El perdón, la reconciliación

Lee el artículo de opinión de Antoni Bosch-Veciana

06 Ene, 2026
Església de Barcelona

Perdonamos porque antes hemos sido perdonados. Del mismo modo que amamos porque antes hemos sido amados. Es difícil, aunque no imposible, sin la experiencia (interior y exterior) de ser perdonados o de ser amados, llegar a perdonar o a amar verdaderamente a otra persona. El amor y el perdón son una de las experiencias más profundas y transformadoras de la vida humana, tanto personalmente como socialmente o, si se quiere, comunitariamente. Perdonar y amar son experiencias indispensables para llegar a ser plenamente y radicalmente humanos. Y, precisamente por ello, es necesario recibir gratuitamente esta experiencia humana de los demás: muy a menudo se nos da en el ámbito familiar, aunque también puede provenir de otros ámbitos de la vida humana.

En una sociedad marcada por la velocidad, los conflictos, las guerras y la dificultad de mantener relaciones estables, hablar de perdón y de reconciliación es hablar de la posibilidad de reconstruir los vínculos humanos y de dar un nuevo sentido a la convivencia o a la comunidad. El perdón no es solo una palabra religiosa o moral, sino una realidad humana que afecta a la vida cotidiana, a la familia, a la política, a la justicia e, incluso, a la manera en que entendemos nuestra propia identidad. Es cierto que el perdón y la reconciliación forman parte de manera sustancial del legado cristiano. Precisamente, el cristianismo toma gran parte de su sentido de su consideración del perdón y de la reconciliación. De ahí la importancia de comprender el contenido de aquellas palabras que nos definen cultural o religiosamente.

Perdonar (per-donare) significa dar gratuitamente. El propio origen de la palabra remite a la idea de dar sin esperar nada a cambio. Esta gratuidad es esencial porque el perdón solo es posible cuando alguien decide superar el resentimiento y abrirse a una nueva oportunidad de relación. No se trata de olvidar el mal sufrido ni de negar la gravedad de una ofensa, sino de no hacer posible que el pasado condene definitivamente el futuro. El perdón introduce una novedad radical en las relaciones humanas: hace posible siempre comenzar de nuevo.

Y no hay que olvidarlo ni dejar de reflexionarlo a fondo: ¡la experiencia del perdón está profundamente unida a la verdad! La gratuidad no significa aquí, de ningún modo, arbitrariedad, sino disposición desinteresada a afrontar la verdad, a aceptar la radical capacidad de novedad de uno mismo y de los demás. Del mismo modo, el hecho de pedir perdón supone haber afrontado ya la verdad de uno mismo y de los demás en relación con los actos cometidos, las conductas adoptadas, las consecuencias que de ellos se derivan y la radical manera humana de ser y de tener que ser de uno mismo y de los demás: uno se dispone a rehacer las relaciones dañadas o rotas con todo otro (Otro) y consigo mismo. Por todo ello es necesario afrontar la verdad de los actos, se requiere la honestidad de enfocar correctamente aquello que haya sucedido (la falta, el pecado) y determinar qué es lo que ha ocurrido, leer bien y a fondo la realidad de lo cometido, sin atribuirnos o atribuir a otro algo que nos parecía, pero que no era (ni falta ni pecado). A veces nos apresuramos demasiado a acusarnos o a acusar a los demás. ¡Necesitamos la inteligencia de la verdad! Para poder perdonar o pedir perdón es necesario reconocer honestamente el mal que se ha producido. Sin esta aceptación sincera de la realidad, el perdón se convierte en una simple palabra vacía. Afrontar la verdad implica asumir responsabilidades, reconocer las consecuencias de los propios actos y mostrar una voluntad auténtica de cambio. Por eso el perdón exige valentía y humildad. Tanto quien pide perdón como quien lo concede deben estar dispuestos a mirar de frente la herida y a trabajar para que la relación pueda ser restaurada.

También existe una relación importante entre el perdón y la justicia. A menudo parece que ambos conceptos sean opuestos: la justicia busca reparar el mal y aplicar la ley, mientras que el perdón apunta a la compasión y a la restauración de la relación. Sin embargo, no son realidades incompatibles. La justicia es necesaria porque reconoce la verdad de los hechos y protege a las víctimas, pero el perdón recuerda que ninguna persona puede quedar definida para siempre por su error. El perdón muestra que siempre es posible la rehabilitación y la recuperación de la dignidad humana.

La reconciliación es el fruto más visible del perdón. Cuando dos personas se reconcilian, no solo resuelven un conflicto concreto, sino que crean una nueva manera de relacionarse. La reconciliación es un proceso lento, hecho de comprensión, diálogo y escucha. No nace espontáneamente, sino que requiere tiempo y paciencia. Comprender al otro no significa justificarlo, pero sí reconocer que toda persona conserva una dignidad que nunca desaparece por completo. El diálogo se convierte así en un instrumento indispensable para reconstruir la confianza y sanar las heridas.

En la tradición cristiana, el perdón ocupa un lugar central. Jesús de Nazaret presenta a Dios como un Padre compasivo y misericordioso, siempre dispuesto a acoger y reconciliar. Esta visión transforma la manera de entender las relaciones humanas, porque invita a perdonar no solo una vez, sino constantemente (setenta veces siete). El perdón se convierte así en un camino de libertad interior y en una condición para la convivencia auténtica. La Iglesia ha elevado a sacramento —y, por tanto, situado en el ámbito del mysterium— la realidad fundamental del perdón y de la reconciliación, una celebración de la gratuidad, de la libertad, de una nueva relación: la celebración de un acto sacramental, el de la reconciliación con uno mismo y con la comunidad (tal como subrayó el P. Bartomeu M. Xiberta en su Clavis Ecclesiae).

La reconciliación no afecta únicamente a la relación con Dios, sino también con los demás y con uno mismo. En el mundo actual, marcado por las divisiones sociales, la violencia y la deshumanización, el perdón sigue siendo una necesidad urgente. La globalización y los cambios acelerados favorecen a menudo relaciones superficiales y frías. Frente a esta realidad, el perdón puede convertirse en un lenguaje de salud y de renovación humana. Perdonar significa apostar por la posibilidad de un mundo más humano, donde la comunicación se transforme en comunión y donde las personas sean capaces de reconstruir sus vínculos a pesar de las heridas.

En definitiva, el perdón y la reconciliación son caminos exigentes pero indispensables. Sin ellos, la convivencia queda atrapada en el resentimiento y en la desconfianza. Con ellos, en cambio, se abre la posibilidad de una vida nueva, basada en la verdad, la gratuidad y la esperanza.

Dr. Antoni Bosch-Veciana

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