La Basílica de Santa María del Mar se llenó por completo este 3 de diciembre en la Misa de Difuntos del Grupo Mémora. La celebración tiene lugar dos veces al año y congrega a cientos de familias y amigos de difuntos, que acuden con la intención de recordar y rezar en comunidad por sus seres queridos.
La celebración fue presidida por el obispo auxiliar de Barcelona, Mons. David Abadías, acompañado por el rector de la basílica, Mn. Salvador Pié, y por el director del Secretariado Diocesano de Liturgia, Mn. Josep Teixidó.
Entre los asistentes destacaban los miembros de la pastoral de Tanatorios y de la cúpula de Mémora, entre los que se encontraban el director general, Xavier Poch; el presidente de la Fundación Mémora, José Joaquín Pérez; el nuevo gerente, Xavi Munt; el jefe de Servicios Jurídicos, Roger Gilabert; y el director del Secretariado Diocesano de Tanatorios, Alfons Sagalés.
El dolor y la esperanza cristiana ante la pérdida
En su homilía, el obispo Abadías recordó que los cristianos se acercan al Señor “poniendo el corazón”, especialmente en la Eucaristía.
Reconoció que la vida trae momentos difíciles, «cuando el llanto se apodera de nosotros», y subrayó que Dios también está presente en ese sufrimiento. Por ello, evocando la cruz, señaló que es justamente este signo de muerte el que se convierte en el más identificativo de la fe, porque el dolor «es una verdad muy profunda de nuestros corazones» y el mayor de todos es perder a un ser querido.
En medio de ese sufrimiento, el obispo animó a escuchar la voz de Dios que dice: «Yo estoy aquí. Soy la verdad, el amor y la vida; todos los que creen en mí, aunque mueran, vivirán». Destacó que «la tristeza nace del mismo amor que nos une a los difuntos» y que, desde la fe, confiamos en que «cuando cierran los ojos en este mundo, los abren a la presencia de la luz de Dios».
El obispo evocó las imágenes bíblicas de la casa y el banquete para describir el destino final de los creyentes: «Una casa donde nos sentimos amados tal como somos» y un banquete, «lleno de luz y alegría». «Es hacia aquí que caminamos —dijo—, y desde nuestra fe creemos que nuestros seres queridos viven allí».
Concluyó invitando a vivir la vida como un tiempo de bendición y gracia, subrayando que la vida es un momento único y que hay que vivirla dando ejemplo de actitud cristiana: perdonando, siendo generosos y facilitando las cosas a los demás. Tal como dijo, «hagamos que el tiempo que tenemos cuente de verdad». Cerró la homilía con las palabras de Jesús: «Yo soy el camino, la verdad y la vida».
Un momento de luz y silencio
Uno de los momentos más emotivos se vivió durante las oraciones por los difuntos, cuando los fieles encendieron una luz en forma de vela mientras se apagaban las luces del templo. En medio de la oscuridad, las pequeñas llamas llenaron la basílica de un paisaje simbólico de recuerdo y esperanza.