
Llamados a ser peones de la paz
¿Qué estamos enseñando realmente cuando hablamos de paz: una idea o una manera de vivir? Esta pregunta resuena con fuerza en mí cuando observo el mundo que nos rodea. Hablamos de paz…
Lee el artículo de opinión sobre la paz del doctor Jaume Duran
El siglo XXI nos está sorprendiendo enormemente; esperanzados en un nuevo momento presidido por renovados valores emergentes, por una mayor proximidad, paz y humanidad propias de la mejora global que los avances de los últimos tiempos traían consigo, creíamos que todo lo que teníamos por delante sería mucho mejor. Sin embargo, estallidos globales de terrorismo ideológico, de fracturas morales de la economía positiva, de epidemiologías de pandemias no previstas, del creciente envejecimiento en soledad y de vacíos emocionales, han ido estructurando y calando sin darnos cuenta un mundo donde la productividad y la individualidad exigente, como recuerda el filósofo Byung Chul-Han, nos arrebatan la paz de vivir, alejándonos de nuestros marcos humanos de referencia. Incluso las últimas innovaciones, de la mano de la pretendida “inteligencia” ciertamente artificial, llevan al ser humano a su deshumanización inconsciente, como advierte el Santo Padre León XIV en su encíclica “Magnifica Humanitas”.
Es en este contexto, de sorpresa, que la esperanza y el amor, de la mano de la fe, se convierten en las herramientas fundamentales, las virtudes espirituales por excelencia, para afrontar, cristianamente, el futuro. Hoy más que nunca, el mensaje al que estamos llamados nos conduce a la pacificación. Pacificar el entorno, pacificar la muerte, pacificar los espacios, el qué y el cómo. Las revoluciones no violentas que han permitido sacudir conciencias frente al feroz colonialismo del siglo pasado, que todavía hoy interpelan a las civilizaciones en defensa de los derechos de los vulnerables, de las verdades primeras, deben triunfar incansablemente, de la mano de la persona “humana”.
En 2050, más de la mitad de la población mundial vivirá en las ciudades, en grandes comunidades, en núcleos que, buscando confort y trabajo, nos traerán de rebote más contaminación y ruido. Espacios donde, a pesar del grupo, el individuo estará más solo. Qué contrariedad, he aquí, cuando sabemos que aquello que precisamente nos hace humanos es el grupo, sin embargo; porque el ser humano no vive aislado, no podría. De hecho, el lenguaje se ha convertido en la clave fundamental de la evolución del homínido; y la comunicación en su marco relacional. Los sapiens nos hemos espabilado como especie hablando, en diálogo, identitáriamente. Y la lengua y la relación han construido el vínculo personal que todavía hoy nos hace sentir amados, y que tendremos que preservar a toda costa.
La relación a través de la palabra, el gesto, el tacto, la mirada, han permitido al ser humano lo más maravilloso del despliegue de su sistema nervioso, le han acompañado en el emerger de un cerebro de lujo que nos vislumbra y permite la experiencia trascendente. La interrelación, y las neuronas espejo, el otro que no soy yo, llevan a la persona humana a ser mejor. Ahora bien, las palabras con las que comunicamos también son fuente de malentendidos, de confrontación e incluso de marcada violencia. La comunicación verbal y no verbal ha sido capaz de dañar muchas vidas desde dentro. Ha hecho posible la animadversión, el distanciamiento y el rechazo, despertando las peores emociones negativas, desgarrando la paz. Incluso contemplamos atónitos el creciente aislamiento emocional de las generaciones más jóvenes, y la frialdad comunicativa, desde el más que interconectado mundo social, que es necesario corregir cuanto antes.
Ha sido en este contexto que en las últimas décadas nace una corriente de pensamiento, de la mano del psicólogo M. Rosenberg, que pone su foco en la “comunicación no violenta”, un constructo argumental sobre la buena comunicación entre las personas para favorecer relaciones sanas, pacificadas. Una propuesta que remacha la esencia del vínculo interpersonal que nace de la comunicación como lenguaje de vida.
Fundamentado en un guion que pone en valor la comunicación que nos aleja del conflicto con el otro, que pacifica, que nos humaniza y nos acerca más, el autor propone que, en las relaciones comunicativas, uno no debe evaluar, ni someter a crítica, ni juzgar al otro. Nos insta a observar, prestando el oído del corazón, realizando una escucha activa y humilde, como forma elevada de inteligencia humana. Aconseja identificar y expresar los sentimientos que nos mueven y llegar a ser capaces de mostrar la vulnerabilidad, la fragilidad, que nos visita, sin culpabilizarnos ni menospreciarnos, identificando las honestas necesidades que albergamos como personas; y finalmente, la propuesta de Rosenberg es que seamos claros, conscientes, abiertos hacia nuestro interior de manera confiada y esperanzada. Solo así podremos comunicar de verdad.
La comunicación no violenta es una forma más de amar. Es un ser más que un hacer, en la manera de relacionarnos, un trayecto que reduce la desconfianza y que nos acerca al otro, que nos construye. Esta propuesta, esta forma de comunicar, que da paz y que fortalece al individuo, que lo recuerda y dignifica, ya la hemos visto antes. Los Evangelios están llenos de comunicación no violenta, de perdón, de acogida, de reconocimiento de la propia debilidad y de la búsqueda del bien; porque, en pocas palabras, la comunicación, fruto inequívoco del despliegue de la obra de Dios en la humanidad creada, solo podrá ser, si no nos dejamos arrastrar, no violenta.