Carta dominical | «La mirada de María»

Hoy celebramos la solemnidad de la Inmaculada Concepción, la fiesta de la Madre de Dios, nuestra Madre y Madre de la Iglesia. ¡Qué honor, qué alegría y qué suerte tenerla como madre! El amor de madre es profundo. Y es que por un hijo, una madre es capaz de todo. Los hijos, pequeños y no […]

05 Dic, 2019
Església de Barcelona

Hoy celebramos la solemnidad de la Inmaculada Concepción, la fiesta de la Madre de Dios, nuestra Madre y Madre de la Iglesia. ¡Qué honor, qué alegría y qué suerte tenerla como madre!

El amor de madre es profundo. Y es que por un hijo, una madre es capaz de todo. Los hijos, pequeños y no tan pequeños, buscan comprensión y consuelo en la madre. Una sola mirada suya reconforta. No hay historia de amor más grande que la que se da entre una madre y un hijo. Entonces, imaginemos cómo debió ser el amor que sintió la Virgen, que fue elegida para ser la madre del mismísimo Dios.Y precisamente por eso, la Iglesia ha reconocido que en María no hay pecado original, que su concepción ha sido inmaculada.

Y así su vida ha sido del todo apta para acoger el designio de Dios por medio del ángel Gabriel: «No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús» (Lc, 1,30s). Y María, llena de gracia, da su sí incondicional: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». (Lc 1,38). Un sí humano, el de María, que hace posible el misterio inefable de la Encarnación de Dios.

¡Que afortunados somos de tener de nuevo en este Adviento la mirada amorosa de María! El papa Francisco nos pide que sintamos la mirada de la Virgen, porque también es la mirada de Jesús (cf. Mensaje del Santo Padre en su visita pastoral a Cagliari, 22 de septiembre de 2013). Ella nos mira a todos y a cada uno de nosotros. Su corazón late con el nuestro. Nuestra alegría es la suya. Cuando sufrimos, ella sufre. Le hablamos y ella nos habla. Su mirada busca perderse en la profundidad de nuestros ojos para decirnos cuánto nos ama, nos escucha, nos acoge, nos abraza, nos protege, nos consuela, nos perdona, nos ayuda y nos acompaña en los momentos difíciles. Y lo hace con ternura, con delicadeza. Como lo haría cualquier madre. Pero ella, además, intercede por nosotros ante Dios.

A través de su mirada maternal, María nos lleva a Jesús, pero también nos lleva a la misericordia, nos lleva a la Eucaristía, nos lleva a los campos de refugiados, a los hospitales, a las casas de acogida, a los países en guerra. Y nos pide que miremos a los ojos a los pobres, a los ancianos o a los enfermos. Que les ayudemos y acojamos como hermanos nuestros que son.

Ella quiere que nos comprometamos con los más necesitados. Ella, que es símbolo de grandeza, quiere que  construyamos el Reino de Dios desde los pequeños detalles de amor. Ella, que es conciliadora, nos pide que luchemos por un mundo de justicia y de fraternidad. Y ella, que nació en la tierra para mostrarnos su humanidad, un día nos llevará al Cielo y nos dejará caer en los brazos de Dios Padre.

† Card. Juan José Omella
Arzobispo de Barcelona

Escucha la carta dominical en la voz del cardenal arzobispo de Barcelona.

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