Acerca de la eutanasia

  A lo largo de los últimos meses hemos visto cómo miles de personas, sobre todo mayores, morían solas en las habitaciones de los hospitales y residencias. Por eso, en estas circunstancias sorprende que se apruebe la ley de la eutanasia que recurre a provocar la muerte para solucionar los problemas, para aliviar a los […]

Òscar Martí

 

A lo largo de los últimos meses hemos visto cómo miles de personas, sobre todo mayores, morían solas en las habitaciones de los hospitales y residencias. Por eso, en estas circunstancias sorprende que se apruebe la ley de la eutanasia que recurre a provocar la muerte para solucionar los problemas, para aliviar a los que sufren. Una ley que no contempla atenderlos ni acompañarlos de la mejor manera posible, sino que los empuja a tirar la toalla y a terminar su existencia. Una ley que no dota al sistema sanitario de los recursos necesarios (tiempo, espacios…) para acompañar a bien morir, ni garantiza la formación en paliativos en los grados de ciencias de la salud (medicina, enfermería, etcétera).

Ante el sufrimiento que derriba a las personas, desde la Conferencia Episcopal Española apostamos por una cura integral de las personas que trabaje todas sus dimensiones: corporal, espiritual, relacional y psicológica. No dejaremos nunca de repetir que no hay enfermos «incuidables» aunque sean incurables. Creemos que el remedio contra la tristeza, el dolor, la soledad y el vacío existencial de las personas ancianas o enfermas no puede ser la eutanasia.

Asegurar unos dignos cuidados paliativos que, evitando ensañamientos terapéuticos, garanticen un control adecuado del dolor a todos los que los necesiten, así como asegurar el acceso de todas las personas dependientes a las ayudas económicas y a las prestaciones que les corresponden, debería primar a las medidas tendentes a paliar el sufrimiento con la muerte programada.

Y, por encima de todo, hay que asegurar que las personas que sufren encuentren en sus familiares y conciudadanos el consuelo, la cercanía y la atención humana y espiritual que alivian el dolor y ofrecen la esperanza que nace de la fe en la vida eterna y que da sentido a toda la vida humana.

*Artículo publicado en el diario La Vanguardia el 19 de marzo de 2021. 

Card. Juan José Omella

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