Carta dominical | Bendito el que viene en el nombre del Señor

Iniciamos hoy la semana que desde tiempo inmemorial el pueblo cristiano llama santa. Y la llama así por muchas razones, pero básicamente porque toda ella está abocada al domingo de Resurrección, al domingo de Pascua, que encierra el fundamento de nuestra fe. De manera muy gráfica, san Pablo lo razonó bajo la inspiración del Espíritu […]

16 Mar, 2016
Església de Barcelona

Iniciamos hoy la semana que desde tiempo inmemorial el pueblo cristiano llama santa. Y la llama así por muchas razones, pero básicamente porque toda ella está abocada al domingo de Resurrección, al domingo de Pascua, que encierra el fundamento de nuestra fe. De manera muy gráfica, san Pablo lo razonó bajo la inspiración del Espíritu Santo: “Cristo ha resucitado, y se ha aparecido a Simón y a los demás. Finalmente, se me ha aparecido a mí. Si Cristo no hubiera resucitado, nuestra fe carecería de sentido, estaría vacía, y seguiríamos con nuestros pecados.”

La fiesta central de todo el calendario cristiano es la Resurrección de Jesucristo. Y todos los acontecimientos que rememoramos, que volvemos a hacer presentes y que celebramos en los días de la Semana Santa, están abocados al gran misterio pascual. Hoy es el domingo de Ramos, y la Iglesia recuerda, revive y celebra la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén. Pocos días más tarde, será en esa ciudad donde será clavado en una cruz. Siempre me han llamado la atención las palabras de san Juan en el prólogo de su Evangelio y que leemos en Navidad: “Vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron”. Hoy viene a los suyos de nuevo, y tampoco lo van a recibir, tampoco lo van a aceptar, tampoco lo van a seguir, pese al fervor entusiasta que ha contagiado al cortejo. Hoy sabemos muy bien que aquella entrada triunfal fue para la mayoría algo efímero. De hecho, los que chillan a voz en cuello “¡hosanna!”, serán prácticamente los mismos que el Viernes Santo habrán transformado ese grito en un enfurecido “¡crucifícale!” “¡Qué diferentes voces eran – comenta San Bernardo en un sermón pronunciado en un domingo de Ramos – y qué diferentes los ramos y la cruz, las flores y las espinas!”.

 ¿Qué ha podido suceder para semejante cambio? ¿Por qué tanta falta de coherencia? ¿Ha sido el miedo, la comodidad, el qué dirán, los respetos humanos? Os invito, queridos lectores, a que estas preguntas nos las hagamos a nosotros mismos mirando nuestro propio corazón. Hoy, como hace dos mil años, somos capaces de las mismas grandezas y las mismas miserias de aquellos que se volcaron en el recibimiento a Jesús. Le siguieron en masa, muchos, pero en realidad fueron muy pocos los que llegaron hasta el final. Hoy somos más de mil cien millones de hombres y mujeres, de todo el mundo, los seguidores de Jesús. ¿Seguidores? Aquella entrada triunfal pide hoy, igual que entonces, coherencia, perseverancia, fidelidad, continuidad. Nuestro seguimiento de Jesús no puede ser un sentimiento fugaz que se apaga a la más mínima contrariedad. La piedra de toque del seguimiento de Jesús, no lo olvidemos, es el amor, y el amor pasa por la cruz. Sin cruz no hay redención, no hay salvación.

Recibamos en nuestro corazón a ese Jesús que viene lleno de humildad montado en un borriquillo. Digámosle que estamos dispuestos a acompañarlo hasta el final, sacando adelante todas nuestras obligaciones para con Dios, para con la familia y para con toda la sociedad. Vivamos una Semana Santa – y siempre – con tal categoría que los demás, amigos, compañeros de trabajo y familiares, al vernos, no tengan más remedio que afirmar con alegría: “Este es un cristiano, un verdadero seguidor de Jesucristo”.

Que Dios os bendiga a todos.


+ Juan José Omella Omella
Arzobispo de Barcelona

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