La urgencia climática: religiones, esperanza y acción

  La preocupación del cambio climático está a pie de calle. La crisis climática es uno de los hechos que ha marcado este 2019 y parece que, lamentablemente, marcará los siguientes años. De hecho, ya no hablamos de cambio climático, ni de crisis climática sino de emergencia climática para resaltar la importancia del tema como […]

06 Mar, 2020
Òscar Martí

 

La preocupación del cambio climático está a pie de calle. La crisis climática es uno de los hechos que ha marcado este 2019 y parece que, lamentablemente, marcará los siguientes años. De hecho, ya no hablamos de cambio climático, ni de crisis climática sino de emergencia climática para resaltar la importancia del tema como una prioridad generalizada de nuestro mundo y de nuestras ciudades. Se palpa la necesidad de tomar medidas para combatir este desastre que se pronostica i que afectará, especialmente, el futuro de nuestros hijos y nietos. De lo que resolvamos hoy dependerá nuestro futuro. Por esto, estamos viviendo un momento decisivo y ya no tenemos tiempo para procrastinar nuestra respuesta delante de esta situación insostenible.

La última cumbre del cambio climático, organizada por las Naciones Unidas, la COP 25, celebrada en Madrid el último diciembre, ha venido apoyada por un seguido de alarmas mundiales que, para los que asistimos, vimos con frustración y desencanto la impasibilidad e inefectividad de muchos gobiernos y primeras potencias.

Es decir, de los que realmente tienen el poder para cambiar esta tendencia autodestructiva para tomar decisiones comprometidas. Más concretamente, las cuatro superpotencias más decisivas en esta materia: gobiernos de Brasil y de Estados Unidos no estuvieron presentes en esta cumbre de la COP 25, y la China y la India, aun estando presentes – a diferencia de otros encuentros- tuvieron un papel discreto y observador.

Esta tendencia inactiva de muchos gobiernos contrasta con el aumento de la consciencia ciudadana y en el activismo de la Sociedad civil, como las ONG, para encontrar soluciones urgentes. El miércoles 11 de diciembre, como denuncia de la pasividad de los gobiernos, en el sí de la COP25, pudimos presenciar como diferentes ONG se revelaron en una manifestación para pedir un cambio de actitud por parte de los gobiernos. Las ONG y las comunidades religiosas, impulsores de muchas organizaciones no gubernamentales, son los actores comprometidos que presionan y empujan a los gobiernos a movilizarse. Pedir cuentas de los compromisos a los gobiernos es fundamental ya que, en muchos casos, lo firmado queda en papel mojado.

¿Por qué no actuamos los gobiernos? Porqué existen intereses económicos. El cambio climático comporta un replanteamiento en el crecimiento económico. Crecer es consumir más. Esto significa más consumo de los recursos limitados del planeta y más huellas ecológicas. Ningún país quiere frenar, ni quiere decrecer económicamente. Por eso, muchos señalan el neoliberalismo y los valores de la Sociedad como las causas directas de esta situación. Entonces, muchos países ponen la esperanza en que la ciencia podrá resolver el tema. Pero esta solución, a día de hoy, no llega, tampoco se prevé como factible ya que no es solo un problema técnico- científico sino que también de cosmovisión y de valores personales y comunitarios.

Los grupos de fe se preocupan por esta temática de la cultura climática. Cuidar de nuestro planeta no es nuevo para las religiones. Como obra del Creador y actitud espiritual, todas las religiones tienen la sabiduría en sus textos religiosos, y en su teología, a sentirse llamados a cuidar de nuestro planeta y mitigar el cambio climático. Hemos de saber hacer un buen uso de este planeta como parte de la creación, y, por tanto, como benefactores que somos: no somos propietarios.

Mitigar los efectos del cambio climático es trabajar para atenuar y no sobrepasar los 1,5 grados de la temperatura del planeta (parece que si no revertimos la situación, llegaremos a los 2 grados). Como una persona enferma, sobrepasar esta temperatura es síntoma de falta de salud y las consecuencias pueden ser nefastas como son la radicalización con más sequías, inundaciones, tornados, epidemias, riadas o desapariciones de fauna animal, entre otros, y donde los más vulnerables, persones y animales, son y serán los más afectados. Estamos hablando de la defensa de los derechos de los más débiles, de los más pobres e indefensos.

Esta consciencia de la urgencia climática, como una responsabilidad de todos, es necesario que preocupe a las diferentes condiciones religiosas, y la han puesto de manifiesto diferentes líderes religiosos, como el Papa Francisco con su Encíclica Laudato Si’, entidades como el Consejo Mundial de las Iglesias, o el documento firmado por los líderes religiosos en la COP 21 celebrada en París. En esta línea, el día 12 de diciembre de 2019, líderes religiosos de todas las religiones, movilizados y unidos detrás de una pancarta donde se leía “Muchas religiones, una sola Tierra” se manifestaron delante de la organización de las Naciones Unidas como una voz compartida para exigir a los gobiernos respuestas concretas a esta preocupación actual. La urgencia climática, por tanto, resulta un espacio de dialogo interreligiosos y de unión entre las diferentes creencias.

Por esto, el cambio climático ha de ser una apuesta en los objetivos de las comunidades religiosas. Las religiones, a diferencia de otros actores sociales, aportan esperanza y valores a la Sociedad. Pueden dar muchas intuiciones y sabiduría a esta problemática. No es de extrañar que un país budista como Bután, su desarrollo social no se base exclusivamente en el crecimiento económico del producto interior bruto (PIB) sino también en otros parámetros como el índice de la Felicidad Interior Bruta. Además, en la misma línea de encontrar soluciones es necesario mencionar actuaciones concretas personales y colectivas para desarrollar una cultura de respeto del planeta como es, por ejemplo, el programa de ecoparróquias promovidas por las entidades cristianas.

En la corresponsabilidad de la personas y de los colectivos religiosos y no religiosos, en esta urgencia climática, nuestras acciones coherentes del día a día (desde el reciclaje, a la sensibilización o al activismo) nos empoderan y nos fan legitimidad para continuar exigiendo responsabilidades y acciones a los gobiernos y a los más poderosos para llegar a la emisión cero ya que, como dicen nuestros jóvenes: “No existe un planeta B”.

Joan Hernández

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