Carta dominical | «El niño que cambió el mundo»

¡Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad! (cf. Lc 2,14). Este es el gozoso mensaje que los ángeles proclamaron para anunciar al mundo el nacimiento de Jesús. Mañana celebraremos la solemnidad de la Natividad del Señor. Volveremos a vivir agradecida y gozosamente que Jesús ha venido al mundo para compartir con nosotros alegrías, inquietudes y esperanzas. Como los pastores, vayamos en busca de Jesús y démosle gracias porque se ha hecho hombre para salvarnos.

Hoy quisiera compartir con vosotros una bella historia que nos puede ayudar a vivir más intensamente el tiempo de Navidad. Sucedió en el siglo XIX, en un campamento minero de Estados Unidos. Cuentan que en aquel remoto lugar una mujer tuvo un precioso hijo. Desgraciadamente, la mujer falleció poco después de dar a luz.

Unos mineros encontraron al niño dormido y envuelto en unos trapos. Dormía en el interior de una vieja cabaña y tenía por cuna una caja medio rota. Cautivados y enternecidos por aquel pequeño ser, decidieron acoger al bebé y cuidarlo. Entonces, uno de los mineros fue al pueblo más cercano, que estaba a más de ochenta kilómetros, y compró una cuna de madera y ropa para el bebé.

Los mineros eran hombres rudos, acostumbrados a un trabajo duro y, sin embargo, en esa situación supieron organizarse y mostrar otras habilidades. Así, crearon un hogar para aquel recién nacido. Limpiaron la cabaña y encalaron las paredes. Cuentan también que establecieron algunas reglas para cuidar al bebé. Si alguno quería visitarlo tenía que asearse y cambiarse de ropa. También se prohibió gritar y decir malas palabras para no despertarlo. Así fue como poco a poco un pequeño niño fue cambiando la vida de aquel campamento minero.

Tal como vemos en esta historia, cuando acogemos a los más débiles nuestra vida se transforma. Cristo nos pide que pongamos en el centro de nuestras vidas a aquellos hermanos nuestros que son más vulnerables. Y es que, en el Reino de Dios, el más pequeño es el más importante.

Jesús nos dice en el Evangelio que cuando acogemos y atendemos a los más necesitados, acogemos y atendemos también a Dios. En aquella época, los niños no eran importantes en la sociedad, no tenían ningún derecho. Es por ello, que Jesús los pone como ejemplo cuando dice: «El que acoge a este niño en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, acoge al que me ha enviado» (Lc 9,48). Esta octava de Navidad te invito a entrar en la presencia del Señor y preguntarle: ¿Jesús, a quién quieres que acoja en tu nombre? ¿En quién te vas a encarnar?

Cada Navidad celebramos que el Hijo de Dios se hizo hombre. Se encarnó en un niño pobre y vulnerable. Y lo hizo porque nos amaba y quería estar a nuestro lado. Así lo expresa santa Teresa del Niño Jesús en una de sus cartas: «Yo no puedo tener miedo a un Dios que se ha hecho pequeño por mí […] ¡Yo lo amo! Pues Él es solo amor y misericordia.» (carta 266). La Navidad nos recuerda que Dios es ternura y amor.

Queridos hermanos y hermanas, demos gracias a Dios por tanto amor. Pidámosle que nos ayude a ser personas de paz que sirvan a sus hermanos con creatividad y alegría. De todo corazón os deseo una feliz y santa Navidad.

† Card. Juan José Omella Omella
Arzobispo de Barcelona

Escucha la carta dominical en la voz del cardenal arzobispo de Barcelona.