Carta dominical | «Confesar y vivir la fe»

Este domingo quisiera hacer una llamada a la valentía y a la fortaleza para confesar y vivir la fe, para dar razón de nuestra fe, en todo tiempo y lugar. Es cierto que vivimos tiempos en los que podemos tener la impresión de estar soportando un eclipse de espiritualidad, un silencio de Dios, que hace […]

11 May, 2017
Òscar Martí

Este domingo quisiera hacer una llamada a la valentía y a la fortaleza para confesar y vivir la fe, para dar razón de nuestra fe, en todo tiempo y lugar.

Es cierto que vivimos tiempos en los que podemos tener la impresión de estar soportando un eclipse de espiritualidad, un silencio de Dios, que hace difícil y duro el ser cristiano y manifestarse como tal. Nuestra sociedad occidental, orgullosa por sus adelantos técnicos y su desarrollo económico, parece vivir como si Dios no existiera o, como mínimo, con miedo a reconocer la fe.

Sin embargo, haríamos mal en amedrentarnos. En circunstancias parecidas, Jesús les dijo a sus discípulos: «No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí». (Jn 14,1)

Por ser cristianos no podemos aislarnos de los demás hombres y mujeres que viven en el mundo, sino compartir con ellos la construcción de nuestra sociedad, teniendo a la vista el modelo que nos ha anunciado Jesucristo, el Reino de Dios. Proponer ese Reino –vivir de acuerdo a los criterios de Dios– puede comportarnos serias dificultades, como las han sufrido los buenos cristianos de todos los tiempos. Con qué belleza y expresividad expuso esta idea Justino, un santo apologeta del siglo II, que en su Discurso a Diogneto afirma: «A los cristianos les aborrece el mundo, sin haber recibido ofensa de ellos, porque renuncian a los placeres. Tal es el puesto que Dios les señaló, y no les es lícito desertar de él».

Por su parte, el Concilio Vaticano II nos recordaba lo mismo en un párrafo memorable: «Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón» (Concilio Vaticano II. Constitución Gaudium et Spes, 1).

Vivir así es natural con el ser cristiano, hasta el punto de que Jesús, al orar por nosotros en la última Cena, llegó a pedir al Padre: «Yo no voy a estar en el mundo, pero ellos están en el mundo. Padre santo, guárdalos en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros». (Jn 17, 11)

Por lo tanto, no nos es lícito desertar de este mundo. Somos llamados a vivir en él «de otra manera»: entre la proximidad y el amor a cuantos comparten con nosotros la vida en el mundo, y el distanciamiento de muchos de los criterios y costumbres que predominan en el mundo. San Justino, al que me refería anteriormente, describe gráficamente cómo vivían los cristianos de hace mil ochocientos años la proximidad y el distanciamiento. Decía textualmente: «Los cristianos habitan sus propias patrias, pero como forasteros; toman parte en todo como ciudadanos, y todo lo soportan como extranjeros; toda tierra extraña es para ellos patria, y toda patria es tierra extraña. Se casan como todos; como todos engendran hijos, pero no abandonan a los que les nacen. Ponen mesa común, pero no lecho. Están en la carne, pero no viven según la carne. Pasan el tiempo en la tierra, pero tienen su ciudadanía en el cielo. Obedecen a las leyes establecidas, pero con su vida sobrepasan las leyes».

Queridos hermanos, ¡ojalá seamos y vivamos así!

 

+Juan José Omella Omella
Arzobispo de Barcelona

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