Carta dominical | «Pascua: Cristo entre nosotros»

Un monje eremita del Líbano recibió la visita del abad de un monasterio muy importante. Acudía en busca de consejo porque estaba desolado. Su monasterio, que durante un tiempo estuvo lleno de monjes jóvenes y generosos, ahora estaba casi vacío y la tristeza llenaba el corazón de los monjes. Antes acudía mucha gente a los […]

13 Abr, 2017
Església de Barcelona

Un monje eremita del Líbano recibió la visita del abad de un monasterio muy importante. Acudía en busca de consejo porque estaba desolado. Su monasterio, que durante un tiempo estuvo lleno de monjes jóvenes y generosos, ahora estaba casi vacío y la tristeza llenaba el corazón de los monjes. Antes acudía mucha gente a los oficios y ahora casi nadie acudía. La angustia y la desazón llenaban el corazón del abad, que no sabía qué hacer y cuál era la causa de esa situación. Le preguntó al eremita: «¿Qué hemos hecho mal o qué pecado hemos cometido para que estemos ahora en esta situación?»

El monje eremita le contestó: “Habéis cometido el pecado de ignorancia”.

–Y eso ¿qué es, qué significa?, le preguntó el abad.

–Pues que uno de los monjes de vuestro monasterio es el Mesías disfrazado y vosotros lo ignoráis, le respondió el eremita.

El abad regresó a su monasterio e iba pensando todo el tiempo cómo era posible que Dios hubiese regresado a la tierra, hubiese ido a su monasterio y ni él ni nadie lo hubiesen reconocido. Y empezó a pensar: ¿Será el cocinero?, ¿será el prior?, ¿el portero?, ¿el sacristán?, ¿el novicio?, ¿quién será? Y seguía pensando: ¿No será el disfraz los propios defectos que tiene cada uno de los monjes? Sí, todos los monjes del monasterio tienen sus defectos y sin embargo parece ser que uno de ellos es el Mesías.

Una vez en el monasterio, el abad reunió a los monjes y les dijo lo que le había dicho el eremita, que el Mesías era uno de ellos. Todos se miraron con incredulidad y pensaban que era imposible que el Mesías estuviese entre ellos. Pero poco a poco empezaron a darle vueltas en sus cabezas y se decían: ¿Y si fuese tal o tal hermano? ¿No podría ser tal otro hermano? Si está disfrazado no podremos reconocerlo, con lo cual lo que tenemos que hacer es tratar de respetar a todos porque cualquiera puede ser el Mesías.

Fue a partir del momento en que cada uno optó por respetar y querer a cada hermano, por si se tratase del Mesías, cuando empezó a reinar otro aire en el monasterio. Había más alegría, más bondad, más generosidad, más ilusión por todo lo que hacían. La alegría inundó el corazón de los monjes y llenó el monasterio. Paulatinamente esa alegría se iba contagiando y al poco tiempo muchos jóvenes entraron en el monasterio, que volvió a ser una comunidad floreciente a la que acudía mucha gente a rezar, a consultar, a participar sencillamente de los oficios religiosos porque allí encontraba paz y recuperaba las fuerzas para seguir sirviendo al Señor.

Preciosa historia que podríamos aplicar a nuestras vidas de familia, de comunidad, de presbiterio, de vecinos, de compañeros de trabajo… El Mesías está entre nosotros. Se ha disfrazado. ¿Sabemos acogerlo y tratarlo como se merece? Podemos preguntarnos: ¿Quién es? ¿Qué disfraz ha elegido? Él ya nos lo dejó dicho en el evangelio: «Lo que hagáis a uno de mis hermanos más pequeños a mí me lo hicisteis» (Mt 25,40). Nos lo ha dicho el Resucitado. Él se ha identificado con esas personas que caminan con cada uno de nosotros. Así lo vieron los discípulos de Emaús. Y así lo reconocieron los apóstoles. Estaba presente entre ellos disfrazado y sigue presente entre nosotros. Ojalá sepamos descubrir a Cristo resucitado presente entre nosotros.

Que sepamos respetar, amar y ayudar a todas las personas que encontremos en nuestro camino porque en ellas está presente el mismo Señor y Dios nuestro.

+ Juan José Omella Omella
Arzobispo de Barcelona

Escucha la carta dominical en la voz del arzobispo metropolitano de Barcelona.

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