A las puertas de la próxima visita del Santo Padre León XIV a nuestra casa, los obispos de las diócesis con sede en Cataluña manifestamos la alegría y la esperanza que genera este acontecimiento en todos nosotros. Con estas breves líneas reconocemos la alegría de esta visita, al mismo tiempo que se reaviva en nosotros la conciencia de reconocer que somos humildes servidores de todo el pueblo de Dios.
«Yo he rogado por ti para que no desfallezca tu fidelidad. Y tú, cuando llegue la hora, confirma a mis hermanos» (Lc 22,32). Estas son las palabras que Jesús dirige a Pedro durante la última cena. Y es el mandato que el Santo Padre viene a cumplir y que sostiene su misión: fortalecernos en la fe. Siendo fuertes en el Señor, es Él mismo quien abre en nosotros el horizonte de la esperanza y nos invita a vivir según el criterio de la caridad.
Desde esta misión clara que tiene el Papa, a imagen de Jesús, el buen Pastor, de estar muy cerca de toda la humanidad, queremos invitar a todas las comunidades cristianas de nuestro país a vivir esta visita como una experiencia viva de fe. «Alzad la mirada» es la invitación de estos días para fijarnos de nuevo en Jesús. La cruz elevada, que corona la basílica de la Sagrada Familia de Barcelona y que León XIV bendecirá, es expresión de la necesidad de mirar con fe a Jesucristo, muerto y resucitado, nuestra esperanza. Desde la cruz experimentamos la vida como una alegría misteriosa que nos impulsa a seguir con firmeza nuestro camino.
El Santo Padre viene a Cataluña, como en 1982 nos visitó san Juan Pablo II y en 2010 Benedicto XVI. Lo hace en un momento complejo y apasionante. Nuestro mundo vive retos urgentes. Con las palabras que nos dirigirá seguramente seremos invitados a no acomodarnos resignadamente en los conflictos, en las injusticias ni en el sufrimiento. No podemos de ninguna manera dar la espalda a los más necesitados, a los más heridos y a los más pobres. Vivir la fe significa hacernos cercanos, disponibles para todos los que necesiten una mano amiga, desde la sencillez de Cristo, el que ha venido a dar la vida y a lavar los pies de nuestros cansancios cotidianos.
Deseamos que esta visita sea un claro eco de la paz de Cristo resucitado, siempre «desarmada y desarmante». La voz profética del Papa es expresión de su deber, como enviado a anunciar el Evangelio de la paz en todo el mundo. Os invitamos a uniros al clamor del Papa a favor de la paz y a darle nuestro apoyo. Acompañarlo en esta visita no quiere ser más que una expresión de paz y de esperanza en un mundo nuevo, como él mismo afirmaba: «¡Basta de la idolatría del yo y del dinero! ¡Basta de la exhibición de poder! ¡Basta de la guerra!» (Oración por la paz, 11 de abril de 2026). Se trata de un clamor compartido por quienes queremos seguir el Evangelio de Jesús y por todas las personas de buena voluntad.
Anhelamos que los encuentros que viviremos próximamente —en directo o a través de los medios de comunicación— nos impulsen a ser cada vez más la Iglesia que peregrina en esta tierra: creyente, creíble, misionera, acogedora y coherente con su hoja de ruta, el Evangelio. Nuestras comunidades deben aspirar a convertirse en espacios de reconciliación, de diálogo, de oración y de una fe bien viva, es decir, fraterna y filial. Las numerosas realidades eclesiales de nuestro presente, y en especial las más jóvenes, deben poder ser acompañadas y conocidas como lo que son, una realidad llena de matices que quiere ser expresión del misterio del Amor de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.
Aún más. No queremos descuidar en absoluto la expresión más bella de la fe, aquella que a través del servicio generoso manifiesta de manera concreta qué significa amar. Así lo descubrimos en Jesús y en el misterio de la entrega total que Él hace en la cruz. «Alzad hacia Él la mirada. Os llenará de luz» (Sal 34,6), y así progresaremos en el camino de nuestra historia de salvación, entregándonos con amor. Esta es la belleza que transformará nuestras fragilidades en signos de la presencia de un Dios que siempre nos invita a la esperanza.
Invitamos, pues, a las comunidades cristianas de Cataluña a incrementar estos días la oración por el fruto de la visita del sucesor de Pedro, «principio y fundamento perpetuo y visible de la unidad» (LG 23). En el libro de los Hechos de los Apóstoles leemos que «mientras Pedro estaba en la cárcel, la comunidad oraba intensamente a Dios por él» (Hch 12,5). Y después, al salir milagrosamente de la prisión, en casa de María, madre de Juan, llamado Marcos, leemos también que «había mucha gente reunida orando» (Hch 12,12). La fuerza de la oración de la comunidad sostiene el ministerio de Pedro. También nosotros, como la primera Iglesia, debemos orar constantemente al Señor por el sucesor de Pedro y, de manera particular, por el fruto espiritual de esta visita.
Ojalá que con esta visita nos descubramos llamados a seguir promoviendo y consolidando arquitecturas de esperanza, de bondad y de alegría, espacios de Dios que, rechazando toda reducción y polarización, nos concedan la gracia de comprender este tiempo que vivimos. Que muy cerca de María, bajo la advocación de Montserrat, no nos dejemos nunca arrastrar por la confusión, sino que, al contrario, lleguemos a ser instrumentos humildes de un mundo nuevo que nace de Cristo muerto y resucitado.