Carta dominical | «El Espíritu, aliento de vida»

Hoy celebramos la solemnidad de Pentecostés. Pentecostés tiene su origen en una antigua fiesta agrícola en la que se ofrecían a los dioses los primeros frutos de la cosecha del año. Más adelante, los judíos celebrarían y celebran hoy el momento en que Dios entregó la Ley a Moisés en el monte Sinaí. Y los cristianos rememoramos el día en que los apóstoles recibieron el Espíritu Santo y se llenaron de una fuerza tan grande que les impulsó a ser testimonios del Evangelio en todo el mundo.

¿Los cristianos somos conscientes de la presencia y de la acción del Espíritu Santo en nuestras vidas? En el libro de los Hechos de los Apóstoles, leemos que el apóstol Pablo, al llegar a la ciudad de Éfeso, se encontró con unos discípulos de Juan el Bautista. San Pablo, al verlos, les preguntó si, al aceptar la fe, habían recibido al Espíritu Santo, pero ellos le respondieron que jamás habían oído hablar de Él (cf. Hch 19,1-7). Si hoy nos lo preguntaran a nosotros, quizás algunos, casi después de dos mil años, responderían lo mismo que aquellos discípulos.

La verdad es que el Espíritu Santo, aunque sea el gran olvidado, está siempre presente y activo. Es el protagonista de muchos pasajes de la Sagrada Escritura. Lo encontramos al principio de la Biblia colaborando con Dios en la creación del mundo. La tierra era caos y confusión mientras el Espíritu de Dios «aleteaba sobre las aguas» (Gen 1,2). Este mismo Espíritu es el que, en la sinagoga de Nazaret, inspira a Jesús y le anima a comenzar su misión. Es también el Espíritu el que guía, fortalece y hace crecer a la primera Iglesia y a la Iglesia que peregrina en nuestros días.

El Espíritu Santo es esencial para la vida de los cristianos. El acontecimiento que sucedió en Pentecostés no es solamente un hecho del pasado. El Espíritu sigue soplando y renovándonos. Nos da fuerza para que seamos luz y Buena Noticia para nuestros hermanos. Gracias al Espíritu Santo, el Evangelio se convierte en Palabra viva que transforma nuestra existencia. Gracias al Espíritu, Dios es alguien cercano que nos ofrece su amor y su amistad. Él espera de nosotros que le acojamos con fe y le ofrezcamos nuestra colaboración.

La Liturgia nos ofrece hoy un precioso himno que nos puede ayudar en esta fiesta, es la Secuencia de Pentecostés. En este himno se nos describe al Espíritu como «Padre amoroso de los pobres, descanso de nuestro esfuerzo y gozo que enjuga las lágrimas». Podemos rezarlo cuando nos sintamos desanimados y abrumados por las dificultades de la vida. Os animo a buscar en internet esta bella oración.

Queridos hermanos y hermanas, pidamos a Dios que envíe su Espíritu para que mantenga siempre encendida la llama de nuestra fe, mantenga viva la comunión y llene nuestro corazón con el fuego de su amor. Oremos para que el Espíritu ilumine nuestro mundo y lo haga más fraterno, más justo y más humano.

† Card. Juan José Omella Omella
Arzobispo de Barcelona

Escucha la carta dominical en la voz del cardenal arzobispo de Barcelona.