Después de exponer el sentido de la paz según la tradición patrística (véase el artículo anterior), es el momento de escuchar directamente a sus protagonistas. Desde san Cipriano hasta san Agustín o san León Magno, los Padres de la Iglesia muestran que construir la paz es participar de la misma obra de Cristo y llegar a ser verdaderamente hijos de Dios.
SAN CIPRIANO (c. 200-258)
«Un hijo de la paz debe buscar y seguir la paz; quien conoce y ama la caridad que une debe refrenar su lengua del mal de la división. El Señor, próximo a la muerte, añadió a sus preceptos divinos y a sus enseñanzas: Os dejo mi paz, os doy mi paz (Jn 14, 27). El Señor nos ha dejado esta herencia y nos ha prometido todos sus dones y recompensas con la condición de que conservemos la paz. Somos herederos de Cristo; permanezcamos en la paz de Cristo; si somos hijos de Dios debemos ser hombres de paz. Bienaventurados los pacíficos, porque serán llamados hijos de Dios (Mt 5, 9). Es necesario que los hijos de Dios sean pacíficos, mansos de corazón, sencillos en el hablar, concordes en el amor, fielmente unidos por el vínculo de la unanimidad.» (Sobre la unidad de la Iglesia católica, 24).
HILARIO DE POITIERS (315-367)
Bienaventurados los que construyen la paz porque serán llamados hijos de Dios.
La bienaventuranza de quienes construyen la paz consiste en el premio de la adopción que los transforma definitivamente en hijos de Dios. Si es verdad, en efecto, que Dios es el único Padre de todos, entonces, para entrar realmente a formar parte de su familia, hay que olvidar todo aquello que nos haya podido ofender y vivir en la paz fraterna, que es el fruto de la caridad recíproca. (Comentario a san Mateo IV, 1, 8).
BASILIO EL GRANDE (330-379)
«¿Qué sea el bien de la paz es necesario decirlo a los hijos de la paz? Desde el momento en que esta cosa grande, admirable y digna de ser buscada por todos los que aman al Señor corre siempre el riesgo de quedar reducida a un simple nombre, ya que la iniquidad se ha multiplicado debido al enfriamiento de la caridad en muchos, pienso que quienes sirven al Señor deben tener verdaderamente y con sinceridad como único objetivo de sus esfuerzos reconducir a la unidad a las iglesias divididas en tantas partes y de tantos modos.
Si me ciño a esta obra, sería injusto acusarme de entrometerme en cosas que no me corresponden. En efecto, no hay nada tan propio de los cristianos como trabajar por la paz; y es por ello por lo que el Señor nos ha prometido una inmensa recompensa.» (Carta 114).
GREGORIO DE NISA (c. 330-394)
Bienaventurados los constructores de la paz (Mt 5, 9). Constructor de paz es aquel que primero da la paz a otro; pero nadie puede darla si no la tiene en sí mismo. Así pues, el Señor quiere que primero seas poseedor de los bienes de la paz, para que puedas ofrecerla a quien la necesita. (Comentario a las Bienaventuranzas 7, 6).
«Bienaventurados los constructores de la paz porque serán llamados hijos de Dios» (Mt 5, 9). ¿Y quiénes son estos? Son aquellos que imitan la bondad divina, los que muestran con su vida el carácter propio del obrar divino. El Bienhechor y Señor de los bienes destruye completamente y reduce a la nada todo lo que es contrario y extraño al bien. Lo mismo te manda hacer a ti: desterrar el odio, acabar con la guerra, borrar la envidia, rechazar la contienda, eliminar la hipocresía, hacer cesar en nuestro interior el rencor que roe el corazón, e introducir, en cambio, todo aquello que puede habitar en él cuando se eliminan los sentimientos opuestos. Como cuando las tinieblas se retiran las reemplaza la luz, así también estos sentimientos han de ser reemplazados por los frutos del Espíritu: el amor, el gozo, la paz, la benevolencia, la bondad, todos los dones que el Apóstol ha enumerado (Gal 5, 22)… Pero quizá la bienaventuranza no considere solamente el bien del prójimo; creo que, en sentido propio, constructor de paz es quien conduce a una paz la guerra que es innata a la naturaleza humana, y esto sucede cuando la ley de la carne, que está en guerra con la ley que habita en lo más profundo del corazón, ya no impone su dominio, sino que, sometida a la parte mejor, se vuelve obediente a las órdenes de Dios. (Comentario 7, 10).
SAN AMBROSIO (340-397)
«Si antes no liberas en tu intimidad toda mancha de pecado, de manera que de lo más profundo de tu alma ya no nazcan disensiones, no puedes aportar ayuda a los demás. Por eso, comienza la paz por ti mismo, y cuando te hayas convertido en pacífico, llevarás la paz a los demás. ¿Cómo puedes purificar el corazón de los demás, si antes no has purificado el tuyo?» (Comentario a san Lucas 5, 58).
SAN JERÓNIMO (340-420)
«Bienaventurados los pacíficos» (Mt 5, 9), es decir, aquellos que, en primer lugar, construyen la paz en su corazón y entre los hermanos enfrentados. ¿De qué te sirve poner paz entre otros, si en tu corazón los vicios hacen la guerra? (Comentario al Evangelio de san Mateo I, 459-461).
CROMACIO DE AQUILEYA (c. 335-407)
«Bienaventurados los que construyen la paz, porque serán llamados hijos de Dios» (Mt 5, 9). Considera cuán grande es el mérito de quienes construyen la paz, puesto que ya no son llamados siervos, sino hijos de Dios. Y ello no sin razón, porque quien ama la paz ama a Cristo, maestro y autor de la paz (cf. Col 1, 20); el apóstol Pablo lo ha llamado «nuestra paz», allí donde dice: Él es nuestra paz (Ef 2, 14). Por ello, quien ama la paz persigue la discordia, ya que el diablo es el autor de la discordia. Fue él quien primero introdujo la discordia entre Dios y el hombre, instigando al hombre a transgredir el mandato de Dios. Pero para esto descendió del cielo el Hijo de Dios: para condenar al diablo, autor de la discordia, y poner paz entre Dios y el hombre, reconciliando de nuevo al hombre con la gracia de Dios.
Por ello debemos ser constructores de paz para merecer ser llamados hijos de Dios; porque sin la paz no solo perdemos el título de hijos, sino también el nombre de siervos, según las palabras del Apóstol: Buscad la paz, dice, sin la cual ninguno de nosotros puede agradar a Dios. (Sermón 39: Sobre las Bienaventuranzas).
Grande es la dignidad de quienes buscan la paz, pues son considerados dignos del nombre de hijos de Dios. Debe valorarse la paz restablecida entre hermanos que luchan por las riquezas de este mundo, por vanagloria o por rivalidad. Pero esto no tiene un gran valor, puesto que el Señor, queriendo proponerse como nuestro modelo, había dicho: ¿Quién me ha constituido juez o mediador entre vosotros? (Lc 12, 14). Antes ya había advertido: Al que te quite lo tuyo, no le reclames que te lo devuelva (Lc 6, 30). Y en otra ocasión: ¿Cómo podéis creer vosotros, que recibís gloria unos de otros? (Jn 5, 44).
Por tanto, debemos comprender que se trata de una obra de paz mejor y más alta: aquella por la cual, mediante una enseñanza constante, los paganos, enemigos de Dios, son atraídos a la paz; por la cual los pecadores son corregidos y, gracias a la penitencia, se reconcilian con Dios; por la cual los herejes rebeldes son reconducidos al recto camino y quienes no están en armonía con la Iglesia son llevados de nuevo a la paz y a la unidad.
Ciertamente, quienes de este modo construyen la paz no solo son bienaventurados, sino verdaderamente dignos de ser llamados hijos de Dios. Imitando al mismo Cristo, el Hijo de Dios, definido por el Apóstol como nuestra paz y reconciliación (Ef 2, 14-16; 2 Cor 5, 18-19), merecen compartir su nombre. (Sermón 41: Sobre las ocho Bienaventuranzas).
JUAN CRISÓSTOMO (c. 344-407)
«Bienaventurados los constructores de la paz» (Mt 5, 9). No lo son solamente quienes eliminan las disensiones y las hostilidades recíprocas, sino que exige algo más: que unamos también a otros que están enfrentados entre sí. Y, además, presenta una recompensa espiritual. ¿Cuál es? Porque serán llamados hijos de Dios. Esta ha sido, en efecto, la obra del Unigénito: reunir lo que estaba separado y reconciliar lo que estaba en guerra. (Homilía sobre san Mateo 15, 4).
«Dios no es Dios de la guerra, sino de la paz. Así pues, abandona la guerra y la lucha, ya sea contra Dios o contra el enemigo. Vive en paz con todos. Considera que Dios salva: Bienaventurados los constructores de la paz porque serán llamados hijos de Dios. Estos imitan al Hijo de Dios. Imítalo también tú; conserva la paz.» (Homilía 14, 2 Sobre la Carta a los Filipenses).
PSEUDO CRISÓSTOMO (siglo V)
«Son llamados constructores de paz no solamente quienes hacen la paz con los enemigos, sino también quienes olvidan los males que han sufrido; estos aman la paz. Son muchos los que trabajan con gusto por reconciliar a otros con sus enemigos, pero en su corazón no se reconcilian con sus propios enemigos. Estos, por tanto, ofenden a la paz, no la aman. La bienaventuranza está en el corazón, no en las palabras.» (Obra incompleta sobre san Mateo 9, 9).
SAN AGUSTÍN (354-430)
«Bienaventurados los que construyen la paz, porque serán llamados hijos de Dios. La perfección está en la paz, donde no existe oposición alguna; por ello, los pacíficos son hijos de Dios, porque nada en ellos se opone a Dios; pues, en verdad, los hijos deben tener la semejanza del Padre. Son constructores de paz en sí mismos quienes, ordenando y sometiendo toda la actividad del alma a la razón, es decir, a la mente y a la conciencia, y dominando todos los impulsos sensuales, llegan a ser Reino de Dios, en el cual todas las cosas están ordenadas de tal manera que lo más principal y excelente del hombre domina sobre cualquier otro impulso común a hombres y animales, y lo que sobresale en el hombre, es decir, la razón y la mente, se somete a la misma Verdad, el Hijo Unigénito de Dios. Porque nadie puede mandar sobre lo inferior si él mismo no se somete a lo que es superior a él. Esta es la paz que se da en la tierra a los hombres de buena voluntad; es la vida concedida al sabio en la cima de su perfección. De este mismo reino tranquilo y ordenado ha sido expulsado el príncipe de este mundo, que domina sobre los perversos y desordenados. Establecida y consolidada esta paz interior, cualquiera que sea la persecución que promueva quien ha sido expulsado, crece la gloria que viene de Dios, y no podrá derribar ninguna parte de aquel edificio; la ineficacia de sus máquinas de guerra manifiesta la gran solidez con que está construido desde dentro. Por eso continúa: Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos.» (De Sermone Domini in monte II, 9).
«La sabiduría corresponde a los pacíficos, en los cuales todos sus actos están ordenados y no hay impulso alguno contra la razón, sino que todo está sometido a la conciencia del hombre, puesto que también él está sometido a Dios; de estos se dice aquí: Bienaventurados los que obran la paz.» (De Sermone Domini in monte IV, 11).
LEÓN MAGNO (c. 390-461)
«Carísimos, esta bienaventuranza no reside en cualquier acuerdo o entendimiento, sino en aquella de la que el Apóstol dice: Estad en paz con Dios (Rm 5, 1), y de la que el profeta David habla así: Grande es la paz de los que aman tu ley; para ellos no hay tropiezo (Sal 118 [119], 165). Ni siquiera los vínculos de amistad más estrechos y las afinidades espirituales más íntimas pueden pretender tal paz si no están en armonía con Dios. Son indignas de la paz las alianzas fundadas sobre malos deseos, las asociaciones para delinquir y los pactos establecidos para satisfacer los vicios. El amor al mundo no concuerda con el amor a Dios, y quien no se separa de la descendencia carnal no puede asociarse con los hijos de Dios. En cambio, quien permanece espiritualmente unido a Dios, procurando conservar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz (Ef 4, 3), nunca transgrede la ley eterna, orando con fe: Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo (Mt 6, 10).
Estos son los constructores de paz, unánimes en el bien y concordes en la santidad, llamados con el nombre eterno de hijos de Dios y coherederos con Cristo (Rm 8, 17). El amor a Dios y al prójimo no encontrará obstáculos ni temerá escándalos, sino que, terminada la lucha contra toda tentación, le hará descansar en la serenísima paz de Dios.» (Sermón XCV, 9, De gradibus ascensionis ad beatitudinem).