Los frutos del movimiento ecuménico

(Domingo, 12/01/2014) Comentaba el pasado domingo la esperanza que suscitó en el mundo cristiano el encuentro en Jerusalén, en enero de 1964 -hace ahora cincuenta años -, de Pablo VI y el patriarca ecuménico de Constantinopla Atenágoras I, que inició una nueva era en las relaciones entre las Iglesias de Oriente y la Iglesia latina. […]

11 Ene, 2014
Església de Barcelona

(Domingo, 12/01/2014)

Comentaba el pasado domingo la esperanza que suscitó en el mundo cristiano el encuentro en Jerusalén, en enero de 1964 -hace ahora cincuenta años -, de Pablo VI y el patriarca ecuménico de Constantinopla Atenágoras I, que inició una nueva era en las relaciones entre las Iglesias de Oriente y la Iglesia latina. Se iniciaba con aquel hecho un ecumenismo al más alto nivel que ha continuado y está dando frutos muy valiosos. Es bueno que lo recordemos ante la próxima Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, que comienza el día 18 de enero con el lema: «Es que Cristo está dividido?» (1Co 1,13)

Todos desearíamos más frutos visibles del ecumenismo institucional y nos podemos preguntar: ¿qué queda de lo que se ha hecho y se hace en estos últimos años? Queda mucho y en lo mucho que queda está el fundamento del cristianismo del siglo XXI. Debemos ver la situación actual con perspectivas de futuro.

Queda la amistad, la amistad y el respeto, el verdadero conocimiento del otro. En el campo ecuménico este aspecto es fundamental porque a través de la amistad se producen muchos intercambios. Y debemos reconocer que, sobre todo en algunos lugares, era necesario un tiempo largo -en el que estamos todavía- de lo que Juan Pablo II, con mucho acierto, calificó como «purificación de la memoria».

Sí, en medio de un número considerable de iniciativas, oraciones y encuentros, se han deshecho estereotipos y se ha ido consolidando una red de amistad entre los cristianos de diversas confesiones e incluso -en una etapa aún inicial- entre los seguidores de las diversas religiones.

Con la amistad, queda el diálogo y la paz. La unidad de los cristianos debe tener una función profética y constructora de paz y de convivencia en la diversidad. Según el patriarca Atenágoras, la unidad entre los cristianos debe ser fermento de la unidad humana. «Las Iglesias hermanas -decía- harán pueblos hermanos».

No podemos caer en la tentación del desencanto en el largo camino del ecumenismo. El movimiento ecuménico no ha dejado de dar frutos y todavía los está dando. El ecumenismo -especialmente entre nosotros- ha contribuido a preparar a nuestra Iglesia y nuestra sociedad para afrontar el gran flujo de migración de las últimas décadas. Debemos valorar la actual convivencia y la falta de conflictos con los recién llegados, de culturas y religiones diversas, muchos de ellos miembros de las Iglesias orientales u ortodoxas. También son numerosas las personas de cultura y religión musulmanas.

En el ecumenismo intercristiano y en el diálogo interreligioso se han alcanzado entre nosotros metas importantes de convivencia en una sociedad plural. Necesitamos continuar trabajando con esperanza en aquellos objetivos que, hace cincuenta años, nos propuso el Concilio Vaticano II en el decreto de ecumenismo y en la declaración sobre las religiones no cristianas. 

  Lluís Martínez Sistach

Cardenal arzobispo de Barcelona

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