Carta dominical | Diálogo, agradecimiento y perdón

Con piedras y cemento se pueden construir muchas iglesias, muchas casas, pero ¿qué diferencia unas iglesias de otras? ¿Y unas casas de otras? Las diferencian dos cosas: el proyecto y la forma. El proyecto, es decir, la idea de lo que se quiere construir y la forma, el cómo se construye. Como las iglesias, las familias son diversas. Pero los cristianos siempre tenemos presente una imagen preciosa: la de la familia de Nazaret. Se puede juntar un hombre y una mujer pero ¿dónde está la diferencia entre una familia y otra? ¿O entre la nuestra y la de Nazaret? En el proyecto y en el cómo se realiza. ¿Y qué descubrimos en la familia de Nazaret?

Lo primero de todo, la comunión, la armonía: la familia de Nazaret es reflejo de la comunión de Dios que es Padre, Hijo y Espíritu. Y la familia de Nazaret vive la comunión, vive el diálogo: qué importante es esto en una familia. La comunión y el diálogo. ¿Y cómo conseguir que esa comunión y diálogo crezca entre vosotros? Hay que saber escuchar: la Virgen tiene el don especial de escuchar como buena madre y tenemos que aprender de ella. Escuchad lo que no dice el otro: es el diálogo de los sentimientos, el silencio del afecto, estar pendientes del otro para ver qué necesita o qué le pasa. ¡Eso es tan importante! Muchos dicen: ‘Yo rezo a Dios pero no le oigo’. Porque no lo estás escuchando en silencio. Esta es la primera característica que descubrimos en la familia de Nazaret: la comunión y el diálogo.

También descubren la alegría y el gozo que brota y se fortalece en la acción de gracias: por lo que uno hace y por lo que uno es. Muy pocas veces damos gracias al otro por lo que es y lo que hace. Exigentes, sí, mucho. Exigimos a los políticos, a los obispos… ¡pero qué poco ofrecemos! ¡Qué poco agradecemos!

La actitud de perdón, de escuchar los errores de los otros, es uno de los rasgos de la familia de Nazaret. ¡Cuesta tanto pedir perdón y perdonar! Y eso que estamos en el Año de la Misericordia que es un tiempo para abrir el corazón y reconocer nuestros fallos y recibir el perdón de Dios y el de los hermanos. Porque sólo quién recibe el perdón de Dios, sólo aquél que ha sabido reconocer sus errores y pedir perdón, es capaz de perdonar a los demás.

En este tiempo que parece que, aparentemente, la familia está en crisis, que tanto se habla de matrimonios de otra forma, permitidme que os diga: felicidades y enhorabuena a todas las familias que os amáis, que vivís la fidelidad, el cariño y la ternura, que transmitís la fe a vuestros hijos. Recordad las tres estrellas que brillan en la familia de Nazaret: la comunión y el diálogo, la acción de gracias y el perdón. Tres iconos que podemos llevar en el corazón.

+ Juan José Omella
Arzobispo de Barcelona