El acompañamiento espiritual en las prisiones

  El denominador común de la mayoría de presos es, en última instancia, ser una persona con problemas. Problemas graves y muy graves en su estructura humana, que los han llevado a salir del ordenamiento equilibrado de la convivencia social, si no es que, en muchos casos, ya no han entrado nunca. Personas que no […]

Òscar Martí

 

El denominador común de la mayoría de presos es, en última instancia, ser una persona con problemas. Problemas graves y muy graves en su estructura humana, que los han llevado a salir del ordenamiento equilibrado de la convivencia social, si no es que, en muchos casos, ya no han entrado nunca.

A pesar de todo, sabemos que hay internos en las prisiones que salen de todos estos esquemas. Últimamente tenemos unos cuántos ejemplos.

Por las características que presenta, un preso es un pobre. No solo económicamente, sino pobre por el subdesarrollo de las posibilidades de realización como persona, o por el desenfoque de estas.

El preso, como todos nosotros, tiene su vida para vivirla llena y libre, con la dignidad de hijo de Dios. Es una persona que sueña, que aprecia, que sufre, que tiene un pasado único e irrepetible, que mira la futura libertad con tonos de sueño, porque el que objetivamente le espera es más bien angustioso.

El preso, como toda persona de carne y hueso, tiene una gran necesidad de comunicarse, de hablar, de expresar sus sentimientos, su debilidad, sus perspectivas; en una palabra: de ser escuchado.

El acompañamiento muchas veces es simplemente hacerse próximo, estar al lado, escuchar, es un gesto simple que ayuda a la salud mental, y el equilibrio psicológico de la persona en concreto. En determinados casos, siempre que la persona lo desee, se puede ir más allá y entrar en su vida interior, rogar juntos, resolver algunas incógnitas o confusiones que tiene respecto a la religión, a Dios, en la iglesia…

En este acompañamiento, se va hablando con uno, después con otro, y así sucesivamente vas convirtiéndote en confidente de sus aventuras y desventuras, sus miserias y penalidades, alegrías y esperanzas.

Acompañar espiritualmente a alguien (o simplemente acompañar) supone, también, acompañarse a un mismo, en cuanto que a través del contacto en profundidad con otra persona surgen vivencias, emociones profundas que estaban aquí y que emergen con fuerza en el trato personal. Por eso, cualquier acompañamiento supone estar atento y profundizar en un mismo, y en el otro.

Miguel Ángel Jiménez

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