LG4) se sitúan en franca comunión eclesial. Esta participación implica todos los aspectos de las distintas comunidades: la formación, la liturgia, las obras sociales, el diálogo con otras religiones y culturas.

Mientras permanecemos fieles a la revelación de la Palabra de Dios (ya la fe cristiana de la gran Tradición eclesial), la iglesia lee los signos de los tiempos, que hay que escuchar y discernir, responde al latido de la historia, de la cultura, de la actualidad (Gaudium et spes 4, 11;44). Este proceso, por los cristianos, está iluminado por el Espíritu que nos conduce hacia la verdad plena (Jn 16,13). Precisamente, esto fue lo que quiso enfatizar a Juan XXIII: que la Iglesia guiada por el Espíritu pudiera anunciar el evangelio al mundo moderno. Juan XXIII afirmó que la Iglesia de los pobres debía ser el rostro de la Iglesia del Concilio Vaticano II. La Iglesia, la comunidad, como fuente de misericordia distinguiendo, cómo lo hizo en su día Juan XXIII, el depósito de la fe de la forma en que se expresa. Hubo, entre otras muchas aportaciones, un regreso a las fuentes y una puesta al día, el llamado resourcement y el aggiornamento.

Ahora, Francisco nos habla de la ecología en Laudato si, de la fraternidad universal en Fratelli tutti, del amor conyugal en Amoris laetitia. Nos habla de una Iglesia en salida, que toma la iniciativa, que sale a «primerear», y así la sinodalidad implica una comunidad abierta, que escucha, que avanza y que no teme equivocarse puesto que el pueblo de Dios tiene la unción del Espíritu y no puede equivocarse en su fe (LG 12). El reto, una vez más, es romper con las resistencias, disolver aquellos miedos paralizantes que unas rayas arriba mencionaba. Y por eso Francisco recibe ataques furibundos, sin precedentes. Centrémonos en sentir el Espíritu del Señor en los signos de los tiempos, en comunión, en camino, sinodalmente.

Dra. Núria Montserrat Farré i Barril

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