
«El proyecto de Dios: cosa de todos»
La Pentecés es una de las grandes celebraciones del año litúrgico. Cincuenta días después de Pascua, celebramos la venida del Espíritu Santo. Los apóstoles lo recibieron cuando estaban reunidos. Aquel momento no…
La Iglesia, a través de los siglos, se ha edificado y se ha mantenido gracias a la Eucaristía. Ella es “fuente, a la vez que culminación, de toda la vida cristiana” (Lumen Gentium 11). “Mediante ella vive, se edifica y crece sin cesar la Iglesia de Dios” (LG 26), tal como indica el Concilio Vaticano […]
La Iglesia, a través de los siglos, se ha edificado y se ha mantenido gracias a la Eucaristía. Ella es “fuente, a la vez que culminación, de toda la vida cristiana” (Lumen Gentium 11). “Mediante ella vive, se edifica y crece sin cesar la Iglesia de Dios” (LG 26), tal como indica el Concilio Vaticano II. Ese misterio asombroso e impresionante es cantado, proclamado y adorado por todas las comunidades cristianas: “Cantemos al Amor de los Amores, cantemos al Señor. Dios está aquí”. De este gran misterio quiero hablaros durante las próximas semanas.
La Eucaristía es fuente y meta. Y sabemos que la meta de la vida cristiana es llegar a alcanzar una vida de amistad, de intimidad con Él. Decía san Ireneo de Lyon: “Dios se hizo hombre entre los hombres para enlazar el hombre con Dios” (Contra las herejías, Libro 4, 20,4-5). La meta es alcanzar la filiación, llegar a ser hijos en el Hijo. Y eso lo vamos logrando a través de unos peldaños o moradas: “En la casa de mi Padre hay muchas moradas” (Jn 14,1-3), decía el Señor. De esas moradas quiero hablaros.
La primera es la de la inhabitación: Dios en nosotros y nosotros en Él. Acercarse a la mesa del Señor, a comulgar de su Cuerpo y de su Sangre, es responder a la llamada del Señor y decirle que entre dentro de nosotros. Él está llamando diariamente a la puerta de nuestro corazón a través de su Palabra, de los acontecimientos de la vida y de sus indicaciones en el silencio de nuestro corazón: “Si alguno oye mi voz, y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo” (Ap 3,20).
En algunas iglesias se ha colocado un cartel que recuerda permanentemente esta llamada: “El Señor está ahí y te llama” (Jn 11,28). La Eucaristía, la Cena del Señor, es el camino que introduce en el silencio de Dios, en su presencia amorosa, en el círculo de sus íntimos.
Dice san Cirilo de Alejandría: “El Hijo de Dios, en cuanto hombre, está corporalmente unido a nosotros por medio de la Eucaristía; y espiritualmente unido a nosotros, en cuanto Dios, por medio de la fuerza y de la gracia de su Espíritu recreando en nosotros una vida nueva, haciéndonos participar de su naturaleza divina” (In Joannem XI, 12, 1001). De esta manera llegamos a ser familia de Dios, confidentes de Dios, igual que los santos: “Conciudadanos de los santos, familiares de Dios […] hasta formar un templo santo en el Señor […] morada de Dios en el Espíritu” (Ef 2,19-22). ¡Qué grande es el misterio de nuestra fe! ¡Qué grande e impresionante es el don inestimable de la Eucaristía! Nos hace habitar con Dios: “Si alguno me ama, mi Padre le amará, vendremos a él y haremos morada en él” (Jn 14,23).
Ojalá que la Eucaristía sea siempre el centro de nuestra vida, que todo gire en torno a ella, que participemos de ella y nos alimentemos de ella, que nos haga crecer y madurar en nuestra fe cristiana, en el gozo incomparable del Espíritu.
Que Dios os bendiga a todos.
+ Juan José Omella Omella
Arzobispo de Barcelona