Carta dominical | «Llamados a ser comunidad»

Corpus Christi es la solemnidad en la que los cristianos celebramos la presencia real de Jesucristo muerto y resucitado por nuestra salvación bajo las especies sacramentales del pan y del vino consagrado. Es la festividad que expresa el amor eterno e infinito de Dios por toda la humanidad. Por eso es también el Día de […]

15 Jun, 2017
Església de Barcelona

Corpus Christi es la solemnidad en la que los cristianos celebramos la presencia real de Jesucristo muerto y resucitado por nuestra salvación bajo las especies sacramentales del pan y del vino consagrado. Es la festividad que expresa el amor eterno e infinito de Dios por toda la humanidad. Por eso es también el Día de la Caridad.

De hecho, la Eucaristía fue instituida en la Última Cena del Jueves Santo, y su continuidad y eficacia en el tiempo y en el espacio responde a la voluntad categórica de Jesucristo, como nos recuerda el evangelista san Lucas: “Haced esto en memoria mía”. La Solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo es una fiesta eminentemente eucarística y ha sido muy popular durante siglos, culminada por bellas procesiones del Santísimo Sacramento sobre preciosas alfombras de flores.

La Eucaristía nos compromete a favor de los pobres. A fin de recibir verdaderamente el cuerpo y la sangre de Cristo, reconocemos a Cristo presente en los más pobres, sus hermanos y nuestros hermanos. En este sentido, Cáritas nos propone este año un lema para desarrollar su campaña institucional: “Llamados a ser comunidad”. Cáritas nos invita a centrar la atención en la dimensión comunitaria y relacional de nuestro ser, como eje fundamental de nuestra acción al servicio del Reino de Dios. ¡Somos con los otros! ¡El otro es un tú y un regalo para mí! Sobre este pilar hay que edificar el proyecto de transformación social que nos urge el ejercicio de la caridad.

El redescubrimiento de nuestro ser comunitario y relacional es el punto de partida para superar nuestros intereses individuales y los comportamientos autorreferenciales y, así, poder colaborar con el Señor en la construcción de un mundo donde la acogida del amor de Dios nos permita rehacer constantemente la comunión y construir una sociedad más justa y fraterna.

Esta espiritualidad de comunión que nos lleva a vivir el servicio de la caridad, tiene como meta alcanzar un desarrollo humano integral. No estamos en el mundo sólo para dar pan o para promover una simple transformación económica. Lo ha dicho Francisco: “No sirven ni las propuestas místicas sin un fuerte compromiso social y misionero, ni los discursos y praxis sociales o pastorales sin una espiritualidad que transforme el corazón”. (Evangelii Gaudium, n. 262)

Nuestra mística tiene que encarnarse. Debe ser una mística de ojos abiertos a Dios y a los hermanos. Una mística buscadora de rostros, al estilo de Jesús, que se avanza a ver el rostro de los oprimidos, sale al encuentro de los que sufren y es buena noticia para los pobres. (cf. Lc 4,16-19). Una mística que pasa largos momentos del día ante el Señor, dialogando, escuchando y descansando en el Señor.

Fue, ciertamente, un joven, en el Evangelio de san Juan, que ofreció cinco panes y dos peces a Jesús. Todo lo que tenía. Y con esa pequeña ofrenda del joven generoso. Jesús alimentó a más de cinco mil personas. Y aún sobró. Dios bendice y fecunda nuestra generosidad.

Que la Eucaristía, Cuerpo entregado y Sangre derramada de Jesús por la vida del mundo, nos transforme interiormente y nos ayude cada día a descubrir que el acercarnos a una misma mesa para recibir el pan eucarístico nos obliga también a compartir con Él el proyecto de Dios de conseguir una vida más digna y un desarrollo humano integral para todos. Anticipemos, ahora y aquí, lo que será un día en el Cielo.

+Juan José Omella
Arzobispo de Barcelona

Escucha la carta dominical en la voz del arzobispo metropolitano de Barcelona.

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