¿Cómo hablar de esperanza en medio de la guerra y los genocidios? Cuando el mundo se golpea, lo primero que hay que hacer es silencio. En este momento en el que nos encontramos, ante tantas injusticias, guerras, genocidios… el silencio no es una huida de la realidad, sino un asentamiento de esa verdad que se sitúa ante nuestros ojos y hace acelerar los corazones.
Un silencio para situarnos, para acoger las vidas que han sido ofendidas y truncadas, para poner sus vidas, y las nuestras, ante Dios. Porque para un cristiano, la guerra y los genocidios son un grito que clama al cielo, un grito de hermanos y hermanas que piden una respuesta y una acción. Es el grito de Cristo en la cruz. Es su mirada la que nos recuerda que nuestro lugar, el espacio en el que nos jugamos nuestra fe, no está en la calma tranquila, sino en la tempestad tumultuosa de la vida.
¿Qué decir, qué hacer ante estas situaciones? Lo primero de todo, fidelidad. No estamos aquí para ganar, para conseguir algo, sino para ser fieles a un mensaje y a una promesa. Fidelidad al evangelio, a una buena noticia que recoge la historia y la realidad de las personas. Y en medio de esta realidad, siempre rodeada de violencia, escuchar la bienaventuranza por la paz: “Bienaventurados los que trabajan por la paz”.
Fidelidad a una misión, la de trabajar por la paz. La de recordar que nuestro lugar en el mundo es este. Y para trabajar por la paz, para ser fieles, no podemos quedarnos mirando los conflictos desde fuera, como si no tuvieran nada que ver con nosotros. Debemos retomar nuestras raíces y analizar, desde estas y las enseñanzas de la Iglesia, especialmente las de la Doctrina Social, lo que está pasando, para discernir el lugar en el que es necesario situarse.
Y nuestro lugar es aquella atalaya desde la cual se puede mantener viva la esperanza. Una esperanza que tiene mucho que ver con estar donde hay que estar, con vivir desde donde se debe vivir, poniéndonos ante Dios. Y, nuevamente, esto no quiere decir mirar la realidad desde fuera.
Más bien al contrario, mantener y defender la esperanza exige un trabajo. Obliga a habitar la realidad, para cuidar de ella, cultivar lo mejor de la existencia, cultivar la vida y proponer nuevas maneras de construir el mundo, para que este también sea generador de buenas noticias.
Ese trabajo exige situarse desde los últimos, desde los más empobrecidos, que son quienes más sufren estas situaciones de injusticia y dolor. Solo desde esta realidad pueden germinar semillas de esperanza.
La esperanza tiene mucho que ver con ubicar a los más vulnerables en nuestro corazón y ofrecer sus vidas a Dios, para pedirle que nos ayude a encontrar caminos de paz. Caminos que debemos recorrer con valentía. Con la denuncia profética sin la cual no es posible hablar ni hacer visible un cielo nuevo y una tierra nueva. Con el reencuentro de la verdad, desenmascarando las estructuras de odio y de pecado que hacen posibles las guerras y los genocidios. Con las manos de la fraternidad, acogiendo a quien necesita ayuda como lo que son, hermanas y hermanos que nos piden ayuda. ¿Quién dejará a quienes son de su sangre ante Dios y la tierra al amparo del mal?
La esperanza cristiana es el arma de nuestras parroquias, comunidades, centros de estudios, escuelas,… para movilizarnos por la paz. Es nuestra misión, el compromiso adquirido con la realidad, lo que el mundo necesita de nosotros, lo que nos pide, y a lo que somos invitados desde los ojos de quien fue clavado en una cruz y de quien afirmamos que es Hijo de Dios. Porque solo así tendremos la capacidad de continuar leyendo la bienaventuranza: “serán llamados hijos de Dios.”
La esperanza de los cristianos está impregnada, en primer lugar, de una santa inquietud. No se conforma con lo que tenemos. Anhela lo que no tenemos. No se contenta con nuestra actual situación social. Desea una sociedad pacificada, solidaria, tolerante.
La esperanza de los cristianos está llamada a ser activa. No espera un futuro en paz como quien espera en invierno el autobús guarecido en la marquesina. Sale al camino de lo que desea. Lo busca. Se moviliza. Se pregunta qué puede hacer por la paz.
Juan María Uriarte, Palabras para la paz. Una pedagogía evangélica. San Sebastián: Idatz, 2009, 400.