La sinodalidad en el Antiguo Testamento

  Hay una palabra que resuena con especial intensidad en la Iglesia Católica: la sinodalidad. En todas las parroquias y grupos nos han explicado su inspiradora etimología y sentido: sínodo tiene su origen en las palabras griegas syn (juntos) y hodós (camino) que convergen en la sugerente imagen de unirse para caminar o de caminar […]

23 Feb, 2022
Òscar Martí

 

Hay una palabra que resuena con especial intensidad en la Iglesia Católica: la sinodalidad. En todas las parroquias y grupos nos han explicado su inspiradora etimología y sentido: sínodo tiene su origen en las palabras griegas syn (juntos) y hodós (camino) que convergen en la sugerente imagen de unirse para caminar o de caminar juntos.

Nos hemos preguntado si podríamos encontrar en el Antiguo Testamento las raíces de este sínodo y la primera respuesta ha sido no, que en toda la Biblia Griega apenas encontramos tres veces el término y ninguna de ellas sugiere el precioso contenido teológico que por el que queremos adentrarnos: designa simplemente una reunión (1Re 15,13 y Jr 9,1) o representa una forma de definir la recolección (Dt 33,14). Así que el término sínodo, usado en sentido técnico, es de matriz cristiana, enraizado en la práctica de designar a los cristianos como seguidores del camino (Hch 9,2; 19,9.23; 22,4; 24,14.22) y apreciado en la tradición de los primeros siglos, cuando la comunidad se autocomprende como un pueblo que camina unido. En el siglo IV, Juan Crisóstomo llegará a decir que «iglesia y sínodo son sinónimos».

Pero más allá de la identidad de términos, cuando leemos el Antiguo Testamento descubrimos el nacimiento y la configuración de un pueblo que a menudo aparece como figura de la iglesia cristiana.

Podemos decir que Israel nació para ser un pueblo sinodal, un pueblo que camina unido. Aparece ante nuestros ojos, literalmente, como un pueblo que camina cuarenta años por el desierto desde la tierra de esclavitud hasta la tierra prometida, fuente de inspiración de todo proceso humano de emancipación individual y colectivo, personal y comunitario. Israel se convierte en un pueblo que camina unido porque ha clamado desde su aflicción y Dios ha oído su clamor y ha bajado a liberarlo (Ex 3). El pueblo se ha puesto en marcha y ha dejado Egipto, tierra de opresión; ha experimentado el terror de sentirse acorralado por un ejército poderoso y el prodigio de ver abrirse el mar; ha sufrido la sed y el hambre, se ha maravillado por el agua dulce, el maná y las codornices. En medio del desierto, este pueblo caminante ha aceptado la alianza propuesta por Dios (Ex 19,8; 24,3.7) a pesar de todas las dificultades, dudas y miedos y se ha conjurado para conducirse a lo largo de su historia a la luz de la Ley.

La guía y mediación de Moisés no le ha ahorrado su propia responsabilidad: la autoorganización, la asunción de responsabilidades (jueces, guías, exploradores…) y, fundamentalmente, la adhesión de cada miembro y de cada familia al plan trazado por Dios, a la alianza sellada en el Sinaí. Hombres y mujeres, jóvenes y viejos, de todas las tribus avanzan por el camino de la libertad adquirida a la luz de la Ley dada por Dios para seguir garantizando la vida y la libertad. No es de extrañar que la palabra camino (hodós en griego y dérek en hebreo) sea a menudo la metáfora del comportamiento, ya sea para designar la actuación benéfica de Dios (Sal 145,17) como la conducta del ser humano (Sal 1,1.6), con toda su ambigüedad. En esa misma línea, la tradición judía denomina halakhah, término de la raíz del verbo caminar, a su desarrollo legal.

El camino de este pueblo es experiencia propia del Dios que vela por su vida digna y libre y es apertura de un futuro de oportunidades para las gentes que se acojan a su amparo, como fue oportunidad de huida para la aglomeración de gente que también aprovechó para huir de Egipto junto a Israel (Ex 12,38; Nm 11,4). El caminar conjunto de este pueblo sinodal puede ser hoy inspiración para avanzar en fidelidad, en apertura y en igualdad para aportar buena noticia a esta humanidad; es el pueblo del mesías Jesús, nuestro único camino.

Lic. María Luisa Melero Gracia

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