Cuidar la espiritualidad

  A partir de la segunda mitad del siglo XX, Europa occidental alcanzó unos niveles de bienestar inimaginables. El desarrollo económico y los avances tecnológicos incrementaron paulatinamente el nivel social de buena parte de la población. La escolarización, la sanidad, la cultura, los medios de comunicación o los electrodomésticos templaron las condiciones de vida de […]

31 Mar, 2021
Òscar Martí

 

A partir de la segunda mitad del siglo XX, Europa occidental alcanzó unos niveles de bienestar inimaginables. El desarrollo económico y los avances tecnológicos incrementaron paulatinamente el nivel social de buena parte de la población. La escolarización, la sanidad, la cultura, los medios de comunicación o los electrodomésticos templaron las condiciones de vida de la gente después de décadas de guerras y crisis económicas. Asimismo, la democracia parlamentaria permitió unas cotas de libertad, de participación ciudadana y de eficacia en la gestión impensables.

En este contexto, la tarea realizada por la Iglesia parecía fuera de lugar. Durante siglos había invertido ingentes esfuerzos en la educación, el cuidado de los enfermos de los ancianos y de los huérfanos, la atención a los marginados, la promoción del arte, el pensamiento y las letras, el asociacionismo … Y ahora parecía que el sector público tomaba el relevo y le arrebataba su margen de actuación.

Además, los avances científicos y las nuevas corrientes filosóficas presentaban a Dios no sólo como un concepto prescindible, sino, también, como un anacronismo y un estorbo en el proceso de emancipación del ser humano.

Ahora bien, este paraíso del bienestar, sin dejar de ser loable, ocultaba otras realidades. El progreso de Occidente se ha llevado a cabo a costa de la explotación del resto del mundo. Y este crecimiento exponencial ha pasado factura al equilibrio ecológico. Hoy, la corrupción, las olas de migrantes, las epidemias, la crisis climática y el agotamiento de los recursos ponen en evidencia la debilidad de esta prosperidad.

Los herederos de este legado de bienestar, a pesar de tenerlo todo, se quejan de un vacío interior. Y, en buscar respuestas a sus inquietudes más íntimas, imposibles de resolver con dinero o distracciones, se vuelven a plantear la necesidad de un horizonte de trascendencia para no caer en el abismo del sin sentido. Incluso, conscientes de las graves heridas del planeta y de la humanidad, abjuran del triunfalismo economicista y abren caminos de solidaridad y de cooperación para paliar tanto sufrimiento.

Sin embargo, hay que reconocer que no siempre encuentran en el cristianismo la respuesta a estas inquietudes. Muchos prejuicios, algunos con fundamento y otras no, entorpecen el camino hacia un encuentro con Jesucristo.

Sea como sea, muchos buscan en la sabiduría de Oriente lo que no han sabido, o no han podido, encontrar en sus propias raíces espirituales. Podemos lamentarnos o intercambiar reproches, pero lo cierto es que nuestro tiempo nos brinda la oportunidad de poner el patrimonio cristiano a disposición de los que anhelan una espiritualidad auténtica, para que se convierta en una verdadera fuente de inspiración. Una espiritualidad que implique la apertura de uno mismo hacia la trascendencia, muy a menudo escondida en la vulnerabilidad de tantos seres humanos que sufren.

No podemos permitir que la espiritualidad se convierta en un producto más de la sociedad de consumo, portador del bienestar interior, pero no del compromiso, de la implicación personal y de la generosidad. Puede ser una trampa narcisista. En cambio, debe ser una llamada a no recluirnos en los propios intereses. Es una llamada a descubrir hasta qué punto somos seres que nos realizamos en la medida que nos relacionamos. Y la gran relación que llena nuestras carencias es con un Dios que es Padre, que nos ha regalado la creación y nos lo ha puesto bajo nuestra responsabilidad. Un Dios que quiere lo mejor para todos sus hijos, no sólo para unos cuantos. Un Dios que se ha querido hacer humano para que llegamos a nuestra plenitud.

Tener cuidado de la espiritualidad quizás sea el gran reto de nuestro tiempo porque nos ayudará a crecer sin perder de vista nuestros anhelos más profundos y las necesidades de nuestro prójimo.

Dr. Josep Otón i Catalán

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