Reflexiones sobre el valor del lenguaje simbólico durante una primavera confinada

  Durante estas semanas difíciles hemos podido vivir de un modo extraño algunas fechas que son importantes desde el punto de vista cultural, religioso y espiritual. Pienso, por ejemplo, en la Anunciación, el día de Sant Jordi o la Semana Santa. El calendario avanzaba inexorable y los últimos fríos dejaban paso a una primavera que, […]

13 Jul, 2020
Òscar Martí

 

Durante estas semanas difíciles hemos podido vivir de un modo extraño algunas fechas que son importantes desde el punto de vista cultural, religioso y espiritual. Pienso, por ejemplo, en la Anunciación, el día de Sant Jordi o la Semana Santa. El calendario avanzaba inexorable y los últimos fríos dejaban paso a una primavera que, como siempre, nos traía la eclosión de algunas flores. En paralelo con la muerte y el silencio de calles y plazas, las flores se abrían a la vida y anunciaban frutos que habían de venir. Y eso significa algo que está lleno de sentido si somos capaces de leerlo simbólicamente, más aún cuando el mes de mayo está consagrado a Nuestra Señora.

Algunas mentes en exceso racionales encontrarán que este tipo de reflexiones son mera ociosidad humanista bienintencionada; algo necesario para no embotar nuestra cabeza durante el confinamiento a base de vida pixelada y virtual. Pero no, la virtud del pensamiento simbólico no reside en sus bonitos vuelos; todo lo contrario. Su grandeza no viene por un alejamiento de la realidad, sino por su capacidad de devolvernos a lo que somos naturalmente, esto es, criaturas con capacidad espiritual.

El símbolo habla directamente al corazón. No al corazón sentimental, sobra decirlo, sino al órgano espiritual ¿Estaba cerrado o dormido este órgano durante el confinamiento? ¿O más bien se encontraba floreciente y abierto? Visto así, el corazón se asemeja a un cáliz y el cáliz es también la copa de la flor. Abierta y receptiva, ésta permite la entrada de los influjos celestes que vendrán a llenar ese cáliz, ya sean en forma de rocío, lluvia o luz. De esa receptividad se generará la unión de lo alto con lo bajo, de lo celestial con lo terrenal. En efecto, las floraciones son mensajeros de la primavera y simbolizan la esperanza del fruto venidero.

Desde la visión cristiana, podemos afirmar que María es la joven y virginal flor de la que nacerá el fruto de la vida renovada: Cristo, entregado al mundo por la Nueva Eva y de cuya venida hablaron los antiguos profetas.

Alguien nos podría hacer notar con buen tino que la flor, al igual que el hombre, está sometida a la misma ley terrena de la consunción y el agotamiento. Siendo esto cierto, hay que decir que el simbolismo de la flor como imagen de la transitoriedad o de la caducidad, como por ejemplo aparece en la epístola de Santiago (1,10) no es aplicable a la Virgen. Ella es el tálamo de la tierra que, abierto al Dios del Cielo, ha hecho posible el nacimiento del Dios Encarnado. Tal es el fruto de su pureza absoluta, no tocada ni manchada por la transgresión original. Así pues, esa flor, la flor marial, no puede estar sujeta al cambio y a la muerte como las demás flores. Si fuera de otro modo, el himno Akátistos no la saludaría llamándola “flor de la inmortalidad”.

Sobre estas cuestiones reflexionaba estos días mientras las flores despertaban y no pude más que escribir sobre María como modelo ejemplar de todo cuanto un corazón humano puede llegar a ser. Corazón, flor, copa y María. Parecen cosas muy distintas, pero son ontológicamente semejantes, pues participan de la misma realidad. El pensamiento simbólico es por esto llamado también analógico, porque establece conexiones entre aquello que parece disperso pero que está secretamente unido y en relación. No puede ser de otra manera, pues todo viene del mismo lugar y debe volver al mismo lugar. Atravesaremos un desierto o permaneceremos encerrados en un arca, pero al final el mundo será renovado. Las flores abiertas durante la primavera confinada han sido una fiel promesa de esta verdad.

Dr. Jorge Rodríguez Ariza

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