
Hacernos dignos de paz
Es possible la pau avui? Com podem ser constructors de pau? Què puc fer jo per la pau? Com puc aturar la guerra? Són preguntes que es fa un company que viu…
Lee el artículo de opinión del doctor Carlos García de Andoín que hable sobre la paz
No se ha destacado suficientemente el capítulo que Magnifica Humanitas dedica a la guerra, a su normalización, y a la crisis del multilateralismo en las relaciones internacionales. Es relevante porque la paz es sin duda el subrayado principal no sólo del saludo inicial del papa desde el balcón vaticano, sino de todo el primer año de pontificado de León XIV: la propuesta firme de “una paz desarmada y desarmante”, una paz que se alcanza sin recurrir a la fuerza bélica, una paz que tiene capacidad para desactivar el odio y la escalada de los conflictos.
La encíclica constata el giro militarista de la geopolítica. Si tras la II Guerra mundial, en los últimos sesenta años, ha prevalecido la convicción de que la guerra debía considerarse una “extrema ratio”, sujeta a estrictos límites morales y jurídicos, el paradigma ha cambiado, estamos ante una preocupante dinámica de “rehabilitación de la guerra como instrumento de política internacional” sin sujeción a regla alguna (n. 190) por parte de los neo-imperialismos y nacionalismos identitarios de Rusia, USA e Israel.
Cuando todavía está reciente la pretensión del vicepresidente Vance de dar una lección teológica a León XIV sobre la doctrina de la guerra justa queriendo justificar la ofensiva militar de EEUU e Israel contra Irán, la encíclica reitera que “hoy más que nunca es importante reiterar la superación de la teoría de la “guerra justa” (n. 192). Ante los conflictos, en lugar de recurrir a la fuerza, a la violencia y a las armas, mejor emplear el diálogo, la diplomacia y el perdón.
La denuncia de León XIV al nuevo belicismo se concentra en cuatro direcciones. La primera sobre la construcción de narrativas simplificadoras con lógicas antagónicas amigo-enemigo, desinformación y recurso al miedo, que conducen a presentar “la violencia como necesaria, inevitable o incluso “limpia” (n. 192). En segundo término, el negocio de la guerra, la dinámica de la industria militar que desde poderosos intereses económicos prospera gracias a los conflictos cuya proliferación le resulta beneficiosa (n. 193). En tercer lugar, los riesgos morales del uso de la tecnología digital y la Inteligencia Artificial en la guerra, que tienden a hacer opacas las responsabilidades en la toma de decisiones y a reducir las víctimas a un dato más que alimenta al algoritmo, evitando al atacante, de hecho, la mirada del otro y relajando así el umbral moral de las decisiones (n. 199). Cuarto, la alianza peligrosa entre extremismos religiosos y fanatismos identitarios que se alían con un economicismo tecnocrático, mientras la política democrática se degrada con “estrategias de desinformación, ridiculización del adversario y construcción sistemática de miedos y resentimientos” (n. 206).
La encíclica no se limita a la denuncia. Propone cinco líneas de actuación: desarmar las palabras, construir la paz en la justicia, relanzar el diálogo y el multilateralismo, cultivar un sano realismo y asumir la mirada de las víctimas. El realismo malo es el que se resigna a aceptar la fatalidad de la guerra. Frente a él está el pacifismo idealista que no acaba de aceptar la realidad del conflicto de poder en la convivencia social. Entre uno y otro León XIV propone el sano realismo que trabaja por “instituciones creíbles, garantías verificables, negociaciones pacientes, prevención de conflictos y protección de los civiles” (n. 218). Por último, en un contexto de grave pérdida de la memoria de los horrores de la guerra y del Holocausto (n. 191) es ciertamente prioritario volver a la mirada de las víctimas, recuperar su memoria. Si algo debe caracterizar la mirada cristiana a la guerra no son las pretensiones de justificación de la misma, sino la prioridad de las víctimas. Son las que nos dan a ver con claridad «el abismo de maldad que encierra la guerra y, en general, toda forma de violencia” (n. 217).