Homilía del cardenal Joan José Omella en la Misa Crismal

Recupera la homilía del cardenal Joan Josep Omella, arzobispo de Barcelona, en la Misa Crismal de este martes en la Catedral de Barcelona

31 Mar, 2026
smunoz

Querido Sr. Card. Lluís y obispos auxiliares Javier y David,

Queridos hermanos presbíteros, diáconos y seminaristas,

Queridos presbíteros que celebráis los 50 y 25 años de ordenación,

Queridos miembros de los Institutos de Vida Consagrada y de las Sociedades de Vida Apostólica,

Hermanos y hermanas en el Señor,

«Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír».

Con estas palabras, el evangelista san Lucas nos dice que Jesús comenzó su ministerio público. Lo hizo precisamente después de leer unos versículos del libro de Isaías en la sinagoga de Nazaret, en el pueblo donde se había criado y donde él, a quien todos conocían como el hijo del carpintero, había aprendido a ser hombre.

¡Con qué emoción debió pronunciar Jesús estas palabras!: «Hoy se ha cumplido esta Escritura» (Lc 4,21). Un pasaje lleno de esperanza que Jesús recibe como el programa que su Padre, desde el cielo, le da como hoja de ruta: «Llevar la Buena Nueva a los pobres, anunciar a los cautivos la libertad y a los ciegos la recuperación de la vista, poner en libertad a los oprimidos, proclamar el año de gracia del Señor» (Lc 4,18-19).

Con estas bellas palabras, tomadas del profeta Isaías, comprendemos que, desde Belén, pasando por Nazaret y hasta el Gólgota, la obra de la redención del mundo se cumplió a lo largo de la vida de Jesús de Nazaret, tanto en su vida oculta como en la pública. Él fue un hombre que caminó haciendo el bien, pero que fue rechazado por la locura y el pecado de los hombres.

Poco a poco, Jesús comprendió que tendría que llegar hasta el punto de dar su sangre para que todo se cumpliera. Y sorprende, al releer el relato de la Pasión, que Jesús, hasta el final, mostró misericordia. Recordemos solo la oración por sus verdugos: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34). Palabras que Lucas también escuchó de Esteban, el primer mártir, durante su lapidación: ¡Misericordia! Muchos mártires, desde los inicios de la Iglesia hasta nuestros días, se han asociado a la obra de la salvación mediante la afirmación de su fe, el perdón a sus agresores y el derramamiento de su sangre.

La fe cristiana libera a los discípulos del Cordero para darlo todo por amor, incluso la propia vida. Esta es la misión de la Iglesia: dar testimonio de la victoria del Señor Resucitado sobre las fuerzas del mal, en el mundo y en cada uno de nosotros.

Esta mañana, en nuestra Catedral, vemos tres signos de la acción de Dios que viene a fortalecernos en la batalla contra el mal, contra Satanás, para que avancemos así en el camino de la salvación.

El primer signo son los óleos: el óleo de los enfermos, para la unción de los enfermos; el óleo de los catecúmenos, durante el catecumenado y antes del bautismo, para fortalecer y liberar del mal; y después el santo crisma, para la consagración de los fieles en el bautismo y la confirmación, también para la consagración de los presbíteros y obispos en su ordenación, así como para la dedicación de los templos. A través de estos óleos, toda la vida del pueblo santo de Dios que peregrina en Barcelona y en toda la archidiócesis se presenta y se confía al Señor, con todas sus alegrías y sus dificultades. Así, fortalecidos por estos santos óleos, los fieles se preparan y se fortalecen para seguir a Cristo en todas las situaciones de la vida, compartiendo con Él sus alegrías y sufrimientos y proclamando la Buena Nueva de su Resurrección al mundo entero.

El segundo signo es nuestra propia asamblea, una asamblea diversa y variada, donde cada uno tiene su lugar, a la que todos estamos invitados. Una asamblea de hombres y mujeres, niños, adolescentes, adultos y ancianos, llamados no solo a vivir juntos en una simple yuxtaposición, sino a vivir como hermanos y hermanas. Sí, llamados a vivir en una comunión que no surge por iniciativa propia, porque este no es un club donde los miembros se eligen entre personas similares. De hecho, esta comunión es un don de Dios. Y un don de Dios, queridos amigos, debe ser respetado (no debemos pecar contra la comunión); un don que nos trasciende (no somos nosotros quienes lo construimos) y un don que requiere nuestra atención (se nos confía como un tesoro para que dé fruto). Este es el segundo signo: existe una Iglesia cuya vocación, por gracia de Dios, es ser —y llegar a ser cada vez más— una, santa, católica y apostólica.

Y el tercer signo, la solemne renovación de las promesas de ordenación. Y creo acertar si digo que quiero daros, en nombre del pueblo de Dios, las gracias por lo que sois, por vuestro sí y por todo lo que hacéis al servicio de Dios y de los hermanos. Gracias de todo corazón.

Gracias, queridos hermanos presbíteros. Tanto mi experiencia, como la del cardenal Lluís y la de los obispos auxiliares, nos revela vuestro inmenso esfuerzo por vivir amando y sirviendo, por animar y guiar a las personas, a las comunidades que os han sido confiadas. Los obispos damos gracias a Dios por habernos regalado, en nuestra archidiócesis, presbíteros que se entregan, lo mejor que pueden, para dar testimonio de la cercanía de Dios a todos los seres humanos. Es verdad, y lo sabemos por experiencia, que en nuestros corazones la gracia y el pecado libran una batalla constante y agotadora. Sin embargo, damos gracias a Dios, porque, con su ayuda, podemos ser luz de esperanza para muchas personas.

Podemos decir con humildad y al mismo tiempo con gozo, que la vasija es de barro, pero contiene un tesoro, un maravilloso tesoro. Lo esencial en nuestro ministerio es mantener la mirada fija en Cristo y estar disponibles para cumplir la misión que Él quiere confiarnos en la obra de la salvación del mundo. A veces podemos experimentar que la obra de Dios, su obra de salvación, no coincide con nuestros caminos, a menudo teñidos de orgullo. Al final de nuestras vidas, probablemente no se nos pedirá que hagamos un balance de nuestros éxitos pastorales, por extraordinarios que sean, sino más bien si hemos sido lo suficientemente flexibles y dóciles como para convertirnos en obra de Dios; si hemos desarrollado con humildad y amor la misión que nos ha confiado la Iglesia mediante la mediación del obispo. Eso sí, sin olvidar nuestra vocación más profunda, la que tiene sus raíces en nuestra humanidad y en nuestro bautismo, incluso antes de nuestra ordenación.

Gracias también a vosotros, hermanos diáconos. Vuestro ministerio no siempre es fácil de comprender, porque a menudo existe la tentación de compararlo con la misión del presbítero. Sin embargo, no podemos olvidar lo que dice el magisterio de la Iglesia en LG 29 cuando afirma que los diáconos «fortalecidos con la gracia sacramental, en comunión con el obispo y su presbiterio, sirven al Pueblo de Dios en el ministerio de la liturgia, de la palabra y de la caridad». Vuestro ministerio cobra sentido en la comunión con el obispo y su presbiterio.

Queridos diáconos, vuestro ministerio nos recuerda oportunamente que la comunión sigue siendo imperfecta por las divisiones y porque no siempre llega a los pobres o a los más alejados. El diácono está llamado a ser signo sacramental de Cristo servidor. Vuestra presencia en medio de la sociedad y de la Iglesia debe recordarnos la importancia de vivir atentos a los pobres, vulnerables y alejados. Además, vuestro ministerio anima a la asamblea cristiana a reconocer la presencia y la acción vivificante del Espíritu en medio del mundo. Por eso, podemos decir que vuestro ministerio es necesario para la misión de la Iglesia.

Paradójicamente, lo que hace necesario vuestro ministerio es que descentra a la Iglesia de sí misma. Si bien vuestra vocación os llama a acercaros a los más alejados de las redes de la Iglesia, en la liturgia diocesana se os sitúa más cerca del obispo, junto a su cátedra, no para demostrar vuestra experiencia litúrgica, sino para significar la predilección del Señor por sus hijos más vulnerables, aquellos que la sociedad margina y que la misericordia de Dios busca primero. Estáis llamados a ser como quienes cargan al paralítico y, desafiando todas las prohibiciones, lo llevan a la primera fila, junto a Jesús (cf. Mc 2,1-12). Esta es la plena dignidad y, a veces, la plena incomodidad de vuestro ministerio, que enriquece enormemente la vida diocesana e inspira no solo a todos los bautizados, sino también a otros ministros ordenados, presbíteros o obispos, en el camino hacia la santidad. No perdáis vuestra identidad, recordadnos, a los presbíteros y obispos, que la dimensión diaconal permanece para siempre en el fundamento de nuestra vocación.

Y, finalmente, quiero dar las gracias a vosotros, pueblo santo de Dios. La humilde oración del pueblo de Dios es el fundamento oculto de todos los actos de nuestro ministerio sacerdotal y diaconal. Nunca debemos olvidarlo. Nos sorprenderá en el cielo, dijo santa Teresa de Lisieux, cuando descubramos a todos aquellos que rezaron por nuestra vocación. Gracias por vuestras oraciones por los ministros ordenados. Y gracias, hermanos presbíteros y diáconos, porque vuestra vida de oración y entrega es ese “humus” escondido que ayuda al progreso hacia la santidad de todos los bautizados.

No podemos olvidar esta gran responsabilidad que tenemos desde el día de nuestra ordenación, que es, al mismo tiempo, nuestra alegría y nuestra cruz.

Hermanos y hermanas, más que nunca, ser cristiano significa aprender a resistir con fe y a cultivar la esperanza gracias al Evangelio. A caminar como Moisés, que por la fe salió de Egipto con su pueblo sin temer al faraón y avanzó con determinación como si estuviera viendo al Invisible (cf. Hb 11,27). Sí, no nos cansemos de contemplar el rostro de Cristo que nos ha llamado a seguirlo. Incluso en los rasgos desfigurados del Crucificado, estamos llamados a ver la imagen del Dios y Padre de la misericordia que nos llama y nos atrae hacia Él.

Recordaros el deber que tenemos con la Iglesia Madre de Jerusalén, especialmente en estos momentos de tanta dificultad. Este Viernes Santo recemos de manera especial en todas las comunidades por esta tierra que conoció Jesús, que caminó por todos los lugares de esta Tierra Santa, para que llegue la paz. Que nuestra ayuda espiritual y material pueda ayudar a los cristianos que están allí a continuar siendo testigos de ese pasado que es presente y es futuro. ¡Amén!

+ Card. Joan Josep Omella

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