Carta dominical | Sigamos alimentándonos de Dios y de su misericordia

Os voy a explicar un cuento. Dice así: «Una noche, un anciano indio le contó a su nieto la historia de una batalla que tiene lugar en el interior de cada persona. Le dijo: “Dentro del corazón de cada uno de nosotros hay una dura lucha entre dos lobos. Uno de los dos es la avaricia, la corrupción, el egoísmo, la ira. El otro es todo bondad, amor, compasión y misericordia”. El nieto se quedó unos minutos pensando sobre lo que le había explicado su abuelo, hasta que finalmente le preguntó: “Dime, abuelo, ¿cuál de los dos lobos ganará?” El anciano indio, que ya había vivido mucho y era muy sabio, sonrió fanfarronamente y le dijo a su nieto: “Ganará aquel al que tú alimentes más”.»

¡Qué bonita historia! Cada uno de nosotros es libre de decidir, como dice el cuento, qué lobo quiere que gane la batalla. La elección de los cristianos es clara: apostamos por la bondad, el amor, la compasión y la misericordia. Dios nos regala el alimento para que ello sea posible. Pongamos a Jesucristo en el centro de nuestra vida y entonces se llenará de sentido; la angustia y la ansiedad quedarán a un lado, el lobo maligno será derrotado. Cristo llama incansable a la puerta de nuestro corazón a través de su Palabra, siempre presente en lo más cotidiano: “Si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo”. (Ap 3,20)

Durante todo este Año Jubilar, gracias a esta publicación y a la dedicación de los misioneros de la misericordia  Ì¶ guiados por las palabras del papa Francisco ̶ hemos aprendido a alimentar nuestro corazón de la misericordia divina. Este es el gran regalo que el Señor nos ha concedido: nuestro corazón se ha ensanchado, se ha esponjado, ha recibido mucho. Pero ahora también le toca repartir. Es un don recibir, pero también dar. ¡No lo olvidemos! Seamos misericordiosos con nuestros hermanos, con nuestros padres, con los vecinos, con aquellos con los que discrepamos… y, por supuesto, con los más desfavorecidos y débiles. Ellos deberían seguir estando muy presentes en nuestra oración, en nuestros actos y en la vida de la Iglesia.

Aunque este 20 de noviembre se acabe el Año Santo de la Misericordia, no desestimemos su valor, no lo encerremos en el baúl del olvido. Sigamos los consejos del anciano indio del cuento y alimentémonos de Dios, de su bondad, de su amor, de su compasión, que recibimos principalmente a través de los sacramentos, de la oración y de la relación con nuestros hermanos y con toda la creación. Permitamos a Jesús que entre en nuestra vida e inunde nuestro corazón de su infinita misericordia.

+ Juan José Omella Omella
Arzobispo de Barcelona

Escucha la carta dominical en la voz del arzobispo metropolitano de Barcelona.