Conducir responsablemente

(Domingo, 06/07/2014)

Las carreteras y las autopistas se llenan de coches durante los meses de verano, con motivo de las vacaciones. Esto puede comportar también un aumento de accidentes. Bueno será que pensemos un poco en el deber cívico y moral de conducir respetando las normas de tráfico, con prudencia y con mucha solidaridad. Esta es la finalidad de la Jornada de Responsabilidad en el Tráfico que promueve la Iglesia católica el primer domingo de julio, en la proximidad de la fiesta de San Cristóbal, patrón de los automovilistas, que se celebra el 10 de julio. El lema escogido este año es una frase del Evangelio de San Lucas en la narración de los discípulos de Emaús: «Jesús se acercó y se puso a caminar con ellos».

Se trata de tomar conciencia de nuestra responsabilidad cuando conducimos un coche o una moto, para obligarnos a hacerlo con la máxima prudencia y también con un sentido afinado de la justicia y del amor hacia los demás, sean miembros de la propia familia o de otras.

La mayoría de accidentes de circulación se deben a errores humanos: velocidad excesiva, adelantamientos prohibidos, falta de respeto a las señales de tráfico, exceso de alcohol, etc. No hay duda de que conducir mal, imprudentemente, en malas condiciones físicas, es una patente de homicida o de suicida.

Es evidente que cuando conducimos un vehículo no lo hacemos en medio del desierto, aislados completamente de los demás. Lo hacemos por las autopistas y carreteras, al lado y en medio de muchas otras personas y familias que también circulan. Esto hace que no sólo seamos responsables de nuestra vida, sino también de la vida de los demás, y tanto la nuestra como la del prójimo no son nuestras, sino de Dios. Por eso, conducir bien es sinónimo de solidaridad. Es un deber de justicia y de amor.

La vida y la salud física son bienes preciosos confiados por Dios. Los debemos atender razonablemente y teniendo en cuenta las necesidades de los demás y el bien común. El Catecismo de la Iglesia Católica, cuando habla del respeto a la vida corporal, afirma que «los que en estado de embriaguez, o por gusto inmoderado de la velocidad, ponen en peligro la seguridad de los demás y la propia en las carreteras, en el mar o en el aire, se hacen gravemente culpables».

Es bueno que invoquemos la protección de san Cristóbal, patrón y protector de los automovilistas, pero a la vez debemos ser conductores responsables y prudentes. Hacer camino con Jesús nos lleva a aceptar a otros como hermanos. Por eso, cuando nos ponemos al volante, debemos respetar y tratar a los demás como queremos que nos respeten y nos traten.

  Lluís Martínez Sistach

Cardenal arzobispo de Barcelona