Hace un par de semanas, el papa Francisco nos invitó a hacer un minuto de oración por la paz el jueves día 7 a las 13 horas. Como muchos lo han seguido en la diócesis y en otros lugares, yo me encontraba reunido con los sacerdotes y diáconos de Mallorca en el santuario de la Virgen de Lluc celebrando la Eucaristía con ocasión de la Jornada sacerdotal en la fiesta de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote. Fue entre la proclamación del Evangelio y la homilía que aconteció este minuto que el Papa pedía, y lo guardamos. Fue un momento fuerte de oración en silencio, unido nuestro presbiterio a tanta gente de buena voluntad que ama y desea la paz, una llamada interior a ser artesanos de la paz en cualquier lugar.
El hecho, sin embargo, es que vivimos en una sociedad «enferma», que en determinadas situaciones ya precisa de curas paliativas porque parece que su mal ya no tiene remedio. Nos sentimos muy pobres frente a la ola de violencia, inseguros y vulnerables en todos los sentidos, debido a la falta de respeto a los derechos humanos y a la presión ideológica y mediática que se ejerce sobre las personas. ¿Qué podemos hacer para introducir un clima de paz en las relaciones humanas y una voluntad de construir la paz en los que dentro de la gestión pública tienen la responsabilidad de hacerla realidad? «¡Pido a Dios —así reza el papa Francisco— que crezca el número de políticos capaces de entrar en un auténtico diálogo que se oriente eficazmente a sanar las raíces profundas y no la apariencia de los males de nuestro mundo!» (EG 205).
Y recientemente nos decía: «Es una absurda contradicción hablar de paz, negociar la paz y, al mismo tiempo, promover o permitir el comercio de armas. Esta guerra de allá, esta otra de allí, ¿es de verdad una guerra por problemas o es una guerra comercial para vender estas armas en el comercio ilegal y para que se enriquezcan los mercaderes de la muerte? ¡Acabemos con esta situación! Pidamos todos juntos por los responsables de las naciones, para que se comprometan con decisión a poner fin al comercio de las armas, que causa tantas víctimas inocentes.»
Sebastià Taltavull Anglada
Obispo auxiliar de Barcelona y
Administrador Apostólico de Mallorca