Juana Condesa Lluch, valenciana y fundadora de las Esclavas de María Inmaculada, en plena revolución industrial, a finales del siglo XIX, fue una pionera en la defensa de los derechos de las mujeres trabajadoras. Se sentía muy conmovida por tantas jóvenes que viajaban solas desde los pueblos para trabajar en las fábricas de Valencia y que, después de interminables jornadas laborales, tenían que regresar a pie a sus casas. Juana, ante su sufrimiento, descubrió que esa sería su misión. Fundó las Esclavas de María para que estas jóvenes tuvieran una residencia donde vivir y para atender sus necesidades materiales y su formación en valores.
Desde el nacimiento de aquella obra, hace ya más de 100 años, las Esclavas de María tienen su casa principal en Valencia y también están presentes en Madrid, Almería, Albacete, Almansa y Barcelona, además de contar con residencias en Panamá, Chile, Perú y Roma, y un centro con 16 novicias en África.
La superiora en Barcelona, la gallega Mercedes Fernández, me recibe en la preciosa casa que tienen en el barrio de Horta y donde acogen a 24 jóvenes de muchos países de América Latina, así como de Marruecos y Kenia. Estas jóvenes llegan a la ciudad solas y en una situación muy desesperada. «Algunas duermen en la calle, también acuden a las parroquias buscando ayuda y nos las derivan a nuestro centro», explica la directora. Cuando llegan, se les facilita ropa y lo que más necesitan, y pueden alojarse en la residencia, en régimen de pensión completa, hasta que encuentran un trabajo, pagando según sus posibilidades. Después, la mayoría trabajan cuidando a personas mayores. «Se me rompe el corazón tener que decir no a las jóvenes que llaman a nuestra puerta porque solo tenemos camas y espacio para 24 mujeres», lamenta la superiora. «Nuestra misión es ayudar en la providencia; no recibimos ninguna subvención y solo contamos con dos personas contratadas: la cocinera y la encargada de la limpieza».
En Barcelona solo son tres religiosas. «Me preocupa la falta de vocaciones para poder seguir con nuestra misión. De momento tenemos novicias en África, pero a las jóvenes de aquí les resulta más difícil querer ser religiosas porque los valores cristianos se han perdido en las familias; muchos jóvenes no reciben cariño en casa y se sienten solos y tristes. La violencia de género, el bullying y las redes sociales hacen mucho daño a los jóvenes», explica Fernández.
«Nuestra obra se podría resumir en una frase: queremos dar a estas mujeres que han tenido que marcharse de sus países, dejando atrás a su familia, el cariño que la vida no les ha dado», afirma la religiosa. Y en esta bonita casa, con una terraza con vistas al mar y al Tibidabo, con habitaciones individuales, comedor, capilla y un pequeño jardín, las mujeres que viven allí se sienten cuidadas y queridas.
Glòria Carrizosa Servitje (Secretariado de Marginación)