Carta dominical | «La Iglesia doméstica»

La familia es una unidad de vida formada por una mujer y un hombre, unidos por el amor y la fidelidad y abierta a la vida. Estableciendo la correspondencia entre el orden natural y el sentido cristiano, en el Catecismo de la Iglesia Católica queda expresado que el matrimonio fue elevado por Cristo a la dignidad de sacramento entre bautizados (cf. CEC 1601). El amor y la ternura a la que son llamados a vivir los esposos cristianos encuentran su fuente en el Amor que viene de Dios. Cuando los esposos se aman de esta manera, hacen presente el amor con el que Cristo ama a su Iglesia.

«El amor vivido en las familias es una fuerza constante para la vida de la Iglesia.» (Amoris laetitia, 88). Desde San Pablo, la familia es conocida como «Iglesia doméstica» (cf. Rm 16, 3-5), comunidad de vida y de amor, de gracia y de oración. La familia es comunidad de oración y de evangelización ad intra, hacia adentro, al dar testimonio los esposos de su amor mutuo y educar a los hijos en la fe y es también fuente de evangelización ad extra, al testimoniar con sencillez y coherencia, ante la comunidad y la sociedad, su amor y compromiso creyente.

Muchos documentos de la Iglesia hablan de la familia en estos términos, referidos a la fe y a la vida cristiana; citamos de manera especial la Constitución dogmática sobre la Iglesia del Vaticano II, Lumen Gentium, donde leemos que los cónyuges cristianos, en virtud del sacramento del matrimonio, por el que son signo y participan del misterio de unidad y amor fecundo entre Cristo y la Iglesia, se ayudan mutuamente a santificarse en la vida conyugal y en la procreación y educación de los hijos, y por eso poseen su propio don, dentro del Pueblo de Dios (cf. LG 11). Adicionalmente, el Catecismo de la Iglesia Católica afirma que «las familias creyentes tienen una importancia primordial en cuanto faros de una fe viva e irradiadora» (CEC 1656). Por último, en la exhortación apostólica Amoris laetitia, el papa Francisco afirma: «La belleza del don recíproco y gratuito, la alegría por la vida que nace y el cuidado amoroso de todos sus miembros, desde los pequeños a los ancianos, son solo algunos de los frutos que hacen única e insustituible la respuesta a la vocación de la familia, tanto para la Iglesia como para la sociedad entera» (AL 88).

La vivencia del amor en la familia encuentra su fundamento y su fuente en el amor que brota de la Santísima Trinidad: el Padre, de donde procede todo amor, el Hijo, que manifiesta el amor a través de su vida, muerte y resurrección, y el Espíritu, que dinamiza este amor para conducir a la humanidad a la plenitud de vida.

La familia, unida a Dios, alimentada de su amor por la Eucaristía, la Palabra y la oración, está llamada a vivir esta comunión que nace de Dios y a encarnarla en medio del mundo que le toca vivir.

Durante el verano hay más tiempo para estar juntos, para hablar, para jugar, para disfrutar de la naturaleza, para rezar, para hacer actividades culturales, estimulantes y positivas; para estar con los amigos y con los familiares que quizás hace tiempo que no hemos visto.

Queridos hermanos y hermanas, aprovechemos este tiempo para disfrutar con la familia. Que el Señor nos ayude a hacer de nuestras familias auténticas escuelas de amor.

† Card. Juan José Omella
Arzobispo de Barcelona

Escucha la carta dominical en la voz del cardenal arzobispo de Barcelona.